© la Zorra y el Cuervo, 2008.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
antes del alba / narrativa - teatro
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Kelvin López
revista literaria trimestral | año II - Primavera de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado

LA LETRA IMPERIAL
Por Vicente Echerri
A Cristina González Béquer
-For how much would you sell that brooch?
A Sofía Portes le hicieron falta unos segundos para darse cuenta de que el hombre, que como un cíclope la miraba a través de una poderosa lupa de joyero, se refería al broche de diamantes, más bien discreto, que prendía de la solapa de su chaqueta azul. Le había hecho la pregunta de improviso, casi al término de una transacción de bastante más de cien mil dólares, como las que solía hacer dos o tres veces al año, en la casa Tifanny’s de Nueva York, para El Encanto, la famosa tienda habanera.
-Ah, this trinket. It’s not for sale; it’s a dear gift.
-And do you know its provenance?
En ese momento ella podía ver los hermosos vitrales de la familia Sánchez en la calle Real de Trinidad, contigua a un patio inmenso lleno de árboles que le daban a la vivienda un ambiente umbroso todo el año. Ese patio era también una especie de jardín hechizado que habitaban animales exóticos: una rata almizclera, un venado nacido en cautiverio, varios pavos reales, un par de guacamayos y hasta un mono…
Había llegado a esa casa más de diez años antes, cuando fue a Trinidad por primera vez en busca de joyas antiguas y, de inmediato, se había sentido tan a gusto como entre viejos conocidos. Panchita Sánchez era para entonces una mujer madura de la que emanaba una distinción natural, de esas que no precisan ningún empaque. Tal vez no se diferenciaba demasiado de otras señoras de su clase que habían aprendido a vivir dignamente con la merma económica que empezara a paralizar la ciudad hacía más de medio siglo; pero ella le agregaba una suerte de discreta ternura, sin excesivas efusiones.
Según la amistad se hizo más íntima, Sofía encontró en los Sánchez una extensión de su familia. En un momento, Panchita le dijo que no volviera a preocuparse por el alojamiento, que siempre que fuera a Trinidad contara con su casa, y ella había aceptado la invitación con la naturalidad que acompaña a la auténtica simpatía. A partir de ahí, sus visitas tenían el placer añadido de estar por unos días en aquella casona donde, tan pronto se avisaba su arribo, empezaban a hacer alfajores, carlotas rusas, piñas de almendras entre toda una serie de postres que ella no encontraba tan genuinos y apetitosos en La Habana. Sobre el aparador nunca faltaba una bandeja repleta de frutas de la temporada, que parecían a la espera de algún pintor dispuesto a eternizarlas: mangos rollizos que contrastaban sus tonos rojos y amarillos con la corteza verde y rugosa de guanábanas y chirimoyas; anones que, de maduros, empezaban a entreabrirse y a dejar ver la blancura de sus dientes pulposos; nísperos, canisteles, guayabas… La fragancia de las frutas se mezclaba con el aroma de las rosas y jazmines del patio y el delicado olor a vetiver impregnado en las sábanas que se hacía uno con el del cedro de las gavetas de su tocador.
Todo este ambiente, como el de la ciudad que se extendía más allá de los muros de la vivienda, servía para sedarla, para liberarla de preocupaciones: la atmósfera apacible y clara de la casa, la parsimonia con que todos se movían por ella, los pregones melódicos que venían de la calle y que, por momentos, parecían entablar un diálogo con las escalas con que invisibles niñas practicaban a toda hora sus lecciones de piano. Sofía se sentía dominada por una enervante lasitud que la inducía a aplazar sus deberes para quedarse conversando con su anfitriona durante horas, o saboreando una taza de café entre las flores del jardín al tiempo que el venadillo comía terrones de azúcar en su falda.
Con una discreción afín a sus modales, Panchita le fue consiguiendo clientes a Sofía entre las viejas familias de Trinidad, hasta el punto que no necesitaba salir en busca de las prendas antiguas que le interesaban, pues empezaban a traérselas tan pronto se enteraban de su llegada. A veces las alhajas la antecedían en casa de los Sánchez, donde podía esperarla un verdadero muestrario de tesoros: dijes y pulseras de turquesa o topacio engarzadas en exquisitos trabajos de oro afiligranado; lazos y zarcillos de brillantes, sartas de perlas que podían haber realzado el cuello de una reina; camafeos de ónice; gargantillas de envejecido terciopelo de las que pendían preciosos relicarios de nácar con incrustaciones de amatista; sortijas de ágata y de ópalo, que fueron por mucho tiempo las joyas propias de las damas con luto; un terno de esmeraldas que podía igualar el valor de una hacienda; alfileres de corbata o sombrero con remates de rubíes o zafiros; relojes de bolsillo en cuyas tapas aparecían leyendas pintadas al esmalte o armas de casas nobles, tabaqueras de plata, rosarios de ámbar y cornalina, monóculos, boquillas, gemelos de teatro… Sofía compraba casi todo a precios que, en cualquier otra parte, podrían haberse tildado de irrisorios.
