revista literaria bimensual | año II # 1 - septiembre/octubre de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
jardines invisibles / poesía
fotografía:
de la serie
El primer minuto,
de Aitana Guzmán
(Premio de Fotografía La Zorra y el Cuervo 2007)
2
Innisfree: escribo Innisfree en los cristales de los autos.
Innisfree: isla del lago.
“Me levantaré y partiré ahora, partiré hacia Innisfree” (William Butler Yeats).
Es bueno saber que una isla te espera.
Llegaré a Innisfree con la esperanza de encontrar la casa de árboles muertos y el crujido con que se desperezaban sus muebles en las noches, mientras el fuego doraba los peces.
Partiré hacia Innisfree. Extraño los mediodías fulgurantes bajo las tolas, las mieles blancas y el silbido de los sauces doblados junto al camino de piedras; la dulce canción que me dejaba escribir a punta de cuchillo sobre el tronco de los sauces:
Innisfree.
Algo de paz allí encontraré.
Escribo Innisfree en los cristales de los autos, yo, viajero de isla que presiente el golpe de agua contra su choza y escucha avanzar el mar como una caravana de muchachos desnudos soplando los cuernos divinos.
3
En estos cubículos de espera, el tiempo no vuelve, no se divide.
Me descubro sobre la pista de ida/ de vuelta, pensando en el tiempo que no se divide, que no vuelve, y los días que hasta entonces permanecían estáticos, comienzan a transcurrir como los hombres que se mueven en los puertos durante el desembarco.
4
Ellas se desplazan leves a través de la penumbra fría del salón. Y mi sombra aledaña y presurosa se echa a los pies del Cristo.
Mi sombra anudada, de rodillas, sin poder purgar culpas ni invitar al perdón.
Ellas se desplazan leves, tratando de convencer a Dios de algo que no entienden. Cuando termina el sermón, dejan caer las cuentas de sus rosarios como una luz goteante contra las losas.
Sobre los bancos, ellas se duermen.
Yo no quisiera terminar así mis días, solo, sin entender, como esas ancianas que me observan desde la penumbra patética contenida en los salones de última espera, moviéndome leve.
Pero es difícil simular que estamos acompañados mi sombra y yo, mi espía y yo: estas manos se parecen demasiado a esas iglesias que doblan campanas en pueblos tristes.
5
Detrás de los vidrios escarchados: la cerveza -cebada de los vivos.
Junto a los cristales transparentes: leches malteadas, refrigerios.
Sobre los anaqueles: revistas de entretenimiento, perfumería francesa.
Colgando de los percheros: las marcas.
Objetos todos que van a sobrevivirme y que deseo/ desean saciar mi sed. Mitigan/ mortifican mi hambre. Perfuman/ me distinguen en este sitio, donde no me alcanzará la permanencia poetizable, ni la furiosa eternidad de Charles Bukowski.
6
Asumo falsas conversiones que me ayudan a evadir la rigidez, esta verticalidad en movimiento perseguida por la transparencia.
Soy un poco de aire enjaulado en un cuerpo, cuando dejo a un lado a este cuerpo enjaulado en un poco de aire.
Soy un cuerpo enjaulado.
Un cuerpo de pequeños cantos.
Un cuerpo leve, gaseado, inatrapable, que avanza hacia las hélices despavoridas, y me obliga a asumir falsas conversiones cuando las naves atraviesan mi corazón contenido en un cuerpo de aire.
7
El Devorador emite un silbido.
(Un rayo de los cielos
me ilumina y divide.)
Después, escupe sobre la arena su cántico de muerte, lame en mí y la luz cae sobre la noche como las acequias que van de la lluvia al mar de las horas perdidas, mientras silbo desesperadamente una canción a la luna.
8
Mi sombra se mueve.
El gran ojo del Devorador avizora los miedos terrenales, pasa revista sobre la arena, lleva la mirada rasante, y horizontal el hacha luminosa que escinde de sus almas a las sombras ágiles del desfiladero.
9
En estos cubículos de espera, el tiempo no vuelve, no se divide.
