revista literaria trimestral | año II - Invierno de 2008 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2008.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
Roger Salas
(Holguín, 1949)
Poeta y narrador. Ha publicado el libro de relatos Ahora que me voy (1996), traducido al italiano y al ruso, y la novela Florinda y los boleros de cristal (2002). Salió de Cuba en 1982 y reside en Madrid, donde es crítico de danza y moda del diario El País desde 1985. También se ha destacado como diseñador de vestuario y escenografías de ópera y ballet en varios países europeos, entre ellos Italia, Rusia y Holanda. Es profesor del Instituto de Musicología SGAE de la Universidad Complutense
Ilustran esta edición
obras del pintor cubano
Yovani Bauta
antes del alba / narrativa
Daniel Weissheim era el hombre más infeliz de Munich. Todas las tardes venía después de las seis, cuando ya en octubre es noche cerrada, a la misma mesa redonda del Café Stoer. Se quitaba el abrigo gris ratón para dejar a la vista su chaqueta también de otro tono de gris, encendía un tembloroso y estropeado “gauloises”, y pedía una cerveza oscura. Sólo entonces extendía sobre el mármol veteado de la mesita (donde también había huellas de maltrato, muescas percudidas y raspaduras como si hubieran estado cortando directamente sobre la superficie rebanadas de pan duro) aquella fotocopia ajada, descolorida, envuelta en una funda de plástico opaco a través de la que la imagen (sacada de una fotografía de Inge) resultaba como vista por un cristal esmerilado, como una nube sin contornos. La difunta Inge. Inge no había muerto, sin embargo Daniel la había matado ya cien veces. Inge merecía morir, pero Daniel era un cobarde.
Era un hombre cobarde, demasiado hermoso (él no acaba de reconocerse como tal pero no cesaban de lloverle los elogios, todavía ahora con su aspecto de desorden moral y de desinterés por las convenciones sociales) y se sentía el ser más desdichado de Munich, el de peor destino.
El Café Stoer estaba en el ala izquierda de los legendarios baños públicos Müllersche Volksbad. En la cálida y algo espesa agua de la piscina termal conoció Daniel a Inge cuando aún se llamaba Mikael. Y se enamoraron con una desigual fascinación en la que Daniel aportaba el azoro y Mikael la pasión. Comenzó así un periodo húmedo, fugaz, intenso. Cada tarde Daniel esperaba sumergido en la parte baja de la alberca a que los dedos de los pies de Mikael frotasen su entrepierna distraídamente como aquella primera vez en que Daniel sintió una especie de flechazo eléctrico, de fuego, a través de su ingle. Daniel no era un hombre frío, simplemente no estaba asaeteado por la ansiedad sensual que domina a gran parte de las personas. ¡Ellos eran tan distintos! Daniel era reservado, sensible, hablaba en voz baja, todo ello poco consecuente con su tenaz físico de deportista. Mikael, sin embargo, era inmoral y decidido, locuaz y algo ancho de caderas.
Daniel vio cómo enseguida sus horas y su vida se llenaban de una bulla sensual, y los esmeros de Mikael le convencieron de que era honesto desear a otro hombre, convirtiéndolo, aparentemente, en un ser luminoso que no vacilaba en escribir versos de explícito contenido socrático o comprar para navidad un gracioso juego de té para dos de cara porcelana Nymphenburg, decorado con ramitos de muérdago.
