revista literaria bimensual | año II # 1 - septiembre/octubre de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
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antes del alba / narrativa
     Sin libro mío donde hurgar, me interrogó acerca de cuáles solían ser mis temas. ¿Había escrito alguna novela? 
     “Afuera se publica mucha novela de cubanos”, comentó.
     Le aseguré que era como una fiebre.
     “De autores que inventan cosas”, lamentó al dejar caer otro libro en el montón de revisados.
     “Cuentan a su manera lo que pasa aquí”, se explicó. “No me interesa esa clase de literatura”.
     Él leía únicamente novelas escritas en inglés. Era graduado en lengua y literatura inglesa.
     “Fue el primero de mis títulos”, abundó sin que yo me atreviera a preguntar cuáles eran sus otros estudios.
     Días después, en una terraza de la Unión de Escritores, dos funcionarios me notificaron la expulsión de la ciudad letrada: en adelante ningún trabajo mío podría aparecer en las revistas y editoriales del país, suspenderían cualquier presentación en público que intentara y, ya que no podían controlar mis movimientos en el extranjero, no iba a encontrar ayuda de ninguna institución para afrontar las gestiones migratorias. Me dejaban a solas en el laberinto burocrático. 
     Una mesa y cuatro sillas plásticas parecían haber caído en aquella terraza durante un aguacero. Las flores de un árbol cuyas ramas alcanzaríamos con sólo estirar los brazos cubrían las baldosas. Una secretaria se asomó para limpiar la mesa (la carpeta de uno de los funcionarios esperaba en vilo), pero en el curso de nuestra conversación el árbol volvió a ganar la partida. Eran flores de pétalos atigrados, repletas de filamentos.
     Dada la temperatura de la tarde, el par de funcionarios habría agradecido que subieran cervezas del bar de los bajos. Nos trajeron, en cambio, cortas raciones de jugo de mango y un café azucaradísimo que hizo relamerse de gusto a mis interlocutores.
     Como si nos hubiese reunido un brindis, sólo cuando estuvieron terminadas las bebidas la carpeta fue abierta y pareció arribar el tiempo de los asuntos grandes.
     El más viejo de ellos dos era músico, un mulato de piel despigmentada en algunos parches de sus brazos. Hablaba y sus mofletes se hinchaban como si tocara algún instrumento de viento. Llevaba un anillo con piedra como esos con los que algunos flautistas acostumbran a resaltar sus digitaciones de chachachá. En una vida anterior podía haber sido flautista de alguna orquesta no demasiado conocida. Trabajo que le envidiaría su compañero de tarea, escritor apasionado por la música hasta el punto de forzar su entrada en varios relatos y recurrir, durante las presentaciones de sus libros, al recuerdo en voz alta de canciones de The Beatles.
     Éste se comportaba como si, llegado a un punto del diálogo, no tuviera otra salida que ponerse en pie, retrasarse unos pasos y entrar de lleno en los predios de la comedia musical. (En su caso se echaba de menos orquesta, afinación y un inglés que resultara más o menos comprensible.)
     La fascinación por la música y leyenda de The Beatles, compartida con tantos narradores de su generación, le venía de la atmósfera represiva en que había crecido. Prohibida oficialmente la música del cuarteto inglés, sus canciones debieron tener para aquellos adolescentes cubanos de los años sesenta el valor de lo secreto. Habían tenido que reunirse en catacumbas para oírlas y, cincuentones ya, seguían siendo esos mismos muchachos. Centraban el conflicto de sus cuentos en la posibilidad o no de escuchar una balada de moda.
     Atrás habían dejado las discusiones que comparaban el poderío militar soviético y el poderío militar estadounidense, las apuestas por cuál de éstos quedaría en pie en caso de calentarse a fuego vivo la guerra. Pero aún podrían empeñarse en discusión acerca de la  llegada de Yoko Ono a la vida de John Lennon, o animar controversia que comparara distintos álbumes del grupo musical.