Me descubro sobre la pista de ida/ de vuelta, pensando en el tiempo que no se divide, que no vuelve, y los días que hasta entonces permanecían estáticos, comienzan a transcurrir como los hombres que se mueven en los puertos durante el desembarco.
10
Teniéndola a mis pies, pienso en la rosa. La rosa de Jorge Luis Borges, amarilla. La rosa que mató a Rainer María Rilke. La rosa distante que miro ansioso, con un hambre vegetal.
Una mujer con fingida naturalidad me ofrece algo de café en plástico desechable. No acepto. Miro la rosa. Pienso: si muero, esta es una terrible imagen para llevar noticia.
La rosa que también es observada por el Devorador.
Mi corazón suena duro contra las paredes de metal sellado.
(Dentro del pecho
otro golpe me asfixia.)
El Devorador mira la rosa.
Come de la rosa, sospecho.
11
Paredes. Muros de terracota. Interiores de madera amarga.
Cubículos de cristal. Cuartos fríos. Alumbrados. Habitaciones oscuras. Pasillos que no terminan. Alambrados. Señalizaciones. Siga la flecha. No pase. Peligro, me advierten.
(Debes aprender
a vivir entre paredes.)
Después me cubren los ojos.
Avanza, me dicen.
12
Dice el Devorador que tengo un corazón epidérmico, para probármelo apunta con su dedo a un círculo de hogueras: llamas azules, pequeños fuegos que arden a mis pies durante el vuelo y que termino por reconocer, contra la noche, como mi propio corazón superficial, dado a las permutaciones, trasplantable.
13
Derribo las gigantografías de los planos verticales.
El Devorador sonríe. Muestra mi corazón agazapado entre sus manos. Se acerca a la balanza, me amenaza. Vuelve a sonreír; no está solo, alguien lo acompaña en esta ceremonia. Le alcanza una pluma y mi corazón se estremece entre sus manos.
(El equilibrio
en la balanza aguarda.)
Pero ya he decidido derribar de los planos verticales esas imágenes que me hacen un animal torvo.
Mi corazón salta de las manos del Devorador.
Arde mi corazón junto a los cristos de las revoluciones.
14
Soy el mirón que escucha todo el tiempo.
No escribo todo lo que veo, pero sí veo todo lo que escribo, lo que escruto y adivino en el trasfondo de la espera en los salones refrigerados, confortables salas de aeropuerto que me dan la posibilidad de sentirme ingenuamente bien, en lo que duran las breves luces reveladoras. Luces que me devuelven a la realidad, pensando, rehaciendo. Quiero definir a los que “esperan”, contar la historia que ocultan detrás de las emociones agolpadas en lo que duran esas luces reveladoras. Esta lucidez que me duele o asusta. No sé definir cuánto amor real donde otros ansían, después del abrazo, llevarse a casa el trofeo, la
pieza que colocarán entre los muebles o la prenda que lucirán lejos o entre los suyos.
Todos esperan llevarse a casa un objeto, una parte del que esperan, pero ese deseo se esconde como gota mínima de agua sobre la espiga violeta: las flores del que esperan. Ese deseo se disimula entre el aroma de las azucenas punteadas de Chanel Number 5 y las sonrisas y el atropello de los niños de pálido rosa que corren por el salón confortable entre turistas vestidos de beige.
15
Dulce canto de amor al suelo.
Aterrizan los aviones.
El que espera en el vientre de metal gris, cura dolencias en otras tierras. Alguna vez partió con el propósito de traerse a casa una parte de ultramar, algo para hacer los días buenos, mecanismos que se mueven con el propósito de atravesar los postigos con discreción.
(La necesaria para evadir
el ojo del Devorador.)
Ahora, aguarda el instante en que el avión se desplazará como el vientre de un reptil entre las luces azules, paralelas, del aeropuerto. Presiona el cierre del cinturón de seguridad. Cede.
Afuera se entonan dulces cantos de amor al suelo, la tierra que en breve pisará el que vuelve.