El terapeuta de Daniel, un extraño médico poslacaniano en un ambiente dominado por fanáticos psicoanalistas de escuela vienesa, observaba con estupor ¾y hasta impotencia¾ cómo su paciente se le escapaba entre las olas de la dicha tras casi siete años de visitas semanales a la vetusta consulta de Mathildenstrasse, aún amueblada con los imponentes muebles Ruhlmann. El doctor Wesemann no era optimista con los asuntos sentimentales en general y su prudencia alsaciana llevaba siempre el velo del desastre, de la caída y la recaída. Hasta entonces, se sentía orgulloso de haber enderezado la vida de aquel muchacho. Mikael había entrado como un ciclón en la precaria y teórica estabilidad de su paciente, un Mikael que, sin pensar en otra cosa que en sus ajustados chalecos de raso bordado, redecoró su habitación de soltero con un exceso de volantes bávaros para recibir a Daniel, que poco a poco superó sus pudores católicos hasta gemir cuando la lengua de Mikael atravesaba sus nalgas selladas. El doctor Wasemann insistía en que Daniel no sobrevalorara las consecuencias de la explosión libertaria que experimentaba, y mucho menos que considerara la realización sexual como una meta gloriosa. Daniel pasó de ir a observar con obstinada rabia contenida a sus amigos de gimnasio en la sauna, a poseer y ser poseído sin miramientos por otro varón. Todo ello se lo debía a Mikael, que en pocas palabras, era vulgar aunque atractivo por su pelo rizado oscuro y sus ojos celeste, mientras Daniel se concentraba en pulir el dibujo griego de sus músculos inguinales (que Mikael no cesaba de alabar y tocar), cuya fuerza y desarrollo, había comprobado en la práctica, estaban directamente relacionados con sus largas erecciones.
* * *
Mikael coleccionaba una ridícula iconografía de la Emperatriz Sissi, tan odiada entonces; Daniel leía poesía para huir de todos y de sí mismo: Hölderlin, Trakl, Novalis... eran dos mundos solamente unidos por la temperatura envolvente de Müllersche Volksbad y la severa, tintineante, cadena del sexo.
Para llenar las horas que no invertían en la cama, A Daniel se le ocurrió llevar a Mikael a ver pintura, pero éste se aburría a la segunda sala de los maestros antiguos. Solamente tuvo un destello propio de asombro frente a un largo y estrecho cuadro de Cranach en la Alte Pinakothek:
¾ ¡Quiero ser esa! ¾ dijo con decisión frente a la Lucrezia que empuña y apunta la daga contra su propio corazón. Daniel evitó reírse y disimuló diciendo:
¾ Pero ella se está suicidando... ¾ había algo que quería ser didáctico en su frase, cuidando de no herir los sentimientos de su compañero.
Mikael se encogió de hombros con el desdén de una portera:
¾ ¿Y qué? ¡Lleva tantas joyas bonitas!
Daniel miró el sutil velo rosa que oculta el pubis difuminado de Lucrezia y se mantuvo en silencio. Mikael aprovechó la pausa para concluir:
¾ Pensándolo mejor, tiene varices. Yo lo que quiero es ser italiana. Cualquier italiana.
Y se fueron al bullicioso café de la Leopoldstrasse, a ver pasar los matrimonios con cochecitos y graciosos perros teckel (orgullosos descendientes modernos de los fieros y aristocráticos dachshund), mientras Daniel pensaba qué significaba realmente aquella manera punzante de hablar en femenino que se había convertido en una fea costumbre de su amante hasta en público. Otras veces se llamaba a sí mismo “perra”.
Para celebrar el primer año juntos, Daniel encargó discretamente a su joyero un anillo que era un capricho: un esturión de plata que se mordía la cola enroscándose sobre sí mismo hasta completar el aro de la alianza. Como Daniel pensaba seriamente que las bodas entre hombres (dos individuos vestidos de blanco, con flores y lluvia de arroz) eran una parodia ridícula del contrato ritual entre heterosexuales, aquel anillo sería un símbolo particular y más conveniente para sellar su unión con Mikael, darle así una envergadura protocolar y secreta que reafirmara en ambos el deseo de permanecer unidos, seguir juntos mientras a su alrededor las circunstancias cambiaban apresuradamente, algo que ellos no podían ver con claridad y que el doctor Wassemann se empeñaba en situar en primer plano de sus conversaciones. Daniel pasó de escuchar a rechazar aquellas monsergas que podían parecer racionalistas, pero eran simplemente pedestres, y fue lo que llevó a nuestro hombre a pensar por primera vez en abandonar definitivamente el tratamiento.
