revista literaria trimestral  | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2008.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
Ernesto González
autor cubano residente en Chicago. Acaba de publicar en BookSurge (disponible en amazon.com) la novela Bajo las Olas, acerca de la escritora francesa Marguerite Yourcenar.

Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
antes del alba / narrativa
BAJO LAS OLAS (fragmento)


por Ernesto González


I. Marguerite

A falta de los senos de mi madre, los dedos de Michel se han convertido en mi primer vínculo con una piel ajena. Mi nana Barbe se convertirá en mi segundo vínculo, cuando me levante en vilo con sus brazos rollizos, me arrope con sus caricias y me llene el cuerpo de besos. Barbe, además, me regalará la primera imagen de un cuerpo femenino desnudo, al verla salir del baño con un candelabro en la mano y una toalla en la otra, para irse a secar con hermosa paciencia junto a la chimenea. Eso ocurrirá después, al empezar a descubrir mi cuerpo a través de la belleza del de Barbe, en los espacios cambiantes que dejan las sombras, en los desplazamientos imperceptibles de sus manos por sus brazos y piernas. Nunca se me ocurrió interrumpir a Barbe, como si desde mi usual escondite aprendiera los sencillos gozos femeninos provocados por las gotas que iban muriendo, por las intermitentes sombras y el silencio que iban describiendo esa muerte. Los dedos de Michel, los besos y la piel de Barbe.
Una madrugada que regresaba de juerga, Michel fue a asomarse por la puerta de mi habitación a darme sus buenas noches tardías y silenciosas. Al notar mi ausencia fue a buscarme al baño y por los corredores de la casa. No sentí sus pasos suaves que pretendían evitar, si regresaba tarde, que lo escuchara mi abuela. No sentí sus pasos o no pude sentirlos. Era uno de esos instantes, bello y atesorable, cuando Balbe se erguía ante la chimenea y daba vueltas muy lentas para que sus últimas humedades perecieran por la cercanía de las llamas. Y a mí me brindaba una perspectiva nueva, con cada giro suyo, al cambiar de posición el candelabro o al levantarse del sofá para aproximarse a la chimenea. Barbe me mostraba ángulos insólitos de su belleza, del disfrute que puede sentir una mujer consigo misma, al arrastrar lentamente y en plena soledad, gotas moribundas de agua sobre su piel.
Sonriente, Michel me abrazó por detrás, en el rincón de la escalera donde me asomaba a contemplar a mi niñera. Me levantó con una expresión de complicidad, y me devolvió a mi habitación con pasos sigilosos, como si hubiéramos regresado juntos de una farra. Me colocó en el lecho, me contempló unos segundos sonriéndome, y acentuó el gesto de complicidad colocando dos de sus grandes dedos en mis labios.
Por un acuerdo tácito nunca hablamos de esa noche, nunca la mencionamos en nuestras conversaciones íntimas. Ahora creo que los gestos de Michel eran cómplices en muchos sentidos. Me decían que atesorara el ritual femenino que había contemplado, quizás para evocarlo un día a solas, o para guardarlo como imagen artística en una memoria que él se encargaba de desbordar con belleza. Asimismo, Michel me pedía que evitara seguir mancillando las noches de Barbe. Los niños entienden y respetan los signos que reciben en la intimidad y en el silencio. Decidí, recuerdo que con cierto esfuerzo, olvidar a Barbe y a su reinado en las madrugadas de Mont-Noir, donde las humedades fenecían a gusto y las sombras conspiraban entre sí en vías de morir con el amanecer.

Cuando Michel hacía un comentario de una persona, era porque un escándalo hacía imposible evitarlo. Le pedían opinión, y su contestación era cortante, incómoda, por compromiso. Los errores nunca eran individuales sino del grupo, llámese familia, sociedad, países. Política, cultura, a veces religión. Michel no podía juzgar a un individuo. Ni cuando comprobó que Barbe me llevaba al prostíbulo donde trabajaba, y me dejaba jugando y conversando con sus compañeras en el salón lleno de humo e impregnado de sexo, probablemente un par de horas.
Michel despidió a Barbe y olvidó el asunto. Ese fue mi primer sufrimiento consciente: la ausencia de Barbe, de su deslave de besos por mi cuerpo, de sus juegos y risas. De la inolvidable imagen de mujer desnuda y húmeda que se contempla y va a secarse pacientemente bajo el pobre resplandor de un candelabro. Me he enterado, hace unos meses, que se casó con un guardabosques y tuvo varios hijos. Que me escribió tres cartas. Por órdenes de mi abuela, y a espaldas de Michel, se interceptaron las palabras escritas que hubieran secado mis lágrimas primerizas, como hacía la calidez de la chimenea de Mont-Noir en la piel de mi niñera.
Me he imaginado la vida de Barbe en el campo. La he viso adentrarse en el bosque que cuida su marido y caminar hacia la ribera de un río cercano. Se ha metido en el agua con pisadas lentas, no por miedo al frío ni a resbalar sino para recibir el contacto líquido con la presencia requerida. Luego de unas juguetonas brazadas, la he visto salir a secarse, caminar entre los árboles, hablarles y girar muy despacio en busca de una brisa que seque sus poros, que los roce, los palpe, que la envuelva en un abrazo permanente, como si la caricia de un hombre, de tantos hombres, jamás hubieran sido ni pudieran ser suficientes para ella.
II. Bryan de Vito

