revista literaria trimestral | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2008.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
Javier Munguía
(Hermosillo, Sonora, México, 1983)
es narrador. Autor de los libros de cuentos Gentario (Universidad de Sonora, 2006) y Mascarada (Instituto Sonorense de Cultura, 2007). También escribe novelas. Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora. Estudia la Maestría en Literatura.
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
antes del alba / narrativa
-Pasa.
-Gracias, Martha. Vengo a ver si sabes algo de Rebe. Desde ayer no sé de ella.
-No. No sé nada.
-¿Segura?
-Por supuesto. Además, tú deberías saberlo mejor que yo, ¿no?
-¿Debería saber qué?
-Que una mujer no se va de la casa por nada.
-¿Qué insinúas?
-Nada. ¿No te dejó un aviso, una carta, algo?
-No, no me dejo nada.
-Mmm… qué extraño.
Ring.
-Permíteme, ya vuelvo. ¿Sí? Hola. Moros en la costa. Háblame después. Cuídate mucho.
-¿Quién era?
-Nadie. Alguien que no conoces.
-No me mientas, Martha. Era Rebe, ¿ajá?
-No tengo por que mentirte, ni por qué darte explicaciones.
-¿Qué te dijo la muy zorra, ah? ¿Anda puteando feliz de la vida?
-Misa, ¿qué haces? Suéltame, por favor. ¡Misa!
-¡Dime qué te dijo, alcahueta, zorra! Seguro lo planeo contigo, ¿verdad? Seguro tú se lo sugeriste: vete, abandona a Misa.
-Yo no hice nada de eso. ¡No me pegues, por Dios! ¡Por favor, no me pegues!
-Dime dónde está y con quién está. Dime si quieres que te deje.
-No sé. Déjame, por favoooooor… Está bien, voy a decírtelo. Ella está en rtesturtu.
-¿Cómo?
-Ella estrg esn trusldosls.
-¿Qué? No estés jugando conmigo, maldita zorra.
-Grisjks djsye dkslfl ejsjs. ¡Syehjnd, jdd abdkeoels!
-¡No te entiendo ni madres! ¡No te hagas pendeja y dime ya dónde jodidos está Rebe!
-¡Erjsjdjsj sdeldlsia djsjs, djeue disks fhdyek skdleo!
Ò
¿La habría matado? No, no. Pero sí le habría metido un buen susto. Bien merecido se lo tenía la zorra esa. A ver si le quedaban ganas de andar solapando putas.
Se sentía herido. Como si le hubieran abierto la carne. Ahora no le quedaba ninguna duda de que Rebe se había ido por voluntad propia. Pero, ¿por qué? No lo entendía. Si él todo lo que había querido es hacerla feliz. Pero en fin, ahora solo era una puta.
Ò
-Pásale, papacito.
-Chúpamela.
-Tú luego luego a lo que vienes, ¿no, muñecón? A ver, qué tenemos aquí. Qué clase de animalito es este…
-¡Cállate! ¡Solo chúpamela!
-Está bien, papito. ¿Seguro no quieres que te diga nada? ¿Cómo quieres que me llame?
-Rebe.
-Muy bien, papito. Yo soy la Rebe y me gusta meterme tu verga en mi boca. Está bien rica. Métemela ya, papito.
-No. Chúpamela más, primero.
-Ay, papito, me gusta chupgrjetela.
-¿Cómo?
-Que me gurshsta chupgrjetela.
-¿Qué dices, puta hija de la chingada?
-Rkdks ejdjs djeks, dkek hglxoz.
-Ah, te has puesto de acuerdo con ellas, ¿verdad? Todas están en mi contra. Me quieren volver loco. Pero ahorita vas a ver lo que te pasa. Ya vas a ver.
-¡Nrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr! ¡Rskeixzjzjs, prjsj avhrioros! ¡Nrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr fjsjs fdjkepsssssssssssssssssssssss!
Ò
-Hola, Pedro.
-Chico, pero ve cómo vienes ¿Qué te pasó? ¿Y esos rasguños? Entra.
-Todas las mujeres son unas putas, Pedro.
