revista literaria bimensual | año II # 1 - septiembre/octubre de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
jardines invisibles / poesía
Manuel Sosa
LEERLO, PARA NO VIVIRLO
A qué penitencia me arrojará esta página por doblarse
cuando mis ojos se aparten y divisen la silueta
de los árboles
en el soto lejano.
Duele acomodarse ante las luces
que terminan por fatigarnos
tras los contornos de un libro viejo y forzoso.
El círculo que irradian ha sido la representación
del mundo,
donde el brazo noble se refugia
en el brazo falso que nunca blandió hierros.
Duele reclinarse en el diván cuando la causa
del agobio
ha de buscarse sin el acostumbrado énfasis,
sabiendo que faltamos en un bajel o una muralla.
Leerlo, para no vivirlo; imaginar
que fuimos otros
y que propagamos un arquetipo irrebatible.
Las lágrimas, casi reales,
alcanzaron a manchar la hoja
y no el pecho de alguien
que hubiera preferido perdernos
o despedirnos pese a todo.
Nos forzamos a amar paradigmas, por no ser rechazados
y no tener que viciar metáforas.
Nada de heridas tenues o profundas, si mañana
cambiaríamos el rostro y quizás la doctrina.
Leerlo, para no vivirlo; silenciar
el coro de apóstrofes
con una cláusula que hubiéramos podido urdir
de no haberla encontrado alguien
a quien escoltamos
y ansiamos dominar.
La sangre de los otros, el miedo pasajero
y descrito con maestría.
Leerlo, para no vivirlo, y soplar los rescoldos
como quien sabe que su personaje está hecho
de intenciones y expresividad,
y que su ciclo culmina con la cera apagada,
cuando el libro, por fin, se cierre sobre el regazo.
EL CANDIL EN LA CELDA
Es la precariedad de los ámbitos adonde nos destinan
y el escrutinio de las mismas partituras
lo que nos conduce al término
que es la finitud tras una máscara.
Se indaga en vano, la evidencia se escurre
para no dejarse ver jamás.
Se atrapa al numerario, ronzal que le aquieta
entre flores taimadas,
por conocerle.
El desasimiento o la búsqueda, nada se pide
al maestro que nos azotaba en un temblor:
la Proporción Divina se equipara al misterio
sin darnos razón de los flagelos
y sus progresiones.
Nada puede contra su miedo a los claustros,
a las pústulas que asoman en el barniz
cuando dejamos de atenderle.
En cada maestro olvidamos el nombre
y el carmesí que aún mancha los silabarios.
Quedamos en la pregunta, en la celosía
tan breve como el escozor de la propia pregunta.
Apartamos la cortina sin distinguir
quién se despide
o quién suplica ante la puerta.
Por las noches nos atormenta la ignorancia
y la vulnerabilidad de los símbolos.
No saber descifrar el vestigio de la linfa
sobre el papel
ni lo que los rumores pretenden replicar
cuando un aria emerge de las tinieblas
y se aposenta entre tantos volúmenes
que nada explican.
Ilegibles, se van haciendo ilegibles
los registros que se ahogan en recriminaciones.
Volvemos a indagar y nos cruzan el rostro.
Han retirado todas las escalas
y ya no sabemos más, Dios de los espacios,
no sabemos por qué cadalso decidirnos.
Manuel Sosa
(Sancti Spiritus, 1967). Poeta y ensayista. Ha publicado Utopías del reino, Saga del tiempo inasible y Canon. Vive en las afueras de Atlanta.
LA NIEBLA
Cuando falta la venda sobre los ojos
se tienen el calvario y la jactancia.
Y lo que antecede simula anegarnos impunemente:
los días vertiginosos se agolpan
ante la hacienda que languidece y no renuncia.
Queríamos traer, cortar esos árboles helados
para nuestra estacada inútil.
Queríamos demarcar el exacto suelo;
y era la niebla aquel cuerpo insondable
que crecía en derredor, como un dios ubicuo.
En la piedra relumbra la hoja.
En la hoja aguarda el espesor de la sangre.
Niebla rotunda, codiciada por nuestra voz
si le interrogan una vez más, si demandan
otro requiebro.
Nunca decir lo que el coro estimula
cuando borran un trono y dibujan una silla.
Aplausos suspendidos, la tercera vía ilumina,
el guardián tropieza cuando nos ofrece el cáliz.
Nuestra fatiga, que fue construir una estacada
en medio de los vítores, nos hace ceder,
beber extenuados la porción más indigna.
Todo está bien, murmura el copero desde su nicho,
y avanza la legión que no sabe distinguir
entre una piedra y un cepo.
La hoja relumbra antes de cortejar la piedra.
Es la fascinación vertida, que salpica los manteles
y los lazos llamados a permanecer.
Es la inmanencia del deseo, trocada en hartura,
acusadora presea que arrojan a nuestros pies.
No es el roce de un nudo ni la frialdad de un grillete,
pues cada apetito encuentra inevitablemente
sus recompensas.
Todo está bien, murmura el propio rey
que ha descendido un instante
a darnos su venia y besarnos las sienes
antes de que ciñan, por fin,
la venda sobre nuestros ojos.
fotografía:
de la serie
Ah, que tú escapes,
de Boris Vázquez (Boro)
(Mención en el Premio de Fotografía La Zorra y el Cuervo 2007)