     Él había insistido ante diversas autoridades para que fuese levantada en un parque de La Habana una estatua de John Lennon. Algo creía recuperar así, sin ver mácula en que los responsables de la vieja prohibición asistieran desde puestos de honor al desvelamiento de aquel bulto. Por el contrario, parecía complacerle que esas autoridades resaltaran, tantos años después, cuánta afinidad habrían podido tener a propósito de la guerra en Viet Nam con el difunto músico.
     Censores y censurado habrían coincidido como aliados, y era una pena (aunque no se explicitara en el acto de inauguración) que los primeros no reparasen a tiempo en ello.
     Dulce perdón, por fin habían sentado a Lennon en un parque del Vedado. Con parque póstumo le pagaban el silenciamiento de años antes. John Lennon pasaba de fantasma a escultura y allí estaba, al alcance de quien quisiera compartir banco con él (o de quien se antojara de sus gafas, por lo que hubo necesidad de apostar en las cercanías de la estatua a un vigilante). Lo mismo que Fernando Pessoa en el Chiado de Lisboa, Lennon de campante habanero. Tan habitual de aquel espacio como lo fuera del café A Brasileira el poeta portugués.
     En plan de comedia musical, no costaba imaginar al funcionario escritor entonando cancioncilla alusiva junto a la estatua de su ídolo, abejorreándole por los alrededores, y hasta incluido en una lista de sospechosos del robo de las gafas de la estatua.
     “¿Y por qué no les habrá dado por los Rolling Stones?”, cabía la pregunta siempre que uno se interesara por los gustos de aquel grupo de escritores.
     Pues se antojaba una oportunidad desperdiciada la de encerrarse en una catacumba para escuchar candideces como las de The Beatles.
     Aquello sonaba como el robo de un banco con bóvedas vacías.
     Como esconderse de los adultos para hacer las tareas escolares.
     Andaban necesitados de candidez, eso era todo. Se autoinflingían credulidad, precisaban creer a pesar de las circunstancias. Confiaban en ilusionarse y los chicos de Liverpool ofrecían la música perfecta: baladas de moda que extendían la promesa de eternidad más lejos que otras con la que compartieran lista de éxitos. Música de fiesta a la que tomar como música culta.
     Gracias a ella pudieron soportar las delaciones (si no delataron ellos), atravesaron las cacerías de brujas estudiantiles, consolaron sus penas propias y borraron los remordimientos frente a las de otros.
     No existía bajeza ya que esa música los redimía. Lennon había muerto a la salida del edificio Dakota para redimir a toda una generación y a los de generaciones sucesivas que supieran arrimársele.
     Había, pues, que levantarle estatua.
     Más aún, periódicos congresos de entomología que se ocuparan de los insectos de Liverpool.
     La candidez, sin embargo, se les caía a pedazos a aquellos cincuentones. Porque si el ejemplar que tenía ante mí quería convencerme de la suya, resultaba un pésimo actor. Imperdonable como cantante, su falta de naturalidad para los diálogos tampoco lo llevaría a reparto de comedia musical.    
     Con dicción acostumbrada a no pasar por alto ninguna consonante, dicción de buen maestro de instituto, se remontaba al momento en que nos habíamos conocido, recordaba a un amigo mío (ya en el exilio) que entonces era alumno suyo y a quien escuchara mencionarme por primera vez.
     Altisonante a fuerza de tantas actuaciones públicas (lo mismo presentaba un libro que despedía una vida), se puso a detallar un almuerzo que compartiéramos cuatro o cinco años antes. Enumeró los platos de aquel almuerzo uno a uno, casi se chupó los dedos, consideró la mucha amistad que nos había unido.
     Que nos unía aún, de creerle a su empecinamiento.
     Mientras tanto, el mulato flautista no movía ni el dedo del anillo. Si su compañero seguía adentrándose en lo sentimental, él tendría que adoptar la contrapartida razonable. Pero no demostraba prisa, ambos se tomaban su misión con tanta calma como los asesinos en el famoso cuento de Hemingway. (Ernest Hemingway era otra de las pasiones de aquellos cincuentones. La búsqueda de candidez los conducía hacia el escritor estadounidense puesto que Hemingway era el duro de los cándidos.)