Sigo tecleando en la computadora unas cuantas ideas relacionadas con el proyecto que había propiciado mi reencuentro con París. Ya había hecho un intento por dejar a un lado la investigación literaria, para centrarme en el aspecto psicológico, espiritual, de Marguerite Yourcenar, a sabiendas de que un trabajo de ese corte carecería de interés por su «falta de rigor académico». Esta frase es, en una gran mayoría de los casos, una etiqueta que colocamos los investigadores a lo que nos perturba o complica los horarios.
De hecho, inicié un proyecto con el que deseaba mostrar las si­militudes y diferencias de Michael Tournier y la Yourcenar en lo re­ferente al tratamiento de los mitos. Había material suficiente. Tour­nier menospreciaba la historia, ella la acogía, él trabajaba los mitos, la Yourcenar encarnaba en sus personajes los arquetipos de los mitos, su posible práctica humana. Además, me había enterado de que Tour­nier era editor de Plon por los años sesenta. Empecé a preguntarme cuál había sido su influencia en la publicación de las obras de la au­tora. ¿Qué postura había tomado en los problemas que enfrentaron la editorial y la Yourcenar? Intuía puntos de contacto, pero me faltó interés para llevar adelante la investigación. Ahora mis circunstancias eran distintas: había profundizado mi conocimiento de las filosofías orientales, tenía mayor madurez psicológica -no necesariamente debido a la edad- y me sentía preparado para desarrollar el proyecto sin la incorporación de Tournier.
Me proponía demostrar que la Yourcenar había pasado por esas fases de destrucción del ego que había descrito en su personaje Ze­nón. Quería mostrar paso a paso la correlación entre su obra y su vida, particularmente durante la creación de Opus Nigrum. Estaba en igual situación que la de sus biógrafos, imposibilitado de consultar sus documentos íntimos sellados hasta el 2037, con la diferencia de que no me interesaba escribir una biografía. Mi objetivo era probar cómo esta mujer había usado la vida, sus experiencias, su sufrimien­to, para ampliar su consciencia. Deseaba probar cómo en varias eta­pas críticas de su vida, se había movido, por encima de la racionaliza­ción de los conflictos, hacia su digestión psicológica. Quería saber qué grado de disolución de esa entidad nombrada Yourcenar, había alcanzado esta mujer, hasta qué punto había despertado, muerto y renacido para sí en términos psicológicos. Si había llegado a experi­mentar ese estado en que el ego -el famoso Oponente que mencio­na la Cábala- no ejerce el poder absoluto en el humano. Si había logrado encontrar esas fuerzas que permiten invertir el proceso, es decir, si la vida había dejado de influir en ella y algo desconocido había llegado a influir en su -y la- vida. Quería saber si se había vestido de espacio, como los ermitaños que había contemplado en la India junto a Jerry. ¿Qué significaba vestirse de espacio, en términos psicológicos? ¿Se podía establecer el límite entre lo objetivo y lo sub­jetivo, en una experiencia de disolución de sí? Si el experimentador no es permanente, como la vida, porque son idénticos, no es locali­zable y desde esa perspectiva no existe, ¿cómo iba a disolverse? ¿Po­dría un profesor de literatura, conocedor de las filosofías orientales y en menor grado de física cuántica, descubrir y ahondar en esa expe­riencia ajena, si es que en definitiva esta mujer la alcanzó? ¿Lograría mi trabajo credibilidad en un mundo fragmentado por campos de investigación falsamente antagónicos, en un medio académico domi­nado por la neurosis, la moda y los intereses comerciales? Entre ideas alquímicas y quiméricas, dudas y silencios, mis recuerdos personales reaparecían, insertados y sin aparente relación con al proyecto que había acometido.

