revista literaria trimestral | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2008.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
jardines invisibles / poesía
Francisco Moral
Poeta español. Autor de los libros Suave viene la noche(colección de poesía Abraxas), Diario en Djerba, Cuando la noche cayó sobre Lisboa y Las estaciones marginales. Próximamente publicará El libro de las cartas.
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
DÍA CUATRO
Puesta de sol en el cementerio Dos Prazeres
JUNTO a la verja
del viejo cementerio
anochecía.
Si detuve mis pasos,
si clavé mis ojos y no entré
en estampida buscando su mortaja
no fue por miedo
sino por la certeza
de que no encontraría
la tumba de aquel último
vestigio que me ataba en otro tiempo
a la ciudad que ahora
me acoge y me atormenta.
(Apenas media hora
después, desesperado
porque no conseguía la ubicación precisa
comprobé que un tal Sousa, Antonio de,
me servía de lúgubre escritorio.)
DÍA CINCO
Preguntas imposibles
(cuya respuesta prefiero desconocer)
¿CÓMO será no ser,
no saber, no palpar,
no ver el cielo por la noche,
no sentir la lluvia después de la sequía,
no oler la tierra húmeda,
no oír pasos tras la puerta.
Incluso, cómo será no oír
el ascensor,
los timbres,
las sirenas,
la música, el sonido del agua
en las fuentes?
¿Cómo será estar muerto,
no poder susurrarte
palabras sucias de amor al oído?
¿Cómo será no amarte?
DÍA DOCE
Una canción desesperada desde Monsanto
Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice y todo,
y en la calle, codo a codo,
somos mucho más que dos.
Mario Benedetti
He cantado las mañanas
más oscuras
y las noches más claras,
y he apurado el vacío
de todas las tormentas,
cuando los rayos venían a herir
mis ojos, como agujas ardientes.
Conseguí oír el sonido
auténtico,
verdadero,
del silencio infinito de unos ojos
abandonados,
muertos de amor.
Me abandoné a mi canción,
alcé las copas del triunfo
y apuré el vaso que contuvo
cada lágrima derramada
en la soledad,
en la multitud,
en la ingente estadística que decía
que debía buscar la felicidad
por encima de todo
(cuando todo a mi lado era oscuro
como el abismo tras el brocal de un pozo).
Salí a los campos, atravesé caminos
en donde a cada paso, crujientes,
los huesos de otros servían de morada
a mis zapatos,
y me manché de un barro teñido
por un dolor de siglos,
incontenible,
ciego,
sórdido,
y aún con todo, mis oídos no estallaron
(sólo buscaron signos,
signos de amor que esperaban
una forma precisa en mi palabra,
un pálpito indeleble que no barriera el viento.
Si canté,
si pude modular con mi voz
los sonidos que tu oído
esperaba,
si inventé palabras que quisieron
ser de arcilla en tus labios,
y en cada uno de tus dedos
puse un beso infinito
que era un campo de fresas,
si por tu pelo recorrí, con mis manos,
el dolor de los otros,
la presencia serena de todos los que sufren,
y ese porte sereno de tu amor insurrecto
me aventaba, y me hacía
más fuerte en el fracaso.
Si en mi boca hubo rosas
de amor y sus espinas
esparcieron mi sangre
como plumas al viento…
Hoy sé que fue por ti,
que solo no podría,
que mi boca sería sólo barro sin forma,
sólo viento sin campos,
océano sin costas,
canción sin más oídos
que unos claustros románicos,
que unas ojivas góticas vencidas
por la hiedra,
sin pueblo que las oiga,
sin Dios que las condene,
sin grey que se someta
o acaso se levante.
Francisco Moral