revista literaria trimestral | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2008.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
Xavier Forneret (Beaune, 1809 - 1884) Dramaturgo francés, poeta y periodista. En los años 1830, formó parte de El Bouzingo, un grupo de poetas que abogaron por un romanticismo bohemio radical en vida y arte.. Su reputación fue en parte rehabilitada por el André Bretón, que incluyó algunos poemas y aforismos de Forneret en su Antología del Humor Negro.
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
antes del alba / narrativa
La madreselva se acercaba por el techo del pabellón, se deslizaba por las ventanas, retorciéndose y dejándose caer de vieja; y cuando reapareció la luna, el pabellón parecía una cabeza blanca, con largas trenzas de cabellos verdes que iban a acariciar ojos llenos de lágrimas pétreas. Sobre el pavimento, de carbonilla y escayola, se alzaban el techo y los muros de la ruinosa construcción; se percibía también la huella fresca del paso humano, se veían las marcas finas y ligeras, que anunciaban que un pie de mujer había rozado la soledad profunda de aquel lugar. Una lámpara de cobre, sostenida por un cordón de seda rosada, vacilaba imperceptiblemente en medio de las ruinas; su mecha podía alumbrar el lugar, y se reconocía fácilmente que había sido encendida la noche anterior; la lámpara tenía una pantalla como de linterna sorda, y en esa pantalla una cinta de color oscuro, pegada al único brazo que quedaba de un sillón; el otro, sin dudas, se había perdido en la guerra de los años. Sobre el sillón, muy grande, y cubierto con un tejido que alguna vez fue de terciopelo amaranto, había dos lugares marcados; el intersticio dejaba ver que las dos personas que se habían sentado allí lo hacían muy cerca una de la otra; también los rincones del sillón estaban cubiertos de carboncillo, mientras que el resto relucía, frotado, lustrado, casi desgastado por los cuerpos que parecían ocuparlo a menudo; el sillón estaba frente a la lámpara, que pendía a poca distancia del mismo y del suelo.
Afuera había otro desagüe de agua, y se escuchaba dentro del pabellón algo que temblaba en todos sus rincones; cuando la mirada de la luna esclarecía alguno de esos rincones, el ojo distinguía objetos semejantes a grandes huellas de tinta muy negra, a las que el azar hacía como de patas, sobre el blancor del papel. Los objetos se movían, se aquietaban, después se removían de nuevo, marcando sobre ellos un reguero de reflejos como los que lanzan las alas de la cigarra cuando juega; o como las pompas de jabón al sol, o las escamas de los peces vistas desde cierto punto; y un grupo de arañas en familia, con su manojo de telas, desesperación de las moscas y socorro de los dedos cortados. La araña se pavoneaba allí de su independencia, no teniendo que temer ni el grito del niño y la mujer que descubren su presencia, ni la sacudida del sirviente que la aturde, ni las suelas de zapatos o pantuflas que la aplasten, ni aún la lengua de fuego de una bujía que la queme. La araña vivía con plena seguridad en ese dominio polvoriento, la luciérnaga no debía revestir para ella su rasgo de destino extraño, su rasgo amarillo; la araña se hilaba una felicidad de seda, dulce, uniforme, de toda hora, de todas las horas, de cada minuto, de cada segundo, de cada tercia. Unas flores estaban deshojadas sobre el sillón y sobre todo el pabellón; un pequeño banco, cubierto por un cojín tocaba los pies delanteros del asiento, y no servía más que para el lado derecho; al menos se podía suponer, pues el brazo restante del sillón también estaba a la derecha. Sobre el apoyo del pequeño banco, dispuesto en forma de cajón, había un cofre que alguien había desarreglado y repuesto seguidamente en su casilla; sus ángulos se redondeaban a fuerza de ser tocados y requete tocados, una y otra vez.
