revista literaria trimestral | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2008.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
Odilón Moreno Rangel
(Pachuca, Hidalgo, México, 1972)
Se desempeña como profesor del Centro de Educación Superior del Magisterio. Estudio licenciatura de Historia de México por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
antes del alba / narrativa
El día que llegamos, apenas iba amaneciendo. Agarramos de caminar pa donde nos llevaran nuestros pies. Así anduvimos un rato por las calles. Miramos a otros que vienen de por allá deonde somos. También están como nosotros, buscando el pan. Andan tocando su música, tocan y luego van a las casa paque les den un dinero. Pero luego ni les abren, no les ha de gustar lo que a nosotros, pero pus esos músicos no se saben de otra.
Nosotros no somos músicos, acá buscamos trabajo de albañiles porque es de lo que sabemos hacer y que se puede ocupar aquí. Allá en el pueblo, todos le saben algo al oficio porque cada quién hace su casa. Bueno pos ya de andar mucho, y de pasar por varias obras, pa ver si nos daban chamba, por fin ya a la tarde nos pudimos apalabrar con un maestro albañil, nos dio trabajo a varios de los que veníamos de allá de la huasteca. Él nos trata bien, le gusta la briaga como a nosotros. Luego de que supimos de que teníamos trabajo nos fuimos a buscar donde quedarnos. Nos separamos. Nos fuimos yendo de pocos pa encontrar donde dormir.
Carlos, Ramón y yo encontramos lugar en una casa a un lado del mercado primero de mayo. Pero se paga mucho, son cuatrocientos pesos al mes. Es poco pero es mucho pa nosotros. Carlos y Ramón, allá en el pueblo, tienen su casa por la escuelita del Conafe. Nos conocemos desde niños, nos tenemos confianza. Luego me echan relajo con lo del Rogelio, dicen que le saco, que me faltan güevos para enfrentarlo, pero no es así, no quiero problemas. No quiero dejar solos a mis hijos como mi papá, nos dejó a nosotros. Mi jefe por echar bronca, por no dejarse, lo mataron.
Todavía no abre el sol, pero nos levantamos pa ir a la obra. Pasa el tiempo, vamos camino al trabajo, la helada está canija. No hablamos, sólo se escucha la ruidera de la ciudad y nuestros pasos secos. Sólo traigo un suéter delgado al que se cuela el aire frío. Cruzamos una calle con tranquilidad, a esta hora no hay tantas personas en la calle. Vengo pensando en mi mujer y en los chamacos. Cuando tenga suficiente dinero ahorrado los mandaré traer, paque vivan conmigo. Van pasando pocas personas, es entre semana pero de todas maneras nos ven. Se fijan en nuestro rostro moreno y en nuestra baja estatura. Yo me sigo de frente, hago como que no los veo. He escuchado que nos dicen indios, nacos. Pero no hago caso. Ya casi llegamos al trabajo, de seguro el maestro ya ha de haber llegado, él siempre llega temprano. Llegamos a la gasolinera de por el río de las avenidas, damos la vuelta y miro la obra. Estamos construyendo la casa de un licenciado. Luego miro que el maestro, ya llegó. Lo saludamos, nos saluda. Después me dice qué tengo que hacer, miro su cabello blanco y enroscado, su piel frágil y sus ojos verdes. Le digo que si y me voy a trabajar.
Estoy acarreando material, haciendo revoltura con cal y arena. Eso es lo que hago porque de la albañilería no le sé de lo que se necesita aquí, así que nada más se me ocupa de peón.
