revista literaria trimestral  | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2008.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
jardines invisibles / poesía
Carlos A. Díaz Barrios
(Camagüey, Cuba-1950)
Reside desde 1980 en los Estados Unidos, donde llegó a través del puente marítimo del Mariel. Ganador del premio Juan Ramón Jiménez, de Huelva, España; también del Mairena, de Puerto Rico, del Letras de Oro, de la Universidad de Miami, y de la Beca Cintas de creación literaria. Actualmente dirige el sello literario La torre de papel.
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
Pero nada de eso me dio la historia, pollitos amarillos me dio la cabrona, una tubería arrancada de un baño de un Mac Donalds en El Sur de Carolina, un zapato defectuoso, un trabajo miserable de bañar un caballo blanco que le faltaban los dientes.

Yo nunca había visto cómo le sacaban los dientes a un caballo, se lo sacaron por una apuesta de juego, con un alicate y un pomo de cocimiento de adormidera, una jeringuilla de éter, un jodido capricho. Pero el caballo sobrevivió a la pérdida de su dentadura, como sobreviví yo por estas llanuras de Kansas, donde lo único hermoso era la luz de las estrellas y alguna que otra tarde friendo una serpiente cascabel dentro de una tambora de un camión que pasó lleno de putas con sombreros mejicanos.

Qué silencio había por estos lugares, fino y hermoso como un plato o como la cola de un avión en medio del desierto.

De vivir en una isla a vivir en el desierto hay un trecho largo, larguísimo; ochocientas noventa y nueve orinadas en estaciones de trenes, yerbas y mimosas y un bisonte tuerto que me pasó por al lado con una lata de Budweiser anudada al cuello, como peregrino misterioso.

Esa tarde el zapato perdió su forma adorable, yo empujaba una carretilla de minero, una cartera de mujer llena de condones secos; yo me iba perdiendo entre el chaparral y la hierba hedionda, entre la yuca venenosa y alguna que otra melancolía, como seguir con los ojos llenos de arena la cola del relámpago y aquellas osamentas de vacas donde sollozaban las culebras por el calor.

Dios me acompañó al principio, sereno e ilustre como un embajador perdido; después empezó a cojear, y yo no lo miraba, sólo quería llegar a Sonora, a la casita encantada del valle Imperial; pero no pude dejarlo en medio de la furia del viento y el calor que afilaba cuchillos sobre la arena. Me sentí como el que lo ayudó a llevar la cruz; pero en ese momento, yo no recordaba quién fue, yo no me acordaba que el bate de béisbol le había partido tres costillas al puto ecuatoriano en la empacadora de pollo; yo no me acordaba de cómo Vicente perdió los dientes de su mejor caballo, por una estúpida apuesta de si el coño de una mujer es hermoso o sólo necesario y no importa su belleza. Por esas cosas en ese bar se podía ver un caballo blanco sangrando bajo las lámparas, o una mujer con un seno de silicón en las manos pidiendo dinero para la operación.

Yo me tomaba la vida sin apuros, le quitaba la tapa y la revolvía con calma, me llevaba la vida a la boca y de soslayo escupía siempre a las tres de la tarde; escupía la transparencia de las cosas, que siempre son inhumanas.

Nada sentía, ni el calor con su jodida cantaleta, ni la desgracia entre las copas rascándose las entrepiernas; sólo me importaba escupir a las tres en punto, como un tren que llega a una estación llena con cajas de muertos. Me preparaba desde el amanecer, me preparaba; dejaba mi lengua en reposo, esperando el inorgánico empuje, el catatónico sentido de que mi única misión en este mundo era escupir a las tres de la tarde. Nada más era mi felicidad, nada más me tocaba el hombro con su varita mágica y su sombra de halcón planeando sobre mi espalda arenosa.

Pero parece que algo había en mí que deslumbraba a los bebedores; va era una chispa antigua, una estela de pirañas bajo los zapatos, una corona de rey invicto o un guante de boxeador que llevaba en la punta de mi bate como un gladiador romano.

Todo era atención con mi persona, me sentaba en el sillón del limpiabotas y me lustraban los zapatos y el alma con ese betuncito neutral que huele a pinares enardecidos, a cosas lindas, a bellotas.

Yo todo lo aceptaba, la desgracia y su salero desbordado, la felicidad y su linterna mágica; aceptaba los muslos de Elisa, blancos y altos como atalayas para conversar con el cielo al anochecer; aceptaba la cerveza y la uña postiza de Dinora, que siempre me dejaba su uña roja en el fondo del vaso, como un colibrí ahogado. Aceptaba que el infierno no es profundo, porque si fuera profundo no existiría Dios; tiene la profundidad de una palangana, me decía, el predicador, pero en una palangana se ahoga el malo y en una gota de agua se salva el bueno.
Me gustaban las palabras del predicador, su diente de oro y su extraña barba que sólo le crecía a un lado de la cara, como si ya hubiese puesto la mejilla limpia en el golpe de todos los días; me gustaba sentarme en la barra y ver las pompas de jabón que salían del baño de las putas, pompas del color de un brillante.