16
Turistas o nacionales. Parten o llegan. Parto o llego: Nadie me mira. Confundido, paso frente a la multitud sonora procurándome un sitio donde colocar el corazón, donde despejar la confusión que me provocan los turistas, los nacionales, los vuelos que ofrecen una isla diferente.
Soy un confundido que a ratos recobra la lucidez.
Llevo el corazón como isla e imagino muchas islas sobre el mar.
El mar que devora los corazones flotantes.
17
informe
Escribo. Me informo. Me informan. Nos informamos. Somos dados a dejar constancia: rastros sobre el pavimento. Una criatura muscular raya su torso con signos de equilibrio. Escribo sobre la madera, mientras bebo amargos brebajes, zumos que concentran el bien y el modo de lo que escribo, de lo que informo. Conjugo. Le dicto. Me muestra cómo tomar entre los dedos la pluma que habla. Le miento, claro. Le informo que levantaré sospechas, pero se divierte levantando sospechas. Después, le pregunto qué va a hacer conmigo. Y me desinforma.
18
boarding pass
Predecible es que confundan mi nombre, maniobras que me devuelven cabizbajo. Me traen. Pagan mis vuelos. Y es que también yo formo parte de los viajes. (Otros) vuelos nacionales.
La megafonía anuncia la salida. Voy hacia algún sitio de control riguroso. Trato de conservar intacta la música que llevo a casa.
“Cantos de Cuba”, dice la portada de un CD. “Celina”, centellea bajo el nailon de la cubierta, “Cuidado”, me defiendo de la autoridad y estos me responden con desgano.
También yo voy agotado.
19
el ascenso
Subes. Subes. Subes. Sabes que abajo el mundo se mueve, contrariado y conspirador. Que todos procuran ascender, no para observar desde la altura vertiginosa y fluctuante, sino para devolver a la oscura tierra, el cuerpo sin alas que se levantó, por una vez, triunfador.
20
el violín
Me estremezco con un temblor femenino ante la rosa.
También yo he querido tener un violín que me ame, alguna música que explique, algo que cante a mi oído, una música inaudible para el resto de los seres que me rodean con sus paños, con sus voces, con sus cantos más o menos grises. Más o menos. Algo que cante para que no me vean reventar la cabeza contra los muros, para que no me vean con la rosa muerta entre los puños, cuando ya no suene la música.
21
Leo un libro sobre la vida de Virginia Woolf. En uno de sus capítulos, Virginia acerca el rostro pálido al cadáver de un pájaro que encontró en el jardín. Toma un puñado de rosas amarillas, sembradas por Leonard durante la guerra, y las coloca junto al pájaro muerto.
Sé que Virginia sintió envidia de esa ave, criatura sin Dios a quien adjudicarle la pérdida de la fe.
Transcurrido algún tiempo, Virginia se suicidó.
Ahora, los altavoces anuncian la salida de un vuelo.
Cierro el libro; acomodo por un instante mi cabeza sobre las páginas rotuladas de azul y pienso que Virginia sospechaba la cercanía de su muerte.
La megafonía vuelve a anunciar la salida de un próximo vuelo, pero yo estoy quieto junto al libro de Las horas, esperando que lo Desconocido se acerque y me escinda de estas flores de invierno, de estos días sin fe, con un dolor que no se explique, igual al que experimentamos al encontrar un ave muerta sobre la acera.
22
Mi corazón es mío
en la casa de los corazones,
mi corazón es mío...
La voz única que escucho es la voz del Devorador. A él llevo mi corazón, junto a las grosellas frutecidas y donde los hombres de mi pueblo, después de la lluvia, pescan clarias burbujeantes.
Son felices los hombres de mi pueblo, al menos eso parecen cuando llegan a sus casas. Saben que en la noche comerán peces y los niños encenderán el fuego con las ramas secas. Y entre el rumor de la crecida escucharán la voz del Devorador. La voz que dicta la sazón, los modales, las palabras que mastican, lentamente, con la claria asada, mientras el pez sueña el verde de la yerba entre las pavesas.
Así transcurren los días junto a la ribera.