     Las flores de pétalos atigrados seguían cubriendo la mesa y uno de los funcionarios abundaba en viejas amistoserías.  La Banda de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta tocaba para nosotros.
     Verse en aquel trance le dolía, confesó.
     Recurrió a dos o tres gestos infalibles que expresaban dolor. Bajar los párpados era uno, otro incrustarse el mentón en el pecho.
     Sacudidas de hombros y de brazos, batidas de cabeza en negación: su gestualidad recordaba a una marioneta accionada por un enfermo de Parkinson.
     Hasta que consiguió, por fin, soltar el manojo de sanciones que le habían encargado anunciarme.
     Luego juró que si mi vida espiritual resultaba afectada por tales medidas él abandonaría su cargo en la Unión de Escritores. (Dijo “vida espiritual” sin importarle cuán de manual de autoayuda sonara.) Simuló indignación, contrariedades, incomodidad en su butaca plástica. Hizo como si fuera a lagrimear, se puso en pie para ocultar la lágrima que no llegaba, gesticuló igual que si combatiera en contra de las flores.
     A su lado, el músico acompañante se ocupó de rebajar momento tan dramático. Con voz pastosa de quien acumula saliva mientras no sopla en su instrumento, procuró ofrecerme una dosis de bonanza: las sanciones podrían levantarse en dependencia de mi conducta futura, yo podría apelar de inmediato.
     Tal apelación debería constar por escrito en misiva dirigida al presidente de la Unión de Escritores. La institución, en cambio, no ofrecería  por escrito noticia del castigo. Ya era suficiente con que los hubiese enviado a ellos a darme aviso.
     De modo que la carpeta era pura utilería, no extraerían de ella ningún documento.
     “No es tradición de la Unión de Escritores ofrecer sus sanciones por escrito”, consideraron mis interlocutores.
     Yo tendría que apelar por escrito a una sanción hecha en el aire (en el aire que espolvoreaba de florecitas la mesa de una terraza del Vedado). Al parecer, la institución blanqueaba desde ya  sus archivos. Cualquier investigador futuro, por suspicaz que fuera, podría revisar la documentación salvaguardada en aquel edificio.
     “¿Prohibido ese escritor de que me habla?”, llegarían a desentenderse los responsables. “¿Y en cuál papel consta?” 
     Mi etapa de fantasma comenzaba sin prueba alguna.
     “¿Ves esta orden de censura en contra tuya?”, venía a decirme el par de funcionarios, “Pues vas a cobrar su misma consistencia”.
     Y la orden, el documento oficial, el papel, no existía. Era aire en la mano de ellos, una balada boba de los años sesenta, presto de chachachá para flauta.
     Algo de crueldad me hizo preguntar al funcionario escritor a qué altura de afectación debería avisarle para que sopesara el abandono de su cargo. (Era impensable que dijera adiós a sus prebendas para acogerse a una simple vida de escritor.)
     Pero una vez terminado nuestro encuentro comprendí a qué se referiría cuando hablaba de afectaciones: todo podría haber sucedido de un modo muy distinto. Sin terraza, sin el toque de gentileza que aportaba la caída de unas florecitas, sin jugo de mango, sin café.
     Podía ser como antes, como en el caso del viejo escritor muerto.
     De un modo más policial.
     Estrictamente policial.
     Ellos dos, escritor y músico, no estaban interesados en la vuelta de esa época y esos procedimientos. Si aún se mantenían en sus cargos era para evitar que ocurrieran hechos tan desagradables, para mantener el nivel de lo repugnante al mínimo. Pactaban, desde la Unión de Escritores, la intersección entre necesidad y asco.
     Cierto que se hacía inevitable tomar medidas conmigo, pero era imprescindible también que esas medidas fueran constructivas, y ellos salían fiadores de esto último. Podían jurarlo ante Lennon cuya estatua, a pesar de su hiperrealismo (realismo socialista descortezado de mensaje), resultaba alegoría de una época que dejaba atrás lo inconveniente de tantas prohibiciones. 