Llega la hora de la comida, el maestro encargado manda a otros peones traer tortillas y a calentar la comida que cada quien hayamos traído. Se termina de calentar la comida, ya me anda de hambre. El maestro nos dice que vayamos a comer. Todos nos acercamos. Algunos van diciendo bromas. Me acerco y platico con el maestro y le digo que si me la puede dar de velador porque no tengo donde quedarme. Sé que le dije una mentira, pero se lo dije pa tener dinero extra. Me animé a decírselo porque en la noche, me puse a hacer cuentas, y si pago casa, no me conviene, necesito ahorrar lo más que pueda. El maestro me mira fijamente y se acomoda en una de las tablas que se han puesto a modo de silla. Come tranquilamente como si no tuviera problema alguno en la vida. Le miro las manos agrietadas y la mirada piadosa. Me contesta que ya otro le había dicho que se quería quedar en la obra. Me dice que se trata de Ponciano. Me explica en palabras atropelladas que el patrón no quiere pagar velador, pero si queríamos nos podíamos quedar en la obra, de eso no habría ningún problema. Sigo comiendo pero no me sabe la comida. Pienso que por lo menos no voy a gastar. Le digo que si al maestro. Luego miro a Ponciano, le miro sus granos en la cara y su cabello recio. Me acerco a él y le pregunto si también se va a quedar en la obra. Me contesta que sí. Y luego le digo que yo también. Seguimos platicando, le digo que soy de Huejutla, él me dice que es de Veracruz. Termina la hora de la comida. Recogemos las cosas y nos vamos a seguir trabajando. Luego finaliza el día de trabajo. Todos se van, sólo nos quedamos Ponciano y yo. Les había dicho a Carlos y Ramón que se quedaran en la obra, pero ellos no quisieron.
Llega la noche. En la obra no hay luz. Son las nueve y tenemos hambre. Nos cooperamos y vamos a comprar pan y café pa merendar. Yo enciendo la fogata y pongo el agua. Le comento a Ponciano que tengo un problema en mi comunidad, que hay un tipo que me anda buscando pleito. Tomamos el café y el pan y nos vamos a dormir. En uno de los cuartos, acomodamos unas bolsas de cemento a modo de cama y nos tapamos con otras bolsas de cemento. Miro por la ventana un cielo en retazos, enmarañado de cables y casas. Casi me duermo. Estoy cerrando los parpados. Escucho un ruido, como cuando se alborota un ave. Me siento entumido, alcanzo a mirar en el quicio de la ventana a Ponciano. No me puedo mover. Siento que un frío me va lamiendo los huesos. Escucho y veo los brazos de Ponciano tronar y llenarse de plumas negras. El miedo se me agita en el pecho cuando lo veo saltar por la ventana y alejarse volando. Luego me quedo dormido.
Siento el frío del amanecer. Abro los párpados, echó un vistazo rápido a mi alrededor. Encuentro a Ponciano dormido boca arriba. Las manos sobre el pecho y la respiración tranquila. Me levanto voy al baño. Siento amarga la boca y me arde al orinar. Va amaneciendo, veo rojiza la cima del cerro que está delante de nosotros, es el cerro del Zopilote. Ponciano se me empareja, me mira y me enseña sus dientes amarillos y podridos. Se me embadurna la cara de su aliento marchito. Me acuerdo de mi madre. Le digo “qué quieres”. Él me sigue mirando estúpidamente. Saca su pene y comienza a orinar. Me dice con su voz de piedra de río y con sus ojos turbios “yo te puedo ayudar a que ya no te moleste ese que te hace pleito allá en tu pueblo.” No le contesto. El frío sigue igual, no se ha quitado ni tantito desde que legamos. Al contrario creo que aumenta. Miro llegar al maestro. Le digo a Ponciano “sale, échame la mano.” Y nos vamos a trabajar. Pero no le pregunto cómo me va a ayudar.
Termina el día de trabajo. Otra vez nos quedamos en la obra Ponciano y yo. Sigue el viento helado que nos agrieta la cara. Prendemos otra vez una lumbrada pa preparar el café. Nos ponemos a platicar de cualquier cosa. Miro sus cabellos de la cabeza blanqueados de cal y polvo. Y luego sin más me empieza decir que él es nahual. Que él no necesita de andar trabajando. Que a él sólo le basta revolcarse en su cenicero pa irse volando por la comida que quiera. Nunca había visto a un nahual. Lo miro más mejor. No quiero que se me escape a la memoria su rostro ajado y su bigote ralo. Me dice con su voz que me empieza a dar miedo que anda huyendo de su pueblo porque allá mató a uno que le andaba haciendo maldades. Por eso se vino pa acá, a Pachuca. Luego me explica que será con su arte que me va a ayudar. Le doy un sorbo a mi jarro de café. Le quiero preguntar cómo me va ayudar, pero creo que él ya sabe qué le voy a pregutnar y no me deja hablar. Me lanza su vaho y me dice que me va a llevar adonde tiene sus cosas pa trabajar. Lo escucho decirme que será el domingo, que tenga paciencia.
