revista literaria bimensual | año II # 1 - septiembre/octubre de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
antes del alba / narrativa
fotografía:
de la serie
El primer minuto,
de Aitana Guzmán
(Premio de Fotografía La Zorra y el Cuervo 2007)
Mi misión sería evitar escaras, bañar a la anciana, darle su comida y ayudar, si hiciera falta, con la limpieza de la casa. La nueva vida que comenzó para mí, entre penurias humanas, fortaleció mi sustancia estoica y me hizo ganar en esta familia y en el resto de los conocidos un renombre de bondadosa, de casi santa, si se tiene en cuenta que yo por aquellos entonces tenía tan sólo quince años. Para los dos de la casa yo era el aliento, la esperanza, la juventud y, sobre todo, una ayuda desinteresada, vigorosa y repleta de lozanía. Sin embargo y a pesar de ser muy mimada por ellos, no puedo decir que desperté los mismos sentimientos en aquella anciana, pues más le gustaba a ella la beligerancia que la comprensión o el amor.
Los meses pasaron lentos y cargados de espacios sombríos. En mi casa no dejaban de hablar de mi vocación espiritual, estaban seguros de que en mi cuerpo habitaba un alma casi pura y perfeccionada a lo largo de incontables vidas anteriores. Cada vez que me miraba en el espejo sabía que miraba a alguien excepcional, alguien que ya estaba preparado para desentenderse por fin de las cosas mundanas y materiales.
Debo decir que le tomé un profundo aprecio a aquellas dos personas que junto a mí luchaban por la salud y la satisfacción de esta viejecita difícil que no dejaba de moverse ni de pedir ni de molestar. Los llegué a estimar mucho porque me protegían y consentían hasta en los más mínimos detalles, como si fuera la niña de sus ojos. Siempre me ha gustado reciprocar las muestras de afecto, de modo que me esforzaba día tras día para darles la agradable sorpresa del trabajo concluido. Por eso, una noche, cuando sentí que la anciana se levantó furtivamente de la cama (yo pensaba que la viejecita ya no podía hacer esto sin la ayuda de alguien), fui detrás de ella, sorprendida por su agilidad. La seguí hasta el baño, despacio para que no me escuchara. Recuerdo que me preparé para aguantarla en una de sus caídas frecuentes: tracé mentalmente dónde debía agarrarme y dónde sentarme cuando ya la tuviera encima. Ella entró, pero no cerró la puerta, y pacientemente esperé por la bata de satín que debía alzarse, por la orina que debía caer, el papel sanitario que debía ser arrancado y la bata de satín que debía volver a su lugar. Pero para mi desconcierto no escuché ninguno de estos sonidos habituales. Intrigada, me acerqué con lentitud al borde de la puerta para ver qué estaba sucediendo adentro y cuál no fue mi espanto cuando descubrí a una persona totalmente distinta, en posición erguida, fuerte, que sentada en la taza del inodoro, sobaba en ese momento sus brazos y piernas, como desentumeciéndolos de un costoso sueño. La señora Gómez parecía muchos años más joven y su cara, aunque de perfil, había cobrado una lozanía totalmente inhabitual e inquietante, casi diabólica. Se levantó de un tirón y delante del espejito del botiquín comenzó peinarse con mucha pulcritud, sumida quién sabe en cuántas abominables ilusiones. ¿Era así cómo nos pagaba a todos? Ver semejante espectáculo me paralizó y conocí la ira al mismo tiempo que la señora Gómez se peinaba o se retocaba los labios. Fue entonces cuando me di cuenta con mucho dolor de que la santidad dependía de muchas otras cosas más y, esa noche, mi familia me hizo falta más que nunca, al fin y al cabo yo sólo tenía quince años. Me abalancé sobre la señora y la desplomé sobre la bañadera, que terminó de hacer lo que quedaba. La viejecita apenas pudo reaccionar porque no lo esperaba y porque mi fuerza y mi agilidad fueron grandiosas. El grito que sintieron sus parientes fue su grito de despedida de este mundo, inmediatamente después convulsionó y dejó de respirar. Pienso que murió como vivió: inconforme. Me encontraron con ella en los brazos y yo alegué, sofocada por tanto esfuerzo, que la había seguido y que no había llegado a tiempo a la caída fatal. Ellos, tan culpables como yo, pues llegaron más tarde, lo comprendieron sin réplica alguna y ni se dieron cuenta de que esa que yacía en mis brazos era casi otra mujer. Azorados y con el mismo terror que un creyente puede mirar a un cielo de inmaculados ángeles que se difumina sin misericordia, miraban la sangre brotar lentamente de la cabeza de la anciana y extenderse silenciosa como la mullida alfombra roja del éxito.
