revista literaria trimestral | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2008.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
Ignacio T. Granados Herrera
(Ciudad de la Habana, 1963) Escritor, poeta y traductor. De 1993 a 1995, publica poemas en diversas revistas culturales de Cuba, Chile y Puerto Rico. Dirige el proyecto editorial Ediciones Itinerantes Paradiso, en el que ha publicado diversos poemarios y ensayos. En 2004 tradujo El Diamante de la Hierba de Xavier Forneret, y Textos de los Complementos a Gaspar de la Noche, de Aloysius Bertrand; es autor del libro de ensayos La Torre de Marfil, sobre el romanticismo francés.
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
letra con filo / ensayo - crítica - artículos - entrevistas
EL ARCO DE ULISES
Introducción a la poética toda de Carlos A. Díaz Barrios
por Ignacio T. Granados Herrera
Entre las muchas cosas que hacen vacua a la crítica de poesía contemporánea, está su carácter discursivo; que no sería gratuito, sino que nacería de la misma poesía contemporánea, que es discursiva. El problema, grave y estructural, estaría en una distorción del arte literaria; que básicamente infuncional y gratuita, debe constreñirse a las exigencias administrativas del mercado, su destino final. Lo de la infuncionalidad es relativo, no lo de la gratuidad; porque lo lúdico es una función básica e intrínseca a lo humano, sólo que también ya constreñida por la capacidad administrativa del mercado; que racionalizando eso humano, lo administra en su determinación. De ahí las distorciones naturales sobre el arte contemporáneo, y dentro de éste de la literatura; que luego de las revoluciones ilustracionistas, accede a la disolución de las élites en función de las clases populares; que son las que desconocen esa función de lo lúdico, en su sometimiento a los requerimientos económicos de la sociedad democrática.
Dentro de todo ese marasmo primero, reluciría como una joya perdida en un bosque nocturno la poesía toda de Carlos A. Díaz Barrios; cuya crítica ha de ser preciosista, para que pueda siquiera rozarla, pero que igual que ella pasará desapercibida. Es eso, el marasmo que hoy satura al mercado con sus otras determinaciones como diablillos; pese a los cuales, sin embargo, perseveran el poeta y el crítico, impólutos aún y trazando la divisoria con el paisaje que contemplan. De la poesía de Díaz Barrios se puede hablar mucho, y de hecho se habla mucho; pero todo terminará siempre en lo mismo, ese extraño poder para la metáfora, esa increíble belleza en la imagen. Lo mucho que se puede hablar de esta poesía, y que se habla, es lo que la iguala al resto; y no le es favorable, por ello, aunque le sea elogioso, en esa banalidad en que decae la crítica como la literatura misma.
Se trata siempre de un discurso de sublimacién ética, resuelto según los recursos del autor, sus referencias; que en Carlos es obviamente superior, porque estas referencias son en él superiores, dándole mejores recursos que al resto. Todavía, su sublimacién ética suele tener una gravedad existencial de la que carece la mayoría de los otros casos; porque en el suyo, la experiencia es provocada por la extrema sensibilidd, que ya es ave de otro cuento; no por la banalidad de un suprematismo, ingenuo cuando no hipócrita. Todo eso anterior, que es elogioso, difícilmente sea la virtud especial que lo distingue; todo esto lo hace comprensible, y él es incomprensible, figurando la parábola perfecta del hermético, que cuando habla calla.
De hecho, aparte de su extrema sensibilidad existencial, que lo es todo, la virtud poética de Carlos se debería a su sustrato estético; a las aguas que destila la caverna humbrosa de un espíritu lo suficientemente retorcido como para hablar con Dios. Lo que iguala a la poética de Carlos con el resto de la poesía contemporánea, sería entonces su intención narrativa; pero incluso esta es una coincidencia leve, y hasta forzada, si lo que la determina es un objeto distinto. Es decir, el problema de la poesía contemporánea sería que se ha reducido a la sublimación ética; en lo que habría sido precedida por la religión y la filosofía, toda religiosidad, con la pérdida de sus elementos mágico-trascendentes y misteriosos.
En ese sentido, la misma búsqueda de la poesía contemporánea es o sería válida; pero sólo como principio, y que es en lo que se distingue esta poética toda de Carlos, que por alguna razón se habría mantenido fiel al principio. Esa razón alguna sería la extrema sensibilidad para la experiencia vital, que es incomprensible porque es compulsiva; su vitalismo no es entonces racionalizado ni artificioso, construido según las necesidades de una ética tan minuciosa como obtusa e ideal. De ahí las extremas diferencias, en lo que se refiere a la calidad de las imágenes en un caso y en otro; es decir, en el caso de Carlos respecto a los otros, cuya calidad formal suele limitarse a la frase eventualmente feliz, algún retruécano normalmente antilírico por verboso, y una que otra aparente agudeza que resulta en obviedad.
Lo malo de la poesía contemporánea, como regla, sería que no es ni mala sino sólo banal e intrascendente; lo maravilloso de la poesía de Carlos es que resulta adensada y tiene siempre ese hálito de trascendencia deseada. Otra cosa sería persistir en los parámetros clásicos, cuyo difícil logro garantiza en su exterioridad esa calidad de la lírica perfecta y formal; pero de un modo distinto, esos manantiales de la lírica exactamente contemporánea, rompen precisamente con los parámetros estrictos del metro y de la rima. Esas serían las aguas que destila esta caverna oscura y retorcida, que sólo muestra sus diamantes a la linterna del buscador ansioso; aguas que nacieron en los excesos ya arcaicos del romanticismo inglés, y que casi se estancan con los tardíos alemanes, para precipitarse por el barranco de los surrealistas. Habría sido ahí que se cumpliera el esfuerzo que Baudelaire intuye en Bertrand, y que él mismo impulsa con sus poemas en prosa.
Si el Surrealismo fue un barranco mayormente en literatura -no en filosoía ni estética, no en artes plásticas ni en las dramáticas- nada está supuesto a perfcción en tanto humano; sin embargo, el sustrato está ahí, para que la perfección sea posible en algún momento, ahí queda; como el arco de Ulises en Itaca, para que el que pueda empuñarlo se atreva al desafío. No es que sean malos los artefactos surrealistas, sino que se asentaron como otro amaneramiento formal, otra tradición; que como toda tiene alguna gloria, que sin embargo no alcanza a cegar el barranco, que sigue tragandose las aguas insaciable. Detrás de casi cada gran obra literaria del Surrealismo, hay también un desfallecimiento, un incompletarse; que para colmo ha llegado a justificarse, como refleión de un falso vitalismo, en una suerte de estética del fracaso; que difícilmente tenga el valor existencial que propugna por lo que tiene de mimo y epigónico. Pero del sustrato se desvía a veces un arroyuelo que inicia otro río, con torrentes y cascadas propios; ese es el caso de Carlos A. Díaz Barrios, cuya poética logra mantener el equilibrio y alzarse sobre los del maremagnum del artefacto surrealista y la banalidad común. Por ello, en él como en muy pocos, cobra sentido la arbitrariedad sintáctica; que está todavía en función lírica, de no entopecimiento, para sostener la forma; ella, gloriosa y final, que no reposa en clasicismos sino que se arriesga a la vitalidad.