Con el anillo entre los dedos, Daniel y Mikael hicieron chistes sobre “morderse la cola” y probaron a coreografiarlo mutuamente entre risas y suspiros. Aquello era lo último en común que Daniel recordaba sin deseos de vomitar, junto a una velada en verano, la ciudad semidesierta, ellos dos con pantalón corto en sus bicicletas, despertando cierta admiración en los escasos transeúntes por sus físicos elásticos y viriles, riendo hasta caer exhaustos sobre un césped y besarse luego de haberse Daniel cerciorado que nadie los observaba. También fueron a un lago y se tendieron al sol mirando el cielo, sin palabras, con la conciencia de ser los dueños absolutos de sus actos y de su regocijo en medio de un paisaje gentil que les daba la venia de seguir adelante (ese día en el campo habían hecho el amor a la intemperie).
El anillo en realidad guardaba dos secretos. Daniel hizo que en su interior el joyero grabara en caracteres minúsculos tres fechas y tres lugares: día, mes, año y ciudad de nacimiento de ambos y a continuación, los datos cronológicos del primer encuentro entre ellos. El otro secreto era que el esturión de escamas labradas no era de plata, sino de oro blanco, mucho más caro, pero Daniel nunca se lo dijo a Mikael, que siempre creyó que el pececillo era sólo plateado. Fue un gesto noble de Daniel para darle solemnidad a su compromiso.
* * *
Un día de domingo, mientras sonaban monótonamente las campanas concertantes de la Frauenkirche, Mikael se despertó contrariado y con los ojos hinchados por alguna ensoñación turbadora. A su lado, bocabajo y despeinado como un pilluelo, Daniel parecía un niño enorme, dormido dentro de un descanso inocente. Mikael lo sacudió violentamente y Daniel creyó que , como cada mañana de domingo, buscaba estrujar su sexo curvo y duro, pegado en vertical a su vientre lampiño. Pero no. Las manos de Mikael no entraron en el edredón de pluma sino que destapó con furia a su amante, chasqueó los pulgares desafiantemente y gritó:
¾ ¡Tú, marmota indolente, despierta ya! Tengo planes...
¾ Pero si es domingo, Mike. Ven, métete aquí... ¾dijo Daniel con ternura y tirando de un hombro de su pareja. Mikael se separó con desagrado:
¾ No. Vamos a hablar ahora de mi futuro.
¾ ¿Pero qué hora es? ¾Daniel no lograba entender la escena.
¾ Lo he pensado muchísimo estas noches... mientras roncabas. Sigo queriendo ser italiana. Voy a operarme. ¾ Mikael aspiró profundamente el vaho espeso de la estancia donde dormían encerrados dos hombres jóvenes.
Daniel seguía sin comprender y se frotaba los ojos:
¾¿Operarte de qué? ¿Estás enfermo? ¿Me has estado ocultando algo?
¾ ¡Serás ingenuo! Quiero cambiar de sexo, pardillo... y de vida... de identidad ¾ “Y hasta de marido”, pensó con sorna Mikael convertido en otro, ya transformado por esas dolosas fiebres de cambio.
¾ Pero yo te quiero como eres. ¾argumentó Daniel con un nudo en la garganta.
¾ Lo más importante, quizás lo único importante, es que yo no me quiero a mí mismo como soy. ¾ repuso Mikael con dureza. Y sin dar tiempo a que Daniel articulara una respuesta, siguió: ¾ Vamos a Copenhague. Allí todo es más fácil... he oído decir a unas amigas.
Tras días enteros de discusión y contraofertas de Daniel (viajes, otra casa, un piano), Mikael se sintió vencedor. Aquella aventura era carísima. Daniel vendió lo que poseía y liquidó las herencias de su madre (una villa en el campo, acciones); también dejó su buen trabajo fijo, abandonó el gimnasio y el terapeuta, la poesía y todo interés por la literatura. Entonces acompañó hasta Dinamarca a un ser extraño que le resultaba cada vez más ajeno y complicado. Daniel se planteó una nueva vida que le disgustaba, tanto en lo social como en lo íntimo, pues nunca antes pensó con decisión en vivir al lado de una mujer. En este caso, de una mujer falsa.
