revista literaria trimestral  | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2008.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
Waldo Pérez Cino
(La Habana, 1972)
ha publicado el libro de relatos La demora (1997).  Reside en Madrid, donde se ha destacado como narrador, traductor y crítico.  Ha traducido a J. Gerson, M. H. Hansen y J. Romilly.  Es también autor de varios libros de gramática española.  Prepara su Doctorado en la Universidad de Berna (Suiza) con un trabajo sobre el canon literario cubano.  Tiene un libro de poemas inédito, Cuerpo y sombra.
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
antes del alba / narrativa
RELATOS

por Waldo Pérez Cino


CUATRO CASAS

No hay una casa, pero pudiera escribir A la vera del camino las cuatro casas se apiñaban, la pared de la una también pared de la otra, vibrarán y caerán juntas cuando dejen de estar, a todo llega su hora y el término, etcétera. No hay camino aquí, la casa es un capricho, pero sí lo habrá allí donde se apiñen. Ya lo hay, y son cuatro las casas, en lontananza un mancha lejana para quien camine (alguien que camina) y atisbe y se acerque quizá, o piense hacerlo, una mancha primero difusa y que va de a pocos tomando cuerpo y sentido -cuatro casas, una mancha poblada en una extensión desierta, quizá hubo aquí agua, quizá haya alguien-.
Tiene sed el hombre que camina y se da esperanza de saciarla, habrá alguien o habrá agua, no más desierto, no más espejismo de palmeras ni oasis cuando esas cuatro casas queden ya cerca, al alcance de la mano, agolpadas al borde del camino no sólo en cercanías sino también por presencia, se le hará súbita o inmediata a quien camina hace horas con sed si llega, si es que llega, si hubiera allí cuatro casas y en las casas alguien, o agua, fabulará el agua y quien la brinde, una muchacha que acerque el vaso y charlotee no importa de qué -entre tanto desierto querrá hablar y quien sabe si más-, se le hará todo súbito si llega hasta allá, si es que, si en ese punto siempre distante hubiera.
BLANCO

Letargo de mutismos, pared en blanco. Todavía ella duerme, no amanece. La cal que se desconcha. Desconchada: en pasado desconchada, las huellas siempre del pasado. En presente letargos, liturgia: caminar hasta la puerta, atisbar por el agujero donde hubo un día cerradura. Creo que ya se despereza, la oigo pero no la miro
Tú así, arrodillado,
comienza ella pero no termina la frase, sólo la farfulla en duermevela. Así yo arrodillado qué, digo pero demoro lo mío en contestarle. La oigo. Acaso he sido brusco, puede que sea injusto, la atiendo, Dime, decías qué cosa, y ella ahora: Arrodillado parecías alguien que implorase, un peregrino en oración. No sé.
Bosteza, se acomoda
Ven, anda,
dice y palmea al lado suyo, sobre la sábana que no alcanza a cubrir el costado del colchón. Bajo la cama hay zapatos, cajas de metal, hay polvo. No sabe, ha dicho, no sé. Un gesto con las cejas, invitando, y otra vez
Ven, si igual no podemos salir, ya déjalo.

MAREA DE MARZO

Es la marea de marzo, dicen: La marea de marzo, la marea. Repetida una palabra cobra cuerpo, marea, pleamar. Dicen que trae cosas, ésta de marzo. La gente camina al anochecer por la costa; amanece repleta de huellas la playa, los ires y venires que de la ventana no se ven o muy poco, siluetas si acaso. Sombra marcada en la arena: pies descalzos, las huellas. De cuando en cuando alguno pega un grito y cuando me asomo ya no se lo ve, no hay nadie. Será que grita y desaparece, se oye y no se ve, se mira y no se toca. Tampoco a ella, carne intocable de marzo. O de quien husmea el mar,
Es la marea de marzo, ahora no,
dice y desaparece. Porque ella también se va a la costa. Me asomo a la ventana y la busco, no la veo. A cada rato, un vistazo al mar -al mar no, mentira: a la franja de arena donde los que buscan se afanan o disimulan ése su afán tan ansioso, allí dónde se agachan y examinan, supongo, su fortuna o la suerte. Como yo que los miro, o que cuento los pies en la humedad de la playa, estelas sobre arena.
Pero no hay suerte para mí, no la veo. Será cuando se incorporan que gritan, se me ocurre. La espero. Si no hay milagro tendré que consolarla, tendré que decirle Quizá el año que viene, quizá -o Quizá no, tampoco-. Pero ya esto no lo diré, nada más se me ocurre. No se dice nunca No hay milagro.
Es entonces que me parece oír su voz, no podré reconocerla si no se repite en el grito. Ese grito. Y no se repite, no hay segunda vez de lo mismo. Miro,
y vuelvo a mirar, me cercioro,
pero no hay nadie en la playa. Qué importa, yo la espero.