-Pero por qué dices eso, hombre. ¿Qué te pasó? ¿Te asaltaron?
-Se fue la Rebe. Me dejó.
-No llores, Misa. Ya verás cómo va a volver.
-No estoy llorando. No soy un marica.
-Claro que estás llorando. Y es natural: te duele.
-No me duele ya. Me vale verga que se haya ido esa puta.
-Misa, qué forma es esa de hablar de Rebe, tan buena muchacha ella.
-¿Buena? Y si es tan buena cómo dices dime una cosa: ¿por qué me abandonó, por qué me dejó solo?
-¿No te dijo nada?
-Nada.
-¿No te dejo una nota, algo?
-¿No entiendes lo que es nada?
-Bueno, hombre, no te sulfures. No querría decirte esto, pero te lo dije.
-¿Qué me dijiste?
-Que iba a llegar el momento en que se iba a cansar y se iba a ir.
-¿Tú me dijiste eso? No lo recuerdo.
-Vaya que te lo dije. Muchas veces. No era vida lo que le dabas, Misa.
-Pero si yo la amaba.
-Vaya forma de mostrárselo.
-¿Cómo se lo mostraba?
-Pues ergrchándola y zkekándola.
-¿Tú también?
-¿Cjeus fjexks?
-Nunca lo pensé de ti, Pedro. Me voy.
-Fejsj feudos, djeusus cjeue. Fkeis xkzxla, pdjsue fjckel djeus fjss. Dkeks…
Ò
Misa se inclina sobre el puente. Está decidido a tirarse, pero le da miedo. Se ha quedado solo. Hasta su único amigo lo ha traicionado, se ha aliado al enemigo. Rebe se ha ido. No se ha parado a pensar un momento en él, en lo que está sintiendo, en lo mucho que le duele estar solo. Solo, como siempre. Hasta que Rebe llegó para rescatarlo de esa podrida soledad. Sin ella, sin esa maldita perra, nada tenía sentido.
Misa se inclina sobre el puente, pero no se tira. Siente que tironean de su piel, que se la arrancan. De pronto, todo el dolor parece tener un propósito. De pronto, una lucecita vacilante, que lo salvaría de morir miserablemente sobre el asfalto, de ser luego destrozado por los coches. Pero la luz se extingue y Misa se queda tan solo como cuando ercustio, como cuando grifrotra quesuncia xjelds xjskls glpoeaj xklñe ytugjdke djsusu fleñe ckxielgñ gkjeoe…
SJDHE
por Javier Munguía
Xsrewqlsñ:
Grwqsldkdkd djuesnfk tyebd fyatqe djfue shdhd, flskl qekd chske. Cyeuso fjsuq, djshcd aldjsj ejdus dlskdjs; cjdjs qyensl hñotkend djshahahas. Flrkaj flsla dkjsja djdja, pdtej shdhs dslsjs. Groshdl sjde djsua cjsñe fksha qhe dty ytie djsa dlele sjfle djsha clhpoe ehskd ejd sjdhe glhje chgsfljs djs fje shd djsj dlslsfj zmxha zxh fs
Ò
No decía el papel más. Parecía una broma de mal gusto. La caligrafía era la de Rebeca, ajá, pero ¿qué podían significar esas letras agrupadas sin orden ni concierto? Sobre todo, ¿dónde carajos estaba Rebe?
A Misa le parecía improbable que lo hubiera abandonado. En primer lugar, ¿por qué, para qué? Si juntos eran felices. Tenían sus discusioncitas de cuando en cuando, no iba a negarlo, pero él estaba seguro de que Rebe, viviendo con él, estaba contenta.
Pero, si no lo había abandonado, ¿qué habría pasado? ¿Qué querría decir su absurda carta?
Durante todo un día intentó convencerse de que lo mejor era no buscarla, si no estaba suponía Misa que era por su propia voluntad, cuando quisiera volver, si lo extrañaba, si lo amaba, volvería. Pero al día siguiente se dio cuenta de que la vida no era soportable sin ella. Y se apresuró a casa de Martha, la mejor amiga de Rebe.