Mikael estaba ufano y respiraba agitadamente al tiempo que presionaba sus pezones frente al espejo soñando con un busto de walkiria. Daniel, con arrobo, se atrevió a decir:
¾Voy a extrañar tu polla. ¾ una corriente de helada decepción les atravesó a ambos, y Mikael, sin mirarle, respondió:
¾ Siempre nos quedará la tuya.
¾ ¿Qué son esos papeles, qué estudias? ¾ preguntó Daniel por decir algo.
¾ Todas las mentiras que debo decir a los psicólogos daneses para que me fabriquen como Lucrezia. ¾ había un ramplón orgullo cuando pronunciaba el nombre de la cortesana imperial romana.
¾ ¿Te harás llamar Lucrezia? ¾ en Daniel el asombro que conservaba visos de humor estaba dando paso a un alarmante estupor.
¾ No. Eso sólo me lo dirás tú. Lucrezia es muy exótico. Me llamaré, seré Inge. Como mi madre.
En un instante, de golpe, Daniel entendió su error. Todo su error. Pero era tarde. Se trataba de dos errores simultáneos: su amor y haber seguido la demencia de su amante. Probablemente del primero no habría podido librarse jamás, pero del segundo era solo él responsable. Ahora purgaba, según su intuición, los primeros efectos de la caída.
* * *
Tras los tratamientos, la cirugía y un severo régimen de adelgazamiento, Mikael se hizo mujer. Su pisito se llenó de pelucas , vestidos, rellenos corporales, cajas de hormonas, potes de maquillajes y otros transexuales venidos de zonas tan lejanas como Río de Janeiro o La Habana. Estaban asociadas y concedían entrevistas; las televisiones se los disputaban y las revistas de desnudos femeninos solían incluir a alguno de ellos a doble página y con las uñas de los pies pintadas de un rojo escandaloso. Eran “las amigas”, y Daniel se preguntaba dónde las había encontrado Mikael.
Daniel trató de adaptarse a su nueva condición de esposo. Compraron consoladores de gran realismo anatómico, consumieron drogas, bebieron ríos de alcohol. Pero aquello ni se parecía a la vida. Era un teatro repleto de heridas abiertas. “El teatro de las heridas”, lo llamó Daniel en un pensamiento sobre sí mismo despojado de cualquier misericordia.
Ahora Inge vivía en una fantasía constante, había colgado por doquier grandes retratos de la emperatriz Sissi, y en carnavales, se disfrazaba de ella, pues tenía atesorado todo lo necesario: trenzas postizas, enaguas enormes, trajes victorianos con aro, unas estrellas de falsos brillantes de cristal para insertar entre los bucles postizos; también empezó a salir sola por las noches. Sola no, sin Daniel, con los otros transexuales operados, pues tenían en su grupo una severa regla sectaria con los que aún no habían cercenado su entrepierna, segregándolos a la condición casi ofensiva de travestidos.
Inge también hizo sospechosos viajes a Berlín y a Hamburgo donde en cierto barrio era ya famosa y la llamaban La italiana. A veces volvía con marcas en el cuerpo, moratones y un olor a desinfectante que los perfumes franceses no lograban camuflar. La vagina de Inge, construida en Copenhague, además de su apariencia poco realista y cavernosa, siempre olía a orín, por mucha higiene que empeñara; la ácida emanación venía de dentro y nada la mitigaba, impregnando sábanas y lencería. Daniel, que acabó por aceptar primero y acostumbrarse después a ese hedor, vendió sus libros de poesía para comprar más perfumes y una nueva capa para “Sissi”: se acercaba febrero y habría un baile de carnaval, tan ruidoso como original, en los Müllersche Volksbad. Mikael o Inge, le escogió el disfraz a Daniel: lo vistió de Mezzetino, inspirado literalmente en una figura de porcelana de Nymphenburg (la misma marca del jueguito de té para dos, ahora astillado y lleno de desconchones por un uso poco amable) que representaba a personajes de la Commedia dell´Arte. Era una especie de arlequín triste y segundón. Las amigas transexuales de Inge, vestidas de damas de la corte de la emperatriz, se rieron de Daniel sin la menor conmiseración durante toda la noche de carnaval. Mezzetino o Arlequín, llevaba dibujada una lágrima negra en la mejilla izquierda por encima de los polvos blancos que simulaban la máscara, y su traje de alquiler, demasiado estrecho en los brazos, la espalda y los muslos, le hacía parecer algo encorvado y obtuso.