Sonaron las nueve en el momento en que la luna alumbraba el lugar donde la araña hilaba y la brillante luciérnaga brillaba; el agua, como el tiempo, pasaba, siempre; de pronto apareció una joven en la línea de tierra y arena de un sendero. Su vestido era blanco y volaba bajo la boca del viento, sus cabellos se agitaban como olas doradas, sobre su pecho pálido como su vestido y anhelante como sus cabellos; su boca, ¡oh, su boca!, usted diría que se posaba sobre labios, así era de temblorosa, ¡tanto!; con esa agitación voluptuosa que no existe sino cuando los labios están sobre otros labios, como un corazón sobre otro corazón. En sus gestos había toda la esperanza, en el más escondido de sus gestos estaba la muerte, que da de seguido una felicidad; usted sabe, esa muerte que nos llega por un escalofrío que nos colma, por un apretón que nos ata las venas, por ese éxtasis que le detiene la vida y le deja el calor de su sangre, ¿comprende?
Así que, mire usted, esta joven tenía una cita de amor; ella creía en Dios -por favor-, creía en Dios, en los santos, en los ángeles, en todo; ¡oh, ella creía!. Si usted hubiera podido ver su corazón saltar en su pecho en medio de sus santas creencias, se habría dicho: “¡Oh!, ¿pero qué tiene esa mujer?”; y si, así de fuerte y compuesta, como usted, ella hubiera podido leer sus pensamientos a través de la mirada, le habría respondido: “¡Atrás!, ¡atrás!, ¡que voy pasando!, voy a mi cita de amor; tendría que dejárle un pedazo de mi cuerpo en la espada, muchos de mis huesos partidos, rotos, molidos, en esta parte de mi cuerpo, tendría que no quedarme nada para llevar mi corazón sobre el de mi amante; y bien podría ser que todavía tenga yo para dar mi aliento a su beso, una sonrisa a su boca, una mirada a sus ojos, una lágrima a su alma. ¡Sí! mi sangre fluiría bajo la punta de su arma, mi carne se separaría y se derramaría bajo su corte; ¡poco me importa, ¿sabe?, poco me importa!; pero, ¡por gracia de Dios!, ¡Dios mío!, que yo tenga mi cita de amor, que yo tenga mi paraíso celestial.
Y ella iba, ella iba, la joven, acariciando la tierra con sus pies, como si hubiera caído, perfumando a su paso las flores, el aire, dejando en todo un poco de sus ojos, un poco de su aliento, un poco de su alma. Ella decía: “Voy, pues, a verlo, a hablarle, a escucharlo, a tocarlo; ¡oh, sí!, tendré todo eso, mi voz se juntará a la suya, pero la suya es mil veces más dulce; ¡oh!, si usted le escuchara, de veras que me hace morir con las palabras de su corazón, de veras; usted no puede imaginar cómo el dice “te amo”; no, aunque nunca lo dijo yo lo oigo sin cesar; el sol calienta las venas de la tierra, y él calcina las mías. ¡Dios mío!, ¿cómo voy a contar lo que experimento?, me apena mucho; él tiene algo, cuando está ahí, todo transparente, todo iluminado, suave, alegra, sorprende, es abrumador. Yo escucho sonidos que muerden alrededor de la oreja y enseguida la acarician, y después la envuelven con melodías; yo escucho besos, esa plata de los labios que suenan a mi alrededor; después, gritos que comienzan, siguen, se hinchan, ondulan y se van apagando. ¿Es eso lo que yo experimento, lo que espero, lo que veo?; no, todavía no puede ser eso. A veces, imágenes, como delgadas hojas de oro, parecen pasar sobre mi cabeza; torbellinos de espíritus, con alas sin sombra, vienen a rozar mi semblante; cintas, con matices innumerables, se desenrollan, se derraman, se arrugan, brillan y caen no sé dónde; un genio que sólo Dios conoce y envía, me rodea con un impulso que me enfrenta, me retiene, me vence fría, me reanima, hasta lo último; es como si recibiera tres o cuatro veces la vida, y tres o cuatro veces la muerte.
La joven miraba las piedras, los matorrales, las hierbas, y era el murmullo de éstos lo que se agitaba en ella; muy cerca el sendero se pierde al lado del pabellón, y acerca a la joven; ella escucha el agua, siente algo dulce, muy dulce, y sonríe a su pequeña luciérnaga, que venía de vigilar a la luna. Ella entra, la luciérnaga se pone amarilla; enseguida ella cae sobre sus piernas, se persigna y queda boquiabierta delante de una de las plazas del sillón; sus dedos se mezclan dulcemente a las hierbas de violeta y jazmín, y separan de sus tallos las flores blancas y azules; después las tira sobre el sillón, como un pequeño abad que inciensa para la fiesta de Dios; una barrera pasaba sobre su aliento, y había un velo de lágrimas en sus ojos. Esta adoración dura poco más que el tiempo en que se dicen cinco padrenuestros, cuatro avemarías…; después de eso la joven se levanta, se sienta, no alumbra la lámpara, como que ya no se ocupa de nada más; ya no parece más que una máquina con un poco de movimiento todavía; estaba inquieta, anhelante, cubierta de temblores, como si esperara y nadie viniera; apenas sacó de su pequeña casilla el cofre para tocarlo por todas sus caras, todas sus partes, por todos sus rincones.