Ray era una historia aparte. Tan diferente de sus padres que a menudo he pensado que no fuera hijo de ellos. Quizás de Tracy y eso porque lo parió, está comprobado, no de los dos El muchacho era una especie de copia tardía de sus padres, con la curiosidad que los enfebreciera en la adolescencia y una variedad de gustos que nos confundía. Según su madrina, había heredado de ella su afinidad por la cultura francesa. La visión de Helen era muy incompleta. No incluía la atracción de Ray por la música de cual­quier época y las culturas de cualquier latitud. Era difícil de entender que alguien pueda sentirse atraído de igual forma por una danza der­viche que por una canción de Nina Simone. Había empezado a estu­diar francés desde pequeño, a instancias de Helen, y aprendió espa­ñol por su cuenta hablando con el jardinero, los camareros, con cuanto hispano se topara. Sin desearlo, deslumbró a mi hijo y a sus compañeros al empezar a tomar clases de francés superior conmigo. Cuando necesitaba usar sus habilidades, cambiaba de idioma con naturalidad o tocaba la guitarra con esa actitud, que es lo contrario de tener actitud, y sonreía agradeciendo las muestras de admiración a su talento.nos poseemos y morimos sin llegar a conocer. Son como esas semillas extraviadas que no encontraron terreno fértil donde fructificar. Ray sólo era un crío de quince años en ese entonces, sin embargo, estoy convencido de que percibía la realidad con la agudeza de que carecíamoslos adultos que lo rodeábamos. Su sensibilidad trascendía lo musical y lo artístico. Herman Hesse acuñó un término para traducir la palabra oriental darshan al inglés: philosia. Philo significa una fuerte inclinación hacia algo, amarlo. La filosofía es amor a la sabiduría y su consecución a través de la disciplina intelectual y moral. El significado de philosia es, por el contrario, amor a descubrir, a ver. Ray veía. Nunca especulaba ni filosofaba. Simplemente veía, descubría y lo pintaba en sus cuadros o lo escribía en sus canciones. No deja de ser raro que su música alcanzara éxito comercial. Quizás la gente percibe más de lo que creemos los intelectuales. Estamos seguros de que sabemos, lo cual se reduce a creer que sabemos. La gente común quizás percibe, lo cual pudiera igualarse a saber de verdad. Lo cierto era que entre mi “saber” y el percibir de mi ahijado, no se había levantado ninguna barrera. No existían limitaciones entre nosotros. Nunca en mi vida me había sentido tan cómodo al hablar de mis problemas. Ray era el oyente ideal porque no interrumpía, y asimismo, porque nunca juzgaba. Ni siquiera cuando le conté mi enredo con una alumna, que estuvo a punto de costarme mi trabajo en la universidad.
En medio de una interminable crisis matrimonial que tratábamos de paliar por nuestro hijo, la piel, el desenfado, la personalidad franca y llena de deseos y no sé cuántos cientos de encantos encarnados en una preciosa criatura de ancestros orientales, habían desembarcado en mi clase junto con un grupo de estudiantes que comenzaba
su nivel medio de francés. La comparación entre lo que me esperaba en casa y lo que veía en el aula dos mañanas a la semana, era abismal, telúrica, insoportable. Piénsese en los sabores y la textura de un ponche de frutas tro
picales acabadas de agarrar de los árboles, disfrutado al aire libre el peor mediodía de verano en pleno desierto de Nevada, y se entenderá lo que me conectó con Laura. Piénsese en una criatura de pasitos cortos, que juega a la vida sin interesarle los resultados ni las opiniones, que acepta las presiones sin creérselas, que no piensa en términos de futuro ni de pasado, ni en el más allá ni en el más acá, que se desplaza volátil y segura; piénsese en una risa que brota sin hacer diferencias, como si estuviéramos vivos sólo para reírnos, en una sonrisa serena que acoge sin distinción y ha perdido la capacidad humana de transformarse en mueca; escúchese una vocecilla que repite «buenos días» cada mañana, con una sinceridad diferente, piénsese en inteligencia que disuelve de inmediato las contradicciones y los chascos personales y ajenos. Júntese todo eso, y lo que alcancé a desvelar, y se tendrá una idea aproximada de la personalidad de Laura Chang. En ella había mucho, muchísimo, que se me quedó sin descubrir, sin tocar ni disfrutar. Yo creo que mis ancestros irlandeses e italianos se conectaron de forma mágica con los ancestros vietnamitas y chinos de Laura, y eso es lo verdaderamente hermoso de haber nacido en mi país. El que lo desee, puede sentir que no hay barreras reales, sino las que creamos, que los seres humanos somos iguales y pasamos por una idéntica trituración sin importar donde hayamos nacido y donde estemos. Estoy convencido de que en estos instantes Laura está menos triturada que el resto de los mortales. En una de nuestras frecuentes conversaciones en los recesos o al final de mi clase, Laura me confesó su atracción por los hombres maduros, lo cual era un cumplido muy raro y halagador, además de un