En un momento de la juerga, tras las rifas y el cotillón, Daniel se quitó el cuello de batista, el antifaz y las polainas de hebilla dorada; entonces pudo respirar un poco mejor. Desde una piadosa baranda vio a Mikael lanzando serpentinas y sonoras carcajadas mientras centelleaban las estrellas de cinco puntas de su peinado. Fue aquí cuando Daniel experimentó aquella sensación terrible de que todo escapaba a gran velocidad hacia un fondo imaginario de locura o de muerte. Al mismo tiempo, sentía que se empequeñecía hasta las proporciones de la figurilla de fina loza que ese día representaba. Estaba solo. Estaba abandonado. Quizás estaba ya muerto. Y una vez más pensó en el arlequín del reloj de carillón del ayuntamiento en Marienplatz, en el centro de todas las miradas, estático, desvalido, mientras las figuras de los cazadores de los lados bailan sobre un pie y expanden sus sonrisas de estuco.
En el clímax de las polkas electrónicas, Mikael La Emperatriz se acercó a Daniel y le chilló al oído:
¾ Si te aburres vuelve a casa. ¡Nosotras no vamos a dormir nunca más! ¾volvió a reir con una afectación que daba pavor y depositó en su propia lengua, delante de Daniel, una minúscula pastilla azul en forma de rombo, al tiempo que se alejaba bajo una lluvia de confeti dorado y espectrales pompas de jabón. No lo volvió a ver. Esa noche, Daniel regresó a su casa, se desvistió con triste lentitud, y como había bebido, se durmió profundamente desechando en el dormir todas las angustias y todas las preguntas. Al despertar, le dolía la espalda y seguía solo en la amplia cama de volantes bávaros. Buscó por el saloncito y el profuso vestidor, pero Mikael no estaba. Parecía domingo sin serlo. Oía las campanas y olía a pan con semillas.
Pasaron los días y Daniel comprobó que no tenía nada que hacer: ni trabajo, ni libros ni objetivos concretos, salvo ordenar la casa y aguardar alguna señal de Inge. Esperó en vano, y pensaba que Mikael no podía haber emprendido un viaje o la huída vestido de Sissi Emperatriz. Buscó en los garitos, llamó a las amigas de la asociación de transexuales. Nada. Pensó en denunciarlo a la policía, pero decidió seguir esperando (en aquella soledad ansiosa había una cierta paz, una calma que no conocía) hasta que recibió una postal de Florencia que contenía un escueto texto capaz de contener en su brevedad todas las humillaciones:
No me busques. Estoy maravillosa: Lucrezia.
Daniel comprobó que en la cuenta bancaria de ambos Mikael había segregado, en un último acto de decencia (eso era lo que menos importaba a Daniel) los pocos fondos que quedaban y había cancelado su seguro de vida. Entonces Daniel dejó de esperar. Supo, íntimamente, que la espera había terminado dando lugar al vacío y por fin al odio. Poco después el odio se mitigó solo y así quedó a disposición solamente de la peor de las sensaciones: el vacío del abandono.
Cada sábado, Daniel desandaba desde Marienplatz hasta Alte Pinakothek arrastrando melancólicamente sus zapatos de día festivo, rozados ya en la puntera, como los codos de su chaqueta gris que no se preocupaba por reponer o por zurcir (había vuelto al trabajo, pero a un puesto muy inferior).
Daniel entraba sin dominar sus pasos y se dirigía a la sala séptima del piso principal; en el muro que mira el sur le esperaba un rubens: Der sterbende Séneca, al que miraba con envidia no del pintor, sino del sujeto de la pintura: esa frontal y hasta deseosa obnubilación por morir del Séneca pintado, una placentera certeza de lo que debe suceder a toda costa. El cuerpo de Séneca, pensaba Daniel, sería el suyo dentro de treinta o cuarenta años si él decidiera continuar sufriendo, es decir, viviendo. El Séneca de Rubens aún es fuerte y firme en la carne vencida. Daniel ya había ensayado lo suficiente llenando su percudida bañera de agua hirviente con lo cual, presumía, nunca llegaría a esa edad y a esa calidad vejatoria de la carne castigada. Siempre, al final, Daniel terminaba por sentarse a gemir al borde la basca esperando como el agua se enfriaba lo mismo que sus atormentadas ideas.