No intentaremos decir lo que ella sintió durante una hora en la que nadie entró al pabellón, sería tan difícil de contar que el mundo tendrá que imaginárselo; sólo creemos que un humo pesado la asfixiaba, que unos dientes la rondaban, que unas cuerdas de fuego cerraban su cuello, que se debatía lánguida, se moría bajo algo horroroso. De golpe la apresó el miedo cuando ella se dio cuenta, un poco por sobre la lámpara oscura, que unos ojos la miraban; por un tiempo, ella queda fija en el sillón por esos dos clavos móviles, pero un esfuerzo súbito la hala por el vestido y la hace huir librándose de sus labios: ¡El estaba muerto!, ¡oh, era un muerto!; y ella corrió, cayendo sobre su amante, que acababa de ser asesinado.
Sobre la lámpara del pabellón había una lechuza que se balanceaba gravemente, y que cuando la joven salió, se reflejaba en la pequeña luciérnaga; al día siguiente, a la misma hora, la luciérnaga, que se había puesto amarilla por el hombre, amarilleó por la mujer, que se envenenó donde mismo había caído
EL DIAMANTE DE LA HIERBA
por Xavier Forneret
traducción: Fra. Erasmo de la Cruz
Según se dice, creo, la luciérnaga anuncia su aparición más o menos luminosa, más o menos renovada, más o menos por cierto lugar, más o menos multiplicado; porque siempre, según se dice, se adapta, bajo la influencia de lo que debe pasar, y presagia o una tempestad en el mar o una revolución en la tierra. Así es sombría, se reanima y se apaga; luego, un milagro, entonces se la ve con pena; entonces, un crimen, y es rojiza; después de la nieve, sus patas se hacen negras; por el frío, es de un vivo destello que no cesa; por la lluvia, cambia su lugar; por las fiestas públicas, tiembla sobre la hierba y se expande en innumerables y pequeños surtidores de luz; que el granizo, pues se emociona con tirones; que el viento, parece hundirse en la tierra; que un hermoso cielo para el día siguiente, es azul; que una bella noche, entonces alumbra en la hierba casi como por las fiestas públicas, sólo que sin temblar; para un niño que nace, la luciérnaga es blanca. En fin, al momento en que se cumple un extraño destino, la luciérnaga es amarilla; y no sé hasta qué punto deban creerse esos dichos, pero en todo caso yo lo cuento:
Una tarde en que el soplo de los ángeles volaba sobre los hombres, una de esas tardes en que uno querría tener mil pulmones para darles a todos ese aire que parece venir de los jardines del cielo, bajo enormes y viejos árboles plantados en las briznas de hierba, un pabellón exponía a la luna sus alas oblongas y arruinadas. Había allí un agua que corría sobre un lecho de espinas, había también piedras verdosas, donde los dedos del tiempo habían hecho gruesos trazos, y espuma alrededor de las piedras; había hojas secas, puede que de tres o cuatro años, y misterio y silencio, y alejamiento de toda vida humana. En ese lugar, un hombre podría creer que era el primero o el último, en medio de la creación o del juicio de Dios; ¡oh!, ¡la luna parecía ofrecer a cada hoja de los viejos árboles, a cada piedra del pabellón, al agua que se alejaba, a las rocas que la retenían, esa melancolía grave y sus lágrimas blancas!. Pero pronto se cansa ella de mirar la tierra, se cubre por un instante de un velo casi negro, y entonces ya no hay para iluminar las cosas de ese lugar abandonado más que un ligero fuego sobre la hierba; es la pequeña luciérnaga, que surge de todas partes en estrellas, y predice una bella jornada para después que pase la noche.