Todo era líquido, como si yo fuera un pez con un enorme anzuelo en la boca despidiéndome del mundo; como si yo fuera un buen vidrio clavado en la huella del santo, como si todos estuviésemos bajo el Jordán esperando los chalecos salvavidas.

Nunca en mi vida me había sentido tan bien, ni cuando estaba loco de miedo esperando que un cipayo me tumbara la puerta en el Nuevo Vedado; no, yo de tanto horror tenía mañas y mallas para controlar la podredumbre de mi futuro.

Mi futuro era un barco oxidado, que nadie supo cómo llegó al desierto; un barco de carga, con la cubierta llena de almendras secas y un camarote donde una enana tiraba las cartas.

Le decían la Visitadora, me gustaba aquella enana con la cara llena de arrugas donde las gotas de sudor se petrificaban como los círculos de fuego de la cola de un pavorreal.

Seca en el juego, con las manos albinas y el resto del cuerpo casi negro como un oso panda o como una alucinación, o como alguien que se ha puesto unos guantes de yeso para mancharle la cara a la Muerte.

Ella fue la que me dio la solución de que mi única de posibilidad de sobrevivir era escupir mi angustia; acumular angustia, como una boya a la deriva del tifón, como un camello regulando su sed; y luego, en el momento preciso, en el momento en que te sube el calambre del horror, en el momento en que se ablandan los músculos, el escupitajo certero sobre el ojo del Cíclope...

Lo demás está de tu parte, como comer peyote, cuando ya nadie pensaba que tú ibas a encontrar tu peyote.

Aguanta el aire.

Yo me he pasado mi juventud aguantando el aire, lo dispersaba por mis pulmones como el que sacude un calzoncillo sucio. Yo me he pasado la vida caminando por un alambre bajo una lluvia de rayos; por ese motivo mi cuerpo y mi alma tomaron esta inmovilidad perfecta de un tiro al blanco.

En el bar, todos se impresionaban por mis gestos marciales, cortados con una afilada cuchilla, cortados de la cabeza a los pies con una chaveta.
Yo era como un tigre que se ha quedado petrificado dentro de un trozo de hielo esperando su selva infinita de despertar algún día; como un lirón con los dientes amarillos clavados en la yugular de un árbol esperando la primavera; como una serpiente que se esconde bajo la sombra de un auto, que cuando abres la puerta y enciendes el motor te salta encima con todo su veneno flameando en el aire.

A veces me acostaba, en la línea del tren, soleado e invisible, esperaba la Muerte; la esperaba al lado del tren, cruzando las olas de los pinos.

Libre estaba mi destino, bajo mi cabeza estaba mi suerte, sentada como una momia esperando los rayos del sol.

Pero nunca llegó el tren, el que ha almorzado en el infierno vive todos los almuerzos.

Entonces regresaba al bar, ebrio de mí mismo, desconectado de todos los pesares, lúdico y sereno como un animal que ha dormido en el monte. Venía tan brillante que las mujeres cerraban los ojos y rezaban...

Me movía dentro del bar, con movimiento de aproximaciones, como si el Universo fuera una emboscada y yo el rastreador de los muertos de la emboscada.

Nada me asombraba, ni un cuchillo en el pecho de alguien, ni un perro con rabia en el patio devorando un conejo, ni el verano pasando su vieja lengua por los gajos de las melaleucas.

Yo me desligaba, dejaba que pasara el brillo de mi sombra con su sortija falsa.

Siempre me pegaba a la pared, como si la pared fuera mi amante definitiva.

Pero no eran gestos de aspaviento, era algo que yo nunca supe que lo tenía encima, como una paja ardiendo; aún no me había llegado el calor a la carne, pero sí ya estaba iluminado, ya estaba humeando bajo el relente de sombras de los ventiladores, bajo ese brillo maravilloso de los cubiertos y los sartenes que bajo el halo de las copas parecía que estaban cubiertos de nieve.

Yo era infalible en mis movimientos y todo el mundo se enamoraba de mis movimientos; como si yo fuera el arco voltaico, el látigo del poniente cruzando las carnes del aire.

Y cuando salía a escupir mi horror de estar en el mundo, todos en el bar, a todos los duros de pelar, se les humedecían los ojos.

Me amaban.

Yo era muy joven y parecía que tenía bajo la piel las algas de los naufragios.