Nadie se puede imaginar cuántos solicitaron mis cuidados después de que salí de aquella casa. Las recomendaciones que los Gómez hicieron de mí fueron tan maravillosas que llegué a ser la más codiciada de las enfermeras. Como ya había aprendido que la santidad dependía de muchas otras cosas, tuve cautela y prudencia a la hora de entrar a trabajar de nuevo en una casa. No todas prometían una situación compleja, ideal para mi desarrollo espiritual, así que casi todos los ofrecimientos los eliminé de inmediato. Después de meditar y estudiar cada caso, me decidí por la casa de la familia Trueba. Me pareció la más indicada porque debía atender a otra señora muy difícil que se había quedado sin cuidadora. Sin embargo, el hijo de la señora Gómez me hizo prometerle que yo abandonaría cualquier compromiso para ir a cuidar a su tía, cuando llegara el momento, así como mismo una vez cuidé de su amada madre.
SANTIDAD
Sheyla Pool
Era una señora muy delgadita, de estatura media, y un rostro tan arrugado y reseco que cuando uno la miraba detenidamente siempre daba la impresión de que cada año que transcurría para esta mujer se traducía en millones de números-caníbales que mordían y destrozaban su delicada piel. Sus ojos demasiado inquietos hacían de ella una anciana desconfiada que analizaba con recelo cada movimiento o gesto de los que estaban a su alrededor. Un par de visitas a la casa eran suficientes para llegar a desesperarse no sólo con el vaivén de un lado a otro de sus dos iris, sino también con el vaivén de las manos, el de uno de los pies que constantemente golpeaba contra el suelo, con la postura demasiado retorcida del cuerpo o con la terquedad general de la viejecita que con insistencia de titanes se dedicaba llamar a su hijo o a su propia hermana, los únicos familiares que no habían podido abandonarla a pesar de sus achaques.
Lo peor de todo no eran los movimientos incesantes o los reclamos constantes de agua, pan, leche, de conversación que no escuchaba o de una atención que no agradecía. Lo peor de todo era que no lograba establecer una regularidad coherente en ninguno de sus hábitos o manías, de modo que en la casa ya se había idealizado el inalcanzable deseo de pensar en una vida ordenada, no importaba si repleta de trabajos y sacrificios. Tanto el hijo como la hermana de la enferma se daban ánimo a sí mismos, uno con la presencia sufrida del otro. Nunca fui testigo de algo tan desolador como la agonía de aquellos dos seres que a través de la renuncia se comprometían y en silencio se apoyaban para el cuidado de la anciana. Así, mi fibra filantrópica y mi incondicional amor por los otros se conmovieron ante tanto terreno virgen y fértil. Fue entonces cuando ocurrió mi entrada en la familia Gómez, como ayudante de enfermería. Debo reconocer que siento una debilidad extraordinaria por todas esas mujeres cuya edad oscila alrededor la edad de mi madre o la de mi abuela.
Sheyla Pool
(Ciudad de La Habana, 1976)
En el 2001 terminó sus estudios de Filología hispánica en la Universidad de la Habana. Cursó estudios de postgrado en las especialidades de Guión y Sonido en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, Cuba. Ha trabajado como editora, guionista y sonidista en diferentes medios de comunicación. Sus poemas, cuentos y ensayos se han publicado en revistas nacionales e internacionales y ha obtenido numerosos premios en el ámbito audiovisual. Actualmente termina la preparación de su libro de cuentos Divertimentos (en el cual está incluido el cuento Santidad) y trabaja sobre el guión de su primer largometraje de ficción.