     Sin embargo, la Unión de Escritores era la misma institución de los últimos años del viejo escritor. Sólo que ahora adoptaba apariencia de organismo no gubernamental y resultaba tan convincente en su nuevo papel que diversas donaciones extranjeras le permitían continuar con vida.
     A cambio de ello, se veía obligada a ciertas delicadezas que años antes no habría dedicado a un tipejo como yo. (“Tipejo miserable”, me llamó el ministro de Cultura, en una reunión a la que no fui invitado.)
     Los tiempos habían cambiado. Ahora se publicaba en pleno la obra del viejo escritor, compañías teatrales montaban sus piezas y habían reaparecido los inéditos que quedaran en manos de la policía.
     Me enviaban, por tanto, a un par de amables funcionarios y yo tendría que comportarme a la misma altura. Debería ser caballeroso, dar la mano, despedirme de buen modo.
     “¡Sé cándido tú también!”, parecía pedirme la comedia musical del funcionario escritor.
     Me quedaba el recurso de componer una apelación. Podría, en el colmo de la benevolencia, organizar otro almuerzo para la amistad. Debería dar gracias por hallarme en el mejor de los mundos posibles.
     En los días siguientes supe que un agente de la policía secreta había interrogado a varios conocidos míos. Supe, por las preguntas hechas, que mis conversaciones telefónicas eran escuchadas. Deseaban conocer con quién me reunía, a quién visitaba, quién se acostaba conmigo.
     Merodearon mi calle, visitaron el comité de vecinos. Y una tarde recibí varias llamadas de amistades ordenándome que encendiera cuanto antes el televisor.
     Como cada tarde, un programa televisivo reunía a comentaristas políticos en mesa redonda sobre algún tema de actualidad. La mesa era lo menos redonda posible. Sus comentaristas procuraban pasar la tarde sin discusión alguna, evitaban los enfrentamientos. Cuando uno de ellos discrepaba de otro era para abundar en la misma opinión y exagerar un poco lo que el otro dijera. Y sentaban alrededor a filas de espectadores sin derecho a hacer preguntas, tan pasivos como quienes veíamos el programa desde casa.
     Militantes comunistas, trabajadores destacados, gente de fiar: correspondía a esos espectadores del estudio poner cara interesada. Los mejores actores entre ellos (al fin y al cabo se estaba ante una cámara, era una representación) marcaban los cambios de orador tan incuestionablemente como si se tratara de anotaciones en un partido deportivo. Y celebraban jubilosamente las contadas oportunidades humorísticas que ofrecían los asuntos discutidos.
     En la mesa redonda de esa tarde acompañaban al presidente de la Unión de Escritores los artífices de la política editorial cubana y varios escritores oficialistas. (También el presidente es escritor, malísimo.) Uno de los convocados mostraba un ejemplar abierto de la más importante revista del exilio cubano. En tinta roja aparecían marcadas las erratas de un par de páginas y, de lejos, aquellas páginas lucían tintas en sangre. Los errores políticos de la gente del exilio, sus pretensiones cada año desmentidas de regreso al país, parecían haber alcanzado lo tipográfico. El alfabeto se negaba a ser utilizado por esa gentuza.
     Obligados a chapurrear lenguas extranjeras allí donde vegetaran, los había abandonado ya no sólo la patria, no sólo el idioma materno, sino el alfabeto.
     Los comentaristas de la mesa redonda atacaron el tema de las fuentes financieras de tal publicación. Quitándose uno a otro el turno de palabra, denunciaron la principal fuente de dinero con que un grupúsculo imprimía fuera del país la tal revista.
     “Fuera de nuestra política editorial”, cabeceaban alarmados.
     Y todo apuntaba hacia los servicios de inteligencia estadounidense. Todo era pura Guerra Fría, reverso del oro del Moscú.