Siempre era dueño de la situación.

Siempre me sentaba al lado de la victrola y como un director de orquesta dirigía la música; empezaba con Led Zeppelin y terminaba con algo gelatinoso y mágico como era Pink Floyd.

Yo sentía que la música era una alfombra roja llena de perlas por donde bailaban todos los pies desnudos del mundo con las uñas pintadas.

Y lo más hermoso de aquella época era que nunca me sentí extranjero, verdad que me sentí muchas veces desesperado, pero nunca extranjero.

Extranjero era cuando yo estaba en una isla, cuando el miedo me hacía hablar otro idioma que era un idioma muerto, que me hacía ampollas en la lengua.

Un idioma de vidrios, un idioma que me delataba como un extranjero nativo.

Pero para qué hablar de una isla, si las islas siempre ahogan a sus habitantes; tal vez sea ese color tan bello del mar, como el de una serpiente, que entre más venenosa más bello color tiene para atraer a los incautos.

Aquí no había color, un paisaje inmenso en el que sentías que había fronteras para escapar hacía la libertad más salvaje.

Puedes caminar por la tierra y puedes llegar a otro bar con gente diferente, que no te conocen; pero en el lugar donde yo estaba antes, la gente siempre era la misma, esperando clavarte el mismo cuchillo por la espalda hasta el mango.

Yo estaba feliz, con mis alas de cera guardadas en una vieja maleta porque no las necesitaba.

Yo entraba todas las noches dentro de una mujer que no me preguntaba de cuál horror escapaba; sólo el ruido de la lamparita de noche al apagarse sobre su carne oliente a lluvia sobre la tierra; sólo esos cabellos rubios donde la luna dejaba sus diminutas venas sobre los cabellos de la felicidad del amor; sólo esos labios diciendo húmedas palabras que yo mojaba con mis palabras; sólo la sensación de que la inmensidad eran las sábanas y yo me tapaba el miedo con las sábanas.

Hasta tenía visiones, veía águilas de cabeza blanca revoloteando en el sexo; una euforia de que yo estaba montado en zancos, viendo tu corazón desnudo.

Cómo reía en la noche, con la cara partida por el amor; como un coyote misterioso que pudo escapar del rebaño y ahora canta a la luna; como un profeta convaleciente sobre tus carnes profundas ...

Oh, Dios, tan lejos estaba de lo que fui, pero las alas siempre me acompañaron en mi lejanía.

Nunca fui derrotado, sólo sentí que me habían vencido y que tenía que caminar sobre el mar.

Aprendí que esta nueva tierra donde estaba, uno puede desaparecer sin que nadie pregunte por uno; aprendí que cuando una mujer se vira de espaldas te está entregando la libertad de sus sueños.

Todas aquellas mujeres se viraban de lado, indefensas, para que yo escalara la cima de la ternura y mirara el océano.

Y el ruido del tren, que pasaba pisando el desierto, solemne, misterioso , mágico; el ruido de la noche, con sus burbujas de luciérnagas estallando contra los vidrios de la ventana; la sensación de que estaba volando por la habitación, como un pájaro ciego; que espera la luz para renacer, para bajar por la angosta escalera, para contemplar la cabeza del alce, sus ojos de vidrios, sus cuernos perfectos y sentir el olor del beacon, el olor de las galletas.

El ruido de la tos de Vicente, el ruido de los primeros borrachos, que llegaban al bar cuando el alba ponía sus rosados dedos sobre la yerba arisca como una mujer hermosa.

Y sentir que estaba en casa, que estaba bajando al lugar más disponible del mundo; que estaba mirando a Hulia, la mejicana, con su culo hermoso, en que el amanecer ponía sus dedos rojos.

Yo estaba sintiendo que valió la pena, que valió la pena joderse, porque si no estaría muerto; que lo necesario no es lo que tú quieres, sino lo que te ganas mordiendo, saltando, escupiendo el anzuelo.




                                           Carlos A. Díaz Barrios

KANSAS LOUNGE

                                                
A Susie Q


Fantasmas y otros venenos

Sentado a mi lado está Dios, sacándose una espina de la planta de los pies;
cómo le sudan las manos al Señor.

La noche aquí, en el desierto, es fría, tan fría que ya no siento el bate de béisbol que llevo amarrado a la espalda.

Quién lo iba a decir, que me iba a acompañar Dios, al igual que mi bate de pelota.

Quién me iba a decir que el chaparral y la taberna eran lo único que me había dado la Historia.

Yo siempre quise tener un bajo Fender y una guitarra Gibson amarrada a la montura del caballo, una corneta hermosa y una mujer dulce que se fuera derritiendo como una vela en el amor.