eufemismo, en una cultura que se consume a sí misma con tal voracidad que una persona de veinticinco años es colocada en los umbrales de la senectud. Lo dijo con el tono que me preguntaba si la sintaxis de una oración estaba clara o si un verbo era aplicable en el contexto de un ensayo que estuviera escribiendo. Me lo dijo como si en definitiva no hubiera nada que estuviera fuera de contexto. Me hizo perder de pronto ese sentido de los contextos y le solté, creo que gagueando, lo linda que la encontraba. Laura nunca había estado con un hombre, no por completo como estuvo conmigo. Me lo confesó desembarazándose de su última prenda de vestir, al mostrarme sus senos ansiosos, como en la penumbra del cuarto me había mostrado su sexo. Me lo susurró como si me hubiera pedido un vaso de agua, y no pude o quizás no quise oírla. Me lo tuvo que repetir, porque no le oía o no le creía. Se me ocurrió pedirle silencio para que me dejara contemplarla unos minutos, para que su textura entrara por mis ojos y yo entrara por primera vez en ella, le pedí un silencio budista, tantrista, total, infinito. No sé por qué se lo pedía, puesto que ella no había dicho una sola palabra después de hacer el anuncio. Repetí silencio, silencio, contemplando su piel que aún no me atrevía a palpar. Silencio, silencio. Hasta que a Laura se le escapó una risita hermosa, de niña a la que hubieran descubierto robándole un beso a su padre dormido. ¿Por qué no me daba cuenta de que había un silencio incógnito, de una cualidad tan diferente que no advertía, en esa habitación de hotel barato que se había transformado en un sitio encantado? Laura nunca había estado con un hombre, lo comprobé esa tarde, pero sabía cómo hacer un ritual de la satisfacción. ¿Cómo lo aprendió? No sé, quizás era una tradición de boca a oído, de generaciones femeninas de su cultura. Las iniciativas de Laura no habían sido leídas en ningún manual para el amante, en ningún curso de estupideces, ni siquiera de Kama Sutra ni de ninguna otra cama. Lo que había aprendido, si en realidad había aprendido algo, no era una acción que iba a reproducir. Laura creaba en la intimidad un mundo aparte y abierto, vulnerable e incluyente. Si respondía a una tradición enseñada por sus abuelas o su madre, no se trataba de imitar ni repetirse ,sino de crear y recrear, disolverse, desaparecer y reaparecer. Nunca se me ocurrió preguntarle cómo lo había aprendido. Hubiera tenido que preguntarle qué era lo que había aprendido, pues no sabía cómo clasificar lo que me tenía deslumbrado. Quería más, que no tuviera final. Que no acabara. Ssss, susurraba Laura poniéndose su dedito comible en sus labios también ingeribles, no te pierdas este minuto, es lo único que tenemos. Ssss. Su orden de silencio revolvía inclinaciones caníbales que desconocía tener, como si intuyera que debía incorporar a mi cuerpo un pedazo de la mujer que iba a dejar de ver pronto. Nunca había realizado un sexo tan desquiciado y por otra parte tan lleno de ternura. Nunca me sentí tan trastornado y pleno. Había sido reducido a nada. Era nada, y a la vez, una suerte de emoción o de certeza, me hacía sentir que era todo, que estaba completo. Aquella especie de orgasmo -por nombrarlo así- continuaba conmigo, se sentía en las células de mi cuerpo, lo revitalizaba, en las emociones sin contrapartidas, en mi mente focalizada sin esfuerzo. Funcionaba con excelencia en un mundo al cual, desde cierta perspectiva, no volvería a pertenecer. No suponía que la gente que me rodeaba fuera dulce. Mis neuróticos compañeros académicos, me parecían divertidos. El tráfico no me molestaba. Mis alumnos sonaban inteligentes, a pesar de que no acabaran de comprender la diferencia entre solidaridad y caridad. En esos meses hasta Helen me pareció hermosa, apetecible, como en nuestros períodos parisinos. Estaba encantada conmigo. Varias noches me esperó con uno de mis vinos favoritos, sentada en una banqueta del bar, langosta termidor que había comprado hecha, claro está, y vestida con unos batas transparentes y una ropa interior bastantedesfasadas para su edad y su figura.
En el aeropuerto me di cuenta de que jamás volvería a ver a mi Laura -posesivo que le molestaba-, lo veía en su expresión. Estuve a punto de llorar. La mirada sostenida de la adolescente que ya era una mujer entera, me mostró lo ridícula de mi actitud. Se había acabadola relación, y yo temblaba de ira, miedo e impotencia. Sentía como si me estuvieran negando un juguete ¿Para qué la conocí?, me repetía, ¿qué sentido tiene haberla encontrado? Laura no dejó de ma
ravillarme hasta que tomó su vuelo hacia Boston, camino de Har­vard, donde pensaba revisar los documentos disponibles para consul­ta de la Yourcenar y escribir un ensayo que ninguno de sus profesores de Administración de Negocios le pediría hacer. Prometió mandár­melo y así lo hizo. Ese texto, escrito puramente por placer, encendió el proyecto mediante el cual traté de profundizar mi conocimiento de Marguerite Yourcenar, la mujer.