A lo largo de los años, Panchita le había vendido la mayor parte de sus joyas, movida sin duda por la necesidad, pero también por un cierto desprendimiento de las cosas mundanas al que se agregaba la arrogante modestia de quien sabe que no necesita de objetos para realzar su porte. Algunas de aquellas prendas habían estado en posesión de su familia por generaciones y ella muy rara vez las había usado. Entre las pocas que aún conservaba se destacaba un broche, poco más grande que una moneda de a peso, cuya base de oro esmaltada en azul tenía en su borde un ruedo de brillantes y en el centro, elaborado con piedras más pequeñas, lo que era claramente una letra, una “S” de trazos curvilíneos rematada por una diminuta corona. Panchita había rehusado desprenderse del broche cada vez que Sofía propusiera comprárselo.
-Mi abuela lo atesoraba como un regalo singular.
El broche había entrado en la familia de Panchita de manera bastante insólita. En mayo de 1841, vino a Trinidad la compañía dramática de Mme. Laconte a poner la obra Pablo el Marino, de Alejandro Dumas, en el recién inaugurado teatro Brunet, que rivalizaría en esplendor y amplitud con las primeras salas del país. Las funciones a teatro lleno eran ya un acontecimiento social y cultural cuando, todo el elenco resultó víctima de un brote súbito de fiebre amarilla. No contando en la ciudad con ningún hospital, varias familias acomodadas se encargaron del cuidado de los enfermos, de los cuales dos murieron y fueron sepultados en el cementerio local. La abuela de Panchita cuidó de Mlle. Louise, una de las primeras actrices del reparto, quien convaleció durante varias semanas en la casa. La francesita terminaría por convertirse en una leyenda familiar y, de niña, Panchita la imaginaba andando por los cuartos como una entusiasta compañera de juegos.
-Crecí con la nostalgia de esa misteriosa mujer, que debía ser muy vieja, o estar muerta, por el tiempo en que yo jugaba con muñecas. Siempre pensé que iba a volver. Mis mayores contaban que, cuando pudo levantarse de la cama, aunque más pálida y delgada, seguía siendo de una belleza impresionante. Al marcharse le regaló ese broche a mi abuela como un gesto de gratitud. Ha estado en mi familia por un siglo.
Mientras escuchaba a Panchita hacerle la historia de la actriz francesa, Sofía sacó el broche del joyero donde su amiga lo guardaba y lo alzó a la luz del sol que entraba por la ventana. No obstante ser pequeños, los brillantes habían sido tallados con esmero y eran de un iris excepcional. Aunque no era la primera vez que veía la joya, cayó en cuenta ese día de que la letra era la inicial de su nombre. Entonces se levantó y fue hasta el enorme espejo vienés que había en el cuarto -cuya luna ya estropeaban algunas manchas de humedad- y se prendió el broche en la pechera del vestido. Panchita había seguido todos sus movimientos con una mirada comprensiva y risueña.
-Te queda tan bien que no me atrevería a pedirte que te lo quites.
Sofía sintió que se ruborizaba. Le pareció que había incurrido en un grosero abuso de confianza, como si, al ponerse el broche, hubiera estado insinuando a su dueña que se lo cediera. Panchita pareció leerle el pensamiento.
-No seas tonta. Piensa que ha estado todo este tiempo reservado para ti. Nunca he querido deshacerme de él; pero si tú lo conservas, es como si siguiera en la familia.
Sin saber qué responderle, Sofía se había echado a llorar… A partir de ese día, llevaba el broche casi a diario. En sus chaquetas había llegado a ser un distintivo de sí misma, tan personal como su peinado y la mezcla de perfumes que usaba, hasta el punto de no darle la menor importancia. Por eso la pregunta del joyero de Tiffany’s la había tomado por sorpresa y, desde luego, había rehusado de inmediato el contemplar la venta de la joya.
-And if I offered you thirty thousand dollars?
No atinó a responder. ¿Cómo podía aquel broche que, en su opinión experta, podría costar unos cuantos cientos de pesos, valer de pronto una pequeña fortuna? El hombre se dio cuenta de su desconcierto.
-Obviously, you don’t know what you are wearing
Y procedió a mostrarle un catálogo donde aparecían una hilera de broches semejantes al suyo, pero con otras letras. En realidad eran los segmentos de un collar que Napoleón I le regalara a la emperatriz Josefina, en el que cada pendiente tenía una de las letras de su nombre. De las nueve letras de «Joséphine» sólo faltaba una, la que ella llevaba en la solapa.
La oferta resultó irresistible, y la noticia del hallazgo casual y de la venta fue comentada en los periódicos.
Este cuento pertenece al libro inédito Memoria del paraíso.

Vicente Echerri
(Trinidad, Cuba, 1948)
Ha publicado poesía (Luz en la piedra; Madrid, 1986,); ensayos (La señal de los tiempos, 1993) y relatos (Historias de la otra revolución, 1998). Ha ejercido el periodismo de opinión por más de veinte años y columnas suyas aparecen regularmente en varias publicaciones de Estados Unidos y América Latina. Doble nueve (cuentos) y Casi de memorias (poesía) son dos de sus libros a punto de ser editados. Ha traducido numerosos libros del inglés al español.