© la Zorra y el Cuervo, 2008.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
jardines invisibles / poesía
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Kelvin López
revista literaria trimestral | año II - Primavera de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
Reinaldo García Ramos
(Cienfuegos, 1944)
recibió en 2006 el XI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza con su libro Obra del fugitivo, publicado ese año en Madrid por Ediciones Vitruvio. Terminó estudios de Letras en la Universidad de La Habana en 1978. Perteneció al grupo de escritores El Puente (1962-1964), con el cual publicó Acta (1962), su primer poemario. Desde 1980 hasta 2001 residió en Nueva York, donde trabajó de editor en varios órganos de prensa y fue traductor durante doce años en la Secretaría de las Naciones Unidas. Miembro del Consejo de Dirección de la revista Mariel (Nueva York, 1983-1985). Ahora vive en Miami Beach (Florida) y es Editor de la revista de poesía Decir del Agua, que fundó en 2002. Ha publicado los poemarios El buen peligro (Madrid, 1987), Caverna fiel (Madrid, 1993), En la llanura (Coral Gables, 2001) y Únicas ofrendas, cinco poemas (Madrid, 2004). Los poemas que aquí aparecen eran inéditos y proceden de un libro en preparación.
LA CAÍDA
Se murió muchas veces.
La primera, mientras la comarca lo observaba
y algunos esperaron que dijera la mágica sentencia,
abrió la boca y le salieron unas lenguas de fuego
en las que nadie pudo ver palabras ni gemidos.
Pasó terribles días con largas convulsiones,
envuelto en una nube de humo verde,
disparando miradas espantosas
que preludiaban el final, pero sobrevivió.
Después fue variando un poco la agonía
y buscó morirse de modos más arteros.
En ocasiones caía de golpe al suelo y pretendía
que las piernas se le desmoronaban,
que sus huesos se le iban llenando de arena fermentada.
Describía minúsculos insectos que le mordían el vientre.
Otras, sus manos se crispaban y giraban,
como si con las uñas dibujara en la nada
sus negros círculos de orden.
(Ese tipo de muertes le quedaba
bastante convincente:
rugía con astucia entre las sombras
y un sudor corrosivo le brotaba
de los cabellos malolientes)
Sin embargo, todos fueron sabiendo poco a poco
que esos fallecimientos portentosos
también eran fingidos:
tras cada nueva escena recuperaba siempre su postura,
se apoderaba de sus artificios,
y se iba de nuevo a inspeccionar la tierra,
los castigos, las piedras corroídas.
Con los años, se llegó a creer que nada lograría
sacar su rostro de los escenarios;
casi todos dejaron de prestarle atención:
sus contorsiones se habían vuelto demasiado aburridas.
Y por eso ocurrió que la última vez, la verdadera,
no contó con testigos:
vino un rayo del cielo, totalmente imprevisto,
y lo partió en pedazos.
FANTASÍAS
Se creyó que tenía un mundo entero para él.
Dio estrictas órdenes. Prometió milagros.
Pronunció monólogos intensos y espantosos
que al comienzo parecieron febriles,
iluminados por la fe.
Eslabonó con una voz horrenda
un nuevo desorden de las cosas,
un impuesto ritual en el que todos
debían saludarlo al entrar o al salir,
y decretó esperanzas,
mutilaciones repetidas,
posteridades inventadas y cursis entelequias.
Tuvo de pronto
ensoñaciones cósmicas;
creyó mover legiones hacia vastas conquistas;
puso nombre a instituciones intangibles,
contó y distribuyó riquezas
absolutamente inexistentes.
Todo esto lo hizo
mientras daba zancadas estruendosas
en una habitación cerrada a cal y canto,
sin puertas ni ventanas,
llena de espejos halagüeños.
Este señor estaba solo con su rostro.
SEÑOR AUSENTE
(Arte poética para recién llegados)
El poeta no está,
no lo hemos visto por ninguna parte;
salió sin avisarnos.
Posiblemente se ha escapado a buscar atavíos
para las fiestas misteriosas,
o se ha puesto a grabar en las altas montañas,
con enormes letras delirantes,
una mala palabra que no lo parezca
("palacio" o cosa así).
Es difícil prever su paradero. En ocasiones
se ha escondido en sitios desastrosos,
a los que nadie lo ha llamado,
quizás para estudiar el gesto de los devoradores
o aprenderse
la definitiva expresión de las hormigas;
otras veces, muy pocas,
no ha hecho más que sentarse frente al mar y cantar,
atribulado por los ruidos,
buscando componer
algún tipo de himno para los peces vigorosos.
Pero siempre ha vuelto,
a los pocos instantes o más tarde,
al cabo de los tiempos.
No,
no ha dejado ningún recado para nadie.
Si prefiere,
puede usted esperarlo e ir leyendo
(contra el aburrimiento)
esos papeles que están por todas partes.
Pase y siéntese: está usted en su casa.

Reinaldo García Ramos