(Anubis pesa mi corazón.)
Allí frutecen las grosellas.
Aquí el agua y el hambre del Devorador que define esta emoción, unida a cada encuentro que protagonizo, desde las sombras en los aeropuertos, en sus salones refrigerados.
En cada despedida que acontece alzan su vuelo los aviones, toman altura; veo los buques ardiendo bajo el sol. Imagino la libertad del pájaro que vuela sobre los islotes.
Veo las quemazones de los cañaverales.
El reino perturbado de las nubes sobre la tierra seca.
El rayo sobre la llanura azul de las aguas.
Siento transcurrir la isla, cómo fluye.
Pienso en las cosas que he sido, en ti, que me esperas junto a las grosellas frutecidas. Quieres comer de mi corazón, pero es el hombre con cabeza de chacal quien pesa mi corazón cuando los aviones aterrizan rompiendo el umbral del silencio.
(Sobre la balanza mis buenas
y malas acciones.)
Quiero recitar los conjuros que aparten de mi camino al Devorador.
Hago confesiones negativas: yo, que jamás escupí encima de la Belleza, cometí actos impuros. Soy impuro. Soy impuro.
Burlo otra de las entradas al submundo.
Sobrevuelo otro anillo que me acercará inevitablemente a ti.
(El Devorador observa con atención
cada uno de mis pasos.
Mastica los conjuros mágicos.)
Mi corazón golpea contra las paredes de metal, duro.
Mi corazón, paca fosforescente, se confunde con el corazón de los turistas.
Presiento que esta noche lloverá, los hombres de mi pueblo tendrán suficientes clarias para silenciar el hambre de la madrugada. Y pienso en ti, cuando trato de pasar la última puerta que me devolverá a la vida, al renacimiento, contigo. Quieres comer dulcemente de mi corazón, pero es otro quien salta sobre mí y lo devora, mientras la megafonía, en los salones de última espera, anuncia la salida del próximo vuelo hacia la noche.
I PREMIO DE POESÍA LA ZORRA Y EL CUERVO
PREMIO
SALÓN DE ÚLTIMA ESPERA, de Luis Yuseff
SALÓN DE ÚLTIMA ESPERA
Expongo mi corazón al Devorador. Pesan mi corazón.
Lentamente se inclina la balanza a favor de la caída.
Otros sostienen entre sus manos la fruta temblorosa, fosforescente como paca de extranjero: rosa de fuego ardiendo distante en la noche de la bahía estrellada, donde los muchachos llevan la carne bajo la mezclilla: Aguas claras. Agua Brava rociada. La tela sobre el sexo, despierta el deseo de comer bajo la tela.
(Sostienen con un hilo
mi corazón.
Lo pesan.)
En medio de la tarde enrarecida de los aeropuertos -expectantes los nacionales- aterrizan los vuelos de ultramar.
(Alguien deja caer una pluma sobre la balanza
donde están pesando mi corazón.)
El Devorador es quien me une a las criaturas que esperan en los salones
refrigerados, entre anuncios de tabaco y aguardiente que pasa la televisión.
Detrás de los vidrios alguien propone un souvenir:
Esa es la imagen que han de llevarse a casa los turistas.
Esta es la palma que cruzará los violáceos mares.
El mar que pasará a formar parte de los recuerdos del viajero.
Salones de última espera, donde el Devorador vigila acechante. Acaso sospechando un descuido, el mínimo descuido que me transforme de golpe en un animal que llora.
Un corazón que llevarse a la boca.
Luis Yuseff
(Holguín, Cuba, 1975)
Poeta y narrador. Tiene publicados El traidor a las palomas (2002) y Vals de los cuerpos cortados (Premio de la Ciudad, 2003), ambos por Ediciones Holguín, Yo me llamaba Antonio Broccardo (Premio Alcorta; Ediciones Almargen, 2004), Esquema de la impura rosa (Premio América Bobia; Ediciones Vigía, 2004), Golpear las ventanas (Premio Pinos Nuevos; Editorial Letras Cubanas, 2004), entre otros. Reside en su ciudad natal.