PÁTINAS

Otra vez amaneció lloviendo. Anochece ya y llueve de nuevo, agua escurrida, luz callada. Sobre el cristal de la cocina el agua se condensa despacio, opaco ahora en la ventana como cristal al ácido. Si lo rozaras con el dedo dejarías una huella, un surco limpio. ¿Puedo vendarte los ojos? Ven.
He aquí nuestro botín tan extraño, cucharas secándose sobre una rejilla de acero.
La madera en las cucharas luce el desgaste,
Mira, tócalas
que las hace propias. La madera está manchada, marcada. Las manchas parecieran también desgaste, cuerpo transcurrido, menos huella que lustre: paciencia. Cucharones de revolver marmitas, ollas con manchas que ya no salen. Hay algunas están combadas, y me pregunto si de siempre o -como las manchas, la pátina- de a pocos. La vendedora las había dispuesto esta mañana sobre un paño morado, el paño sobre el césped. Apenas una muchacha, no llegaría seguro a los veinte; te miró y dijo en seguida como si te conociera
Inclínate,
un gesto como decir Mira y que bien podría serlo, de amiga tuya o hermana menor, alguien con quien se tienen a menudo confidencias.
Sí, dáte la vuelta. Así.
Sentada allí, con las piernas cruzadas, la chica parecía jugar o esperar a alguien jugando, las piezas de madera un pretexto -como quien pide una botella de agua en un café y hace resbalar la copa sobre el mármol, o esparce con los dedos una gota. Compramos varias, una docena. O compraste tú, entre ustedes el trato: te inclinaste, te arrodillaste luego sobre el césped. Había comenzado a lloviznar de nuevo, lleva así todo el día: Día de barro, rumia uno que pasa. De lluvia, pienso. De barro.
A un lado, de pie -el trato vuestro- las veía mirar y elegir, rozar el mango o la pala de madera, rozarse los dedos. Tu espalda y algún atisbo del pecho de la vendedora, una blusa blanca con botones de hueso. Elegir. Piel entrevista, la tela húmeda. La tersura es similar al desgaste, tu espalda casi de niña
tu espalda que se comba, su lustre,
tiene más de transcurso que de marca, pátina de adentro. Paciente. Ya en casa, frotar la madera, lavarla, disponerlas sobre la rejilla de acero, a que sequen. Más de transcurso que de origen: poros, respiración, pelusilla invisible de la espalda. Inclínate.

EL AMOLADOR

Subir escaleras, bajar escaleras. Los temibles arribos. Alguien que allá abajo o allá arriba espera, y quién no: el ascenso baldío, la ciudad de escaleras negras.
Jardín sin compás ni celo
Ni trampa, todo hueco, un agujero;
es así como canta el amolador de tijeras. Se anuncia a sí mismo, canta luego el estribillo. De algunas casas le traen cuchillos. En otras cierran las ventanas, atisban por las rendijas. Yo atisbo. La rueda saca chispas, zumba con los metales. Amola y canta, el zumbido acompaña; va remontando la calle. Qué acentos pactará, qué escalas ya en lengua que no entiendo
Jardín sin compás ni celo
Todo hueco, un agujero,
y que prefiero no escuchar. Igual escucho. Sonidos, ruidos sin nombre de la tarde, lontananza de rumores. Lontananza que medra en susurros, cercanías:
Ya vuelve el amolador,
me dicen. A cerrar las ventanas. Vuelve solo, ya no canta. Atisbo. Sólo un candil para bajar las escaleras, luz que amenaza apagarse. Los escalones, el zumbido que acompaña. Luego la calle, el candil ya inútil.

RUMBOS

La quilla surca el rumbo, mar de nadie. Todavía: mañana será el cerco de la isla. Sin peces, dice Lucette del mar; Lucette espera el sol
no para broncearme, porque anima
hace tres días. Tendida en la cubierta, piel de zanahoria, hay más verano en su piel que fuera. Porque no hay sol ni hay peces: pobre Lucette, tan sin ánimo. A veces va y se moja con una lata, le han dicho -dice- que pega al cuerpo resolanas. Sí hay, pero no se ven, le digo por decir. ¿Los peces? Los peces. También -ella sostiene- el ánimo, dormido.
Se tiende de nuevo. Lee o finge leer, yo la miro -la miro y la imagino- y finjo acompañarla. Espera a secarse, la piel que primero gotea se tensa luego de a pocos, se demora. Entonces Lucette baja, hace y deshace las maletas, garabatea alguna línea en su diario. Me he prometido no leerlo, pero pudiera ser algo como Tanta sombra agota, tanto mar sin peces. O alguna otra cosa más simple, fechas o rutas, latitudes,
signos
o quizá una lista de regalos, quién sabe. La imagino mar de nadie, rumbo ciego: algo como medir la distancia que falta -que nos falta-, el tramo siempre opaco.

SIN NOTICIAS

Seguimos sin noticias, dice R.
Sin noticias, lo repite para mí y para los otros, ninguna. No hay nada que hacerle, ¿o tú qué crees? (R le pregunta a cada tanto a Karen, la interroga).
Pero Karen no opina. Finge leer, o cualquier otra ocupación. Pues no sé, se escabulle -escurridiza Karen-, o le devuelve si acaso la pregunta: Pues no sé, ¿y tú, a ti qué te parece? Dime, a ver.
A ver.
R se desasosiega entonces, tartamudea un poco, Sin, dice, sin noticias, sin ellas que andamos. La verdad es que R ha estado así toda la noche. A cada rato sale, deambula un poco -se lo ve desde el balcón-, y retorna luego a comunicarnos la ausencia o su desconcierto, que es decir Nada, no hay nada, o -a veces- Nadie.
Ahora mismo está allá abajo de nuevo. Karen me llama, me indica un bulto que no distingo en la esquina. R se está inclinando sobre el bulto y de aquí pareciera como si quisiera ocultarlo, que lo empujara tras las adelfas -hay un cantero y una fila de adelfas en el cantero-. Sea lo que sea lo cierto es que R algo trasiega, ahora lo acomoda. Sí, quizá lo oculte. Pero no sé qué pueda ser, le digo a ella que me pregunta, que duda y me pregunta Qué será, y comentamos o adelantamos hipótesis, qué podrá ser. ¿A ti se te ocurre? A mí no. Y ya R vuelve, sube en dirección a la casa, ya llega.
Sí, ahora el timbre de abajo. Luego sobre la escalera los pasos.