Después de esa visita a Séneca, eludiendo la Lucrezia de Cranach, siempre cruzaba el áspero y plano jardín para entrar como un intruso en la Neue Pinakothek dirigiéndose sin vacilar hasta los grandes paneles de Hans von Marees. Allí sentía un cierto alivio, pues se reconocía en varias de aquellas pinturas. De hecho, hacía apenas unos pocos años, había servido de modelo a un pintor posmoderno que intentó versionar esa atmósfera de fútil hedonismo, algo así como el parnaso de los débiles.
A Daniel le mantenía vivo su belleza. Era esencialmente bello. Como un dios agotado. Eso lo distinguía y le significaba un refugio; mirando el cuadro de la ninfa y el hombre efébico con caballo, sonreía amargamente para sí y se preguntaba qué lo había llevado hasta la cima más elevada del engaño y qué fuerza lo había lanzado sin misericordia hasta el abismo moral en que se debatía actualmente; para entonces, ya había avanzado hasta las pinturas de Füssli, y se esforzaba por abrir en su cabeza un pensamiento, que tenía que haber una razón y no una culpa para estas desgracias, para un infortunio capaz de borrar las esperanzas más simples.
¾ Le amo y le desprecio. No lo merezco. Soy una basura. ¡Soy el Doctor Basura! ¾murmuraba Daniel a media voz, pues necesitaba que la palabra basura regresara desde el exterior, le asistiera como una comprobación del horror.
Así, Daniel volvió, apaleado el corazón y el instinto, a la consulta modernista del doctor Wassemann. Allí se hundió en una butaca de cedro con tapizado geometrista que se le antojó un trono. El alto respaldar le enmarcaba los hombros y la cabeza como a un rey vikingo, pero Daniel era un monarca sin corona ni reino, sin destino. El terapeuta estaba conmovido ante el desastre y optó por olvidar todas las preceptivas de su oficio y toda la deontología clínica para decirle al muchacho:
¾ Poco voy a poder hacer por usted ya, amigo mío. Y le voy a confesar algo. Usted me fascinaba por su candor, conservaba un aliento propio de la pubertad y sus peligros. Esa vulnerabilidad le hacia fascinante, atrayente. Pero ahora le miro a los ojos y no encuentro otra cosa que desdén, es una falta de entusiasmo ante la que no puedo mentir, no puedo hacerle creer que las terapias sirven para arrancar del alma huellas como las que usted me exhibe. Eras, Daniel, uno de esos hombres que pueden ser amados... ahora estás en otro lado, en el de las víctimas del entusiasmo.
* * *
Un verdadero romántico nunca reconstruye su vida sino el ideal de su muerte, de su sacrificio sentimental. Pero ese débil carácter convertía a Daniel Weissheim en una víctima de sí mismo y de muchos albedríos, tan incuestionables como crueles. Poco después del baile de carnaval, en medio de la confusión y el despecho, Daniel se acordó de la pequeña cámara fotográfica que había llevado a la fiesta. Y algo más extraño, si cabe, había sucedido. Daniel no recordaba más que haber hecho una sola foto a Mikael en la escalera, él tomándola desde abajo (con lo que el disfraz imperial parecía aún más imponente) y el enorme vestido desplegado ocupando todo el encuadre, la capa de terciopelo granate echada hacia atrás, volando. Al ir a recoger el revelado, le entregaron más de treinta fotos casi iguales, algunas más cerca, otras más lejos, pero era siempre Inge agitando la capa, sonriendo bajo la lluvia de luces, papelitos dorados y serpentinas. No sabía lo que hacía al retratar. Aquellas exposiciones casi idénticas revelaban locura. Al llegar a casa, las desplegó sobre la mesa, una junto a la otra, como una caprichosa secuencia cinematográfica que nuestro héroe se negaba a creer, no quería aceptar que en medio de aquel entusiasmo mortal apretó 36 veces seguidas el obturador sobre la imagen de su emperatriz italiana de opereta. Otro sin sentido. Daniel llevó a un negocio de fotocopias una de las fotografías e hizo ampliar la cara de Inge/Mikael/Sissi a las dimensiones de un gran folio. Por un curioso efecto de dispersión de los colores y las líneas, el resultado era una especie de imagen movediza y desenfocada, como un cuadro puntillista que quisiera representar algo sin ser demasiado explícito.