Otro día. Seguimos trabajando en levantar la casa. El patrón llega a estar con nosotros, es día de paga, mañana es domingo. Dice el maestro que el patrón es licenciado y que trabajó de ministerio público. Pero ahora nada más está en su casa y en quién sabe qué negocios. A veces viene a estarse todo el día aquí en la obra. Lo escucho platicar con el maestro. Escucho cómo dice el licenciado que en la puerta de su casa fueron a aventar pedazos de carne cruda. Que no es la primera vez que ya son varias ocasiones que aparece carne en la puerta o atrás de la casa.
Llega otra vez la noche. Le quiero preguntar a Ponciano de qué manera me va ayudar, pero me da miedo hacerlo, no me animo. Pasa el tiempo, nos dormimos. Pasa más tiempo, no sé cuánto y luego, así nada más, abro los parpados, a la mejor un ruido me despiertó pero no sé qué ruido. Me doy la vuela y miro en la ventana a Ponciano con la cara embadurnada de sangre. Siento angustia. Veo a Ponciano acercárseme, grito fuerte pero no escucho mi grito. Cierro los ojos y escucho un tronido lúgubre y que un líquido escurre.
Es domingo. El sol nos calienta la carne, nos quema la piel, pero de todas maneras tengo frío. Ponciano va a mi lado derecho. Habla inconteniblemente. Platica del fútbol, de lo mal que juega el Pachuca y que el Cuahtémoc hizo mal en regresar al América. Llegamos a la colonia Cubitos, empezamos a subir una pendiente y nos perdemos entre calles estrechas. Vamos a dar frente a una casa vieja. Ponciano mete la llave en la puerta oxidada. Y entramos. Parece un lugar abandonado. Hay hierbas crecidas por todos lados y mierda de gatos y perros en el patio. Ponciano abre una puerta más. Voy mirando un cuarto que huele a podrido. Me dan ganas de vomitar. Miro un altar en el fondo del cuarto. La ofrenda atestada de moscas. Ponciano me señala un bracero que está en el centro del cuarto. Me dice que ahí hace su costumbre pa hacerse zopilote. Y le digo si de veras me pude ayudar con mi problema. Se ríe. Salimos del lugar. De nuevo le quiero preguntar cómo me va ayudar, pero otra vez me aguanto pro el miedo.
Es lunes. Es la hora de la comida. El maestro me manda calentar la comida. Lo hago, después me acerco a él y le digo que ya está listo. Luego le dice a todos los de la obra que vayamos a comer. Terminamos de comer. Ponciano se me acerca y me dice que hoy irá a hacer mi encargo. Nos reímos. Me río de él, se ríe de mí. Le miro su carcajada, la baba escurriéndole en la boca con restos de comida. Pero en le fondo tengo miedo. No sé cómo vaya a ayudarme.
Es de noche, se me vuelve a abrir la mirada, despierto. Miro al ave en la ventana. Hace frío. Nada se escucha. Nos miramos el ave y yo. Se va asomando la cara de Ponciano. Se le van cayendo las plumas de los brazos. Me levanto. Sólo se escucha el frío mordiéndome la piel. Se me acerca Ponciano, trae el dorso desnudo cubierto de una baba fina, xoquiaque. Extiende el brazo derecho. Le miro abrir la mano y en ella un pedazo de carne con sangre. Me dice “ya estuvo.” Me caigo, se me sale el alimento por la boca, huele agrio. No sé qué pasa, todo es oscuridad.
Abro los parpados y es de día. Hago a un lado las bolsas de cemento y encuentro la carne con mis vómitos. Dejo pasar un poco de tiempo y alcanzo donde está el maestro. Le digo que tengo que ir a mi pueblo, que me de permiso. Chupa su cigarro preocupado. Y me dice con su voz de madera “sale pues ve, pero te quiero de vuelta antes que termine la semana”. Le digo que si y me voy. No me despido de nadien, pero si siento la mirada de Ponciano seguirme hasta que desaparezco por la calle de enfrente. No me cambié. Llevo la misma ropa de la mañana. Me voy pa la central. Ya no hay camión directo a Huejutla. Entonces decido irme transbordando en taxis colectivos.
Pasa el tiempo, voy de camino está oscureciendo y veo la sierra. Me siento un poco más tranquilo. Llego a Huejutla. A esta hora ya no hay trasporte para mi pueblo. Me quedo a dormir en la Terminal. En la mañana me voy pa las camionetas a mi comunidad, Huehuetla. Me subo, saludo a los conocidos, les digo que he vuelto por tantitos días.