     Escritores y funcionarios reunidos en el estudio de televisión no tardaron en acogerse a la autoridad de una especialista inglesa que estableciera los lazos entre la central de inteligencia estadounidense y los intelectuales durante la Guerra Fría. (La Guerra Fría y The Beatles resultaban música imperecedera.) Explicaron la revista cubana como si fuera un episodio más en el estudio de aquella historiadora inglesa. (Luego invitarían a ésta a La Habana y, a fuerza de mesmerizarla, la inglesa se soltó a hablar de la revista de marras sin haber visto nunca un ejemplar.)
     Enumeraron el presupuesto con que contaban en el exilio para hacer la tal revista, quisieron averiguar a dónde iba a parar tantísima plata. Pues si aquel número no había podido permitirse corrector tipográfico, algún otro renglón se inflaba con la mayor parte de tan jugoso presupuesto.
     Indagaciones acerca del origen y destino de una suma desvelaban a la mesa. Y en algunos de sus participantes llegaba a notarse aprehensión por el hecho de que aquel dinero nunca viniera a beneficiar al sistema editorial del país.
     Había sido dispuesto para asuntos nacionales, sí, pero en la orilla contraria.
     La mesa redonda examinó con minuciosidad la naturaleza de los anunciantes que aparecían en las páginas de la revista. Un ministerio cultural extranjero y algunas publicaciones y editoriales salieron del examen cargados de sospechas. Porque, si se codeaban como donantes con los servicios estadounidenses de inteligencia, a la fuerza resultaban cómplices de éstos.
     Agotado el tema de las finanzas y el reparto de culpas, cercana la hora en que tocaba resumir lo dicho durante horas, el presidente de la Unión de Escritores tomó por última vez la palabra.
     “No hay que olvidar”, destacó, “que esta revista de que hablamos tiene su hombre en La Habana”.
     Miró amenazadoramente a la cámara y pareció, por un instante,  que iba a pronunciar el nombre de ese agente, mi nombre.
     Pero se cuidó de hacerlo, puesto que así lo exige el  código de tratamiento de fantasmas.
 
Antonio José Ponte
(Matanzas, Cuba, 1964) Ha publicado los libros de cuentos: In the cold of the Malecon & other stories (City Lights Books, 2000) y Cuentos de todas partes del imperio (Éditions Deleatur, 2000), este último traducido al inglés como Tales from the Cuban Empire (City Lights Books , 2002). Entre sus ensayos destacan Las comidas profundas (Éditions Deleatur, 1997) traducido al francés como Les Nourritures lointanes (Éditions Deleatur, 2000), Un seguidor de Montaigne mira La Habana / Las comidas profundas (Verbum, 2001) y El libro perdido de los origenistas (Aldus, México, 2002). Su poesía está recogida bajo el título Asiento en las ruinas (Letras Cubanas, 1997). Es autor de las novelas Contrabando de sombras (Mondadori, Barcelona, 2002) y de La fiesta vigilada (Anagrama 2007).
LA FIESTA VIGILADA (fragmento)

Antonio José Ponte


     Pronto, con sólo regresar a casa, yo iba a encontrarme enredado en una historia de espías y de fantasmas. En el aeropuerto chequearían minuciosamente cada artículo de mi equipaje, hojearían libro tras libro. El oficial a cargo procuraría hacerme creer que se trataba de pura rutina: para tal examen seleccionaban  aleatoriamente a un pasajero y esta vez me había tocado a mí.
     Como pude comprobar, no lo movía el deseo de apoderarse de ninguna de mis pertenencias. No cayó en el juego de disimular escándalo frente a una prenda para luego quedársela. Pero me pediría cuenta de cada uno de los libros y encontraría tiempo suficiente para hurgar en todo ejemplar que le llamara la atención.
     “¿Por qué tantos?”, quiso saber y, cuando le informé que era escritor, procuró obra que fuese mía. (“Nada propio y nada escrito por autores del exilio”, había sido mi norma al hacer las maletas.)
fotografía:
de la serie
El primer minuto,
de Aitana Guzmán
(Premio de Fotografía La Zorra y el Cuervo 2007)