Ahora Daniel venía cada tarde al Café Stoer y ponía frente a él la fotocopia en la mesita. No se separaba de ella, le concedió un valor material y simbólico por encima de las fotos originales. A veces, cuando algún cazador nocturno reparaba en su preciosa cabeza pajiza y sus hombros redondos de nadador, Daniel lo frenaba bajando la vista a su fotocopia, cortando cualquier intento de acercamiento o flirter.
Daniel Weissheim no dejó de ser ya el hombre más desdichado de Munich; su corazón estaba mancillado para siempre, conservando un sabor salado en su paladar que le remitía a los últimos besos de Inge (o Mikael, o Sissi, o La Italiana: ¡Qué más da!) siempre precedidos de la barrera del intruso carmín. Lo realmente terrible es que ya entonces, mirando sin oír el bullicio del Café Stoer, Daniel no quería recuperar su vida anterior a Mikael, sino a Mikael mismo, uniendo absurdamente deseo de posesión con deseo de venganza.
Allí en el Café Stoer encontró Daniel a su joyero, que enseguida le dijo:
¾ Tengo en mi atelier el anillo del esturión que me mandó hacer. Su amiga me lo revendió antes de volverse a Italia. Si tiene algún valor sentimental para Usted, le haré un precio. Ah, pero ella me hizo prometer que si lo vendía haría desaparecer primero las fechas grabadas en el interior... la verdad es que su chica tenía unas manos muy grandes, bonitas pero enormes.
Daniel, después de tener durante mucho tiempo fijada en su cara una expresión de desolada indiferencia, sonrió. Por un instante, su rostro perfecto de Apolo se llenó de vida, de luz. Aquello duró apenas un segundo y el joyero lo advirtió:
¾ Si quiere, se lo grabo de nuevo.
¾ ¡No! Déjelo estar. Pero quiero que haga algo con el anillo. Le voy a pagar para que lo funda.
¾ ¿Y qué hago con el oro blanco? El material, el metal será suyo.
¾ Hágame una moneda vacía, lisa... ¾Daniel sonrió de nuevo, tranquilamente.
Al llegar al pequeño apartamento en que Mikael le transformó para siempre en un arlequín fracasado, Daniel abandonó su habitual calma, se despojó de toda la ropa al tiempo que comenzaba un insistente zumbido en sus oídos; comprobó frente al espejo por qué era un hombre tan deseado. Al haber abandonado la gimnasio tiempo atrás y estar más delgado, su cuerpo era ahora una cerrada, recia arquitectura. Así, se masturbó dos veces seguidas sobre la colcha de los volantes bávaros. Después tuvo deseos de orinar, pero no caminó los pocos pasos que le separaban del baño contiguo, sino que abrió las piernas, y sin sujetársela siquiera, dejó que el líquido caliente cayera sobre un montón de vestidos de Inge, de Mikael, que permanecían apilados en el centro de la habitación.
Sin entender muy bien lo que sucedía en su interior y con los síntomas parecidos a los de una borrachera (algo había bebido, pero no lo suficiente), arrastrado por una vehemencia que le ahogaba, Daniel abrió las puertas del vestidor y vació todas las perchas y todos los estantes; requisó de las baldas del baño cremas y pinceles, hasta vació los botes de las especias orientales, las que más gustaban a Mikael, que tenía parientes turcos. Sin detenerse un instante, rellenó grandes bolsas de plástico gris como las de basura y las alineó detrás de la puerta. También descolgó de las ventanas las mazorcas de maíz secas y las guirnaldas de acebo, desenfundó la cama, quitó las cortinas, hizo trizas los paños de cocina con bordados, los manteles, los grandes afiches de las emperatriz Sissi y hasta su propia ropa. Sólo dejó intactos un raído pantalón militar y una camiseta negra muy desvaída.