Llego a la entrada de Huehuetla. El fresco del campo retumba en mi cara. Voy caminado en la calle de entrada. Veo la casa de Rogelio. Miro que hay gente afuera. El aire se siente pesado. Camino aprisa en dirección de mi casa. Encuentro a mi madre y le pregunto qué pasa con Rogelio y me dice que se murió en la madrugada de ayer. Que nada más se escucho su grito enroscarse por todo el pueblo y cuando lo fueron a ver estaba tirado con las manos en el pecho. La sangre se me va helando. Me mareo. No pensé que así me fuera ayudar Ponciano. Estoy arrepentido. Sólo quería solucionar las diferencias con Rogelio, no que se muriera. Me dan ganas de ir al velorio, a rezar por el muerto, acompañar a la familia. Pero no puedo, saben ellos que tuvimos problemas. Veo a mi mamá, fregando el maíz en el metate. Se recarga con fuerza. Se detiene un momento y como si adivinara mis pensamientos, me dice que es mejor que no vaya que andan diciendo los parientes de Rogelio que yo le mandé hacer mal, que por eso se murió. Me quedo en mi casa unos días. Ya no quiero ir a Pachuca, allá está el nahual y me da miedo, vaya a quererse cobrar. Aunque en realidad, nunca me dijo que me iba a cobrar, pero nada es de gratis, de seguro quiere algo. ¿Qué voy a hacer?
Pasa otro día y ese día soñé que Ponciano volaba pa su pueblo. Y me digo que voy a su pueblo pa pagarle. A lo mejor en sueños me dijo que le pagara allá en su pueblo. Pasan los días. Llego al pueblo donde vive Ponciano. Se parece al lugar donde vivo. Entro en la calle principal. Veo a dos personas una a cada lado de la calle. Sigo hasta donde está una tienda y pregunto por el delegado municipal. Siento comezón en mis genitales. Discretamente meto mi mano en una de mis bolsas y hago desparecer la incomodidad. Voy a donde me dicen que puedo encontrar al delegado municipal. Camino en una vereda. Está húmedo el camino, me lleno los zapatos de lodo maloliente. Me dice una señora dónde está el delgado. Llego con él, me presento, le digo quien soy. Es un anciano de cuerpo ligero. La piel vieja sostenida en los huesos férreamente. Se llama Lucas. Me dice “así que vienes a buscar a Ponciano pa pagarle un favor… Mira, él no está aquí, se salió hace unos días y no ha regresado. Sepa, cuándo vaya a regresar. Así es ese, no avisa.” Le digo que necesito verlo, que me diga dónde puedo encontrarlo porque le tengo que pagar el favor que me hizo, que Ponciano me dijo que estaría en el pueblo. Pero no le digo que Ponciano me avisó en sueños. Me contesta con otra pregunta. Me lo dice cuando vuelvo a sentir la incomodidad en mis genitales. Siento un caldo pegajoso y tibio en mis partes, pero ahora no me puedo rascar. Y le digo “no señor, no me falta nada, traigo todas mis cosas. Nadien me ha robado ni se me ha perdido algo.” La molestia me aumenta. No me importa y trato de rascarme sin que él lo note. Me dice “¿ya te revisaste bien?” Y siento en la cara una capa de sudor. Siento temblorina. Mi mano no toca lo que tiene que estar. Veo al delegado alejarse con una sonrisa escueta. Y me dice “Siempre si te faltan, ¿verdad?”
TE FALTAN
por Odilón Moreno Rangel
Por eso me vine pa acá, a Pachuca, porque allá en el pueblo no hay qué trabajar. Nada más se siembra pal gasto. El café vale lo mínimo, no conviene venderlo, salé más caro pagarle al peón paque junte el grano que lo que van a dar por él. Por eso me encuentro aquí. Es enero y hace frío, el viento es maldito, parece como si te arrojaran puñados de polvo de navajas que agrietan la piel. No sé por qué le dicen a Pachuca quesque la bella airosa, sepa por qué, si hace un viento de la refregada.
No vengo solo, me vine con otros señores de la comunidad. Nos venimos sin conocer a nadien, así a la brava, pero es que ya estábamos desesperados. En nuestras casas luego no hay ni paque coman las crías. Igual me animé a venir a Pachuca por culpa del Rogelio. Está pleito y pleito, y un día nos vamos a comprometer, y si me pasa algo quién va a ver por mis crías y mi señora, pus nadien.