© la Zorra y el Cuervo, 2008.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
antes del alba / narrativa - teatro
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Kelvin López
revista literaria trimestral  | año II - Primavera de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
Luis G. Ruisánchez(Cuba, 1952)
Periodista.
Trabajó en su país en publicaciones culturales, diarios nacionales, agencias y departamentos de prensa. Reside en la República Dominicana. La editorial española Betania, publicó su libro La Memoria Olvidada.
Un día, acosado por mis manifestaciones en alta voz, la Secretaria General del Núcleo del Partido, una mulata muy presumida que asumía ese poder por pura inercia, me llevó a un rincón para decirme casi en susurros: “Mira, yo sé que tú no eres comunista, no todos tenemos que serlo, pero el problema es que tú dices cosas que nos comprometen a todos”. Ella tenía razón, era más que un regaño, una súplica, pero mi incontinencia verbal no tenía límites a principios de 1996, y le contesté: “Tú estás equivocada, mi problema no es que no sea comunista, fíjate que hasta podemos coincidir en muchas cosas, mi problema es que no soy revolucionario, yo no estoy con este gobierno”. Me estaba incinerando, fue una imprudencia mayor que la que solté convencido de que una conversación privada, de tú a tú, sin testigos, no tendría otras complicaciones. La pobre mulata abrió los ojos como dos melones y se fue aterrorizada de mi lado.

Pero en Cuba no hacían falta testigos, grabaciones, pruebas contundentes, es un país donde todo el mundo es culpable aunque se pruebe lo contrario, lo que significaba que mi conducta estaba sobradamente argumentada sólo con las opiniones de las víctimas de mis comentarios en alta voz.

Karla estaba arisca. Lo comencé a notar enseguida: su distanciamiento, una frialdad inusual. Cuando le confesé que había acudido a unos parientes de mi madre para que me consiguieran visa de República Dominicana e irme para el carajo, no me dio su opinión. Ya eran tiempos en que Karla mantenía aquella conducta esquiva. Supuse que se le había ido para la cabeza su nuevo trabajo en la televisión. Una mañana me dijo en la cafetería La Arcada (La Asqueada) que le habían propuesto sustituir a una comunicadora que se iba de licencia por embarazo en un programa televisivo estelar de la noche. “Vas para arriba”, le dije porque la vi estimulada, pero ella asintió sin mucho entusiasmo.

-¿Qué, no te hace feliz?

-Sí, pero ha tenido su costo.

-¿Cuál? -le pregunté a sabiendas de que alguna información importante ten’ia rastrillada en el cañón.

-¿Vamos a Coppelia? -fue su respuesta, un poco incomprensible pero después comprendí que los alrededores de la cafetería era tierra oficial del ICRT. Y nos fuimos a Coppelia.

Tierra de confesiones, de amoríos nacientes, de despedidas, de manifiestos literarios y de vagos y maricones, Coppelia es el más frío entorno donde todo acontece en calma. La más famosa heladería cubana que fue catedral del chocolate, el mantecado, la vainilla chip y la almendra, tuvo una historia autónoma cuando era un estado dentro del estado con los olores del Sunday, la copa Lolita o el Turquino entonando dulcemente las polémicas.

Karla se tomaba a suaves cucharaditas un plato de tres bolas de helado pura evocación de lo que en otros tiempos fuera un “Tres Gracias” con chocomenta, almendra y café, mientras que yo consumía la delicia de dos bolas de chocolate y caramelo extrañando los años en que una cuña de cake en el centro, mucho marshmallow y sirope se llamaba “Turquino”.

-Me llamaron de la dirección de la televisión -me dijo sin levantar los ojos de su Tres Gracias.

-¿Anjá? -le dije provocando que soltara la confesión porque supuse por donde venían los tiros.

-Me han citado tres veces últimamente, andan detrás de ti.

-¿Y qué le has dicho?

-Todo -contestó decidida a ponerlo en claro, sin tapujos, de un tirón-. Todo, todo -repitió insistente y me miró, tan directamente a los ojos que fui yo quien ahora agachó la vista a la mesa.

Karla se había despachado con los agentes políticos del canal. Había vomitado hasta el mínimo detalle, acusada de ese vértigo que produce el encuentro con la policía política, el terror asumido como final de todos tus proyectos, acosada para siempre en un país donde todos los caminos terminan en el mar. Su confesión fría ante el plato maltrecho de aluminio donde servían ahora el helado, sentados en una mesita a la sombra de unas uvas caletas en los jardines de Coppelia, llegó hasta los más sutiles extremos. Su ascenso a la televisión fue el producto de su confiabilidad política, la propuesta para conducir el espacio estelar de las noches fue el regalo extra de una conducta políticamente positiva extra también: haber accedido a los reclamos pasionales del director del canal aturdida por el temor de los cuestionamientos policiales.

Cuando terminamos los helados la acompañé hasta la parada de la ruta 23 frente a Coppelia y yo me encaminé hasta el edificio de G, ya sin temor a ser descubierto porque finalmente, todo estaba en claro. Había calor y sudé mucho. Cuando llegaba me encontré con uno de los periodistas disidentes que se iba a toda prisa. “Metieron una redada”, me dijo, “agarraron a cinco de nosotros que estaban allá arriba”. “¿Y los viejos?, le pregunté. “No, no, a ellos los dejaron tranquilos”. El tipo huyó como bola por tronera rumbo a la calle pero después supe que en la esquina, al salir del edificio, la policía le había echado manos. Yo subí hasta el cuarto piso y visité a mi entrevistado.

-¿Viste lo de allá abajo?

-Sí, lo vi, era de esperarse… Bastante duraron.

-Cuando veas las barbas de tu vecino arder… -dije sentencioso sin concluir el viejo aforismo.

-No te preocupes, las mías llevan más de veinte años chorreando agua -me respondió con el mismo tono de mi pregunta y haciendo una transición de borrón y cuenta nueva, me preguntó-: ¿Qué, seguimos con la entrevista?

-¿Aquí?

-Claro, aquí, pa’ luego es tarde.

-Es verdad -concluí convencido de que a estas alturas del juego, no había ya nada que ocultar.





Cuento perteneciente al libro La Memoria Olvidada (editorial Betania, 2007)
IMPOSIBLES SECRETOS

Luis G. Ruisánchez


El clima en la redacción se iba congestionando sobre mí. Poco a poco me fueron quitando los temas primordiales y me sentí relegado a las más banales noticias. Mi reacción fue peor, porque comencé a destilar un odio evidente. El día en que nos reunieron a todos para aprobar la donación del valor de un día del salario cada mes con la supuesta finalidad de comprar armas para las Milicias de Tropas Territoriales, me negué con el argumento de que sólo lo donaba si el fusil que compraran con mi dinero me lo entregaban para dispararle a quién yo considerara pertinente. La sugerencia motivó risas y alarmas. No había dudas de que un complot silencioso y una armonía de pensamientos nos unían allá adentro, pero yo era, a diferencia de la conducta de simulaciones acostumbrada (y provocada) en Cuba, el único idiota que se aventuraba a decir lo que debía callar.
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