Aunque era otoño y lloviznaba, Daniel bajó todas las bolsas a la calle. Exhausto, comprobó que le quedaban fuerzas para tirar el colchón. Lo bajó por las escaleras y lo abandonó, contra todas las reglas, en el recodo de un solar yermo. Aquella operación de frenética limpieza duró aún varios días. Desarmó los muebles, contrató un trapero e hizo que lo llevara todo a un vertedero. El apartamento vacío parecía más grande y luminoso, pero no le importó. Dormía ovillado en medio de la estancia, vestido con sus andrajos.
Al cabo de una semana recogió la moneda, aquel disco plano, anónimo y vacío, brillante. Después de pagar generosamente al joyero se dirigió a los baños de Müllersche Volksbad. El cajero lo reconoció enseguida a pesar del abandono, la delgadez y del mucho tiempo que no pisaba la sauna.
En silencio, seguido por muchas miradas catadoras de su físico, se desvistió envolviéndose en un pequeño paño blanco desde la cintura. Tal como había primero desencuadernado el libro de su vida con Mikael, arrojando hoja por hoja a un fuego imaginario, ahora, con la misma decisión y la misma tristeza pero desde una calma tan profunda como inexplicable, Daniel fue hasta el borde húmedo de la piscina con la moneda muda en la mano. Con un gesto praxitélico, hermosísimo, elegante, la lanzó al agua espesa y de dudosa transparencia. Su brazo describió un arco que recogió la luz de las lámparas amarillas y dejó al final la mano abierta e inerte, como si se le hubiera escapado con la moneda alguna otra substancia vital. Por primera vez sonrió de otra manera y dándose la vuelta, chocó con unos ojos indiscretos que habían seguido la escena, los de un hombre delgado que le miraba fijamente y lucía en su pecho un tatuaje con esmeradas letras góticas en arco donde se leía Life is Pain. Daniel vio el tatuaje y volvió a sonreir:
¾ Es verdad. ¾ le dijo al desconocido al tiempo que repetía para sí con el tono de una salmodia: “Life is Pain”.
Y Daniel se marchó.
Al llegar al apartamento, bajó las persianas, se desnudó, llenó la bañera de agua hirviente y se acurrucó en el suelo, justo en el ángulo más frío de la habitación, a esperar.
Munich ,Octubre-Noviembre 2002
Venecia y Madrid. Verano 2004
NOTA: Debo agradecer este relato a mi entrañable amigo Micky Ribera, que me presentó en Madrid una noche de verano a Daniel, que ha inspirado el perfil y dado nombre al protagonista de mi cuento; a Francesc Puértolas, del Instituto Cervantes de Munich, que me instruyó en esa ciudad y me llevó a conocer el carillón del Ayuntamiento; a Emanuela Caldirola, que me insistió en que volviera a Venecia en unos momentos difíciles que acaso resolví escribiendo estas líneas. A Lucy (que es nombre de guerra), quien tuvo el valor de cambiar de sexo contra todos los pronósticos y me contó algunas zonas oscuras del proceso. Y finalmente a María José Ribot, La Ribot. Viendo en Munich por enésima vez sus extraordinarias Piezas distinguidas concebí parte de esta historia. Un detalle más: Stoer en alemán significa “esturión”, un pez que, según algunos científicos, a veces escoge el suicidio. R. S.
EL ESTURIÓN DE PLATA
Por Roger Salas
Mátame dolor. Quema la herida.
Este martirio es una cosa vana.
Mira como florece de mi herida
En la noche una estrella arcana.
Georg Trakl
Hay personas a quienes las más duras pruebas nada
enseñan ni las hacen ganar experiencia; por eso
siguen amando y creyendo a despecho de los años.
Heinrich Mann