revista literaria bimensual | año II # 1 - septiembre/octubre de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2007.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
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antes del alba / narrativa
fotografía:
de la serie
Ah, que tú escapes,
de Boris Vázquez (Boro)
(Mención en el Premio de Fotografía La Zorra y el Cuervo 2007)
ROMANCE ANIMAL

Gladys Abilar


Abrí la ventana del comedor para tantear el día. Eran casi las diez. El sol, más radiante que nunca, me encegueció. Apoyada sobre los codos en el marco de madera sostenía una taza de café. Acerqué mi nariz hacia el humo aromático y sorbí un trago. Permanecí en esa actitud de entrega plena de ciertas fascinaciones.
Las mañanas de febrero en Nonogasta tienen un clima de calma y sensualidad. La brisa inunda la atmósfera en conjunción de aromas florales y de animales en celo. A esa hora de máxima luminosidad el viñedo de enfrente lucía verde muy intenso, rayano en la fosforescencia. Sus racimos en sazón, que anunciaban pronta vendimia, pendían de la parra ahítos de vigor; ubres hinchadas, preñez de nueve lunas.

En medio de ese verdor fulgurante, una pomposa yegua de pelaje dorado como una canela, se paseaba, inquieta y presumida, restregando su figura contra el alambrado que le señalaba el límite. Recorría de ida y de vuelta el mismo camino con desasosiego. Tal vez buscaba una salida. O la liberación de su encierro.
De pronto, un relincho entrecortado con ínfulas de excitación, me sacó de mi hechizo. Divisé a la distancia un brioso semental que se abría paso a trote corto entre los arbustos, desde el otro lado de la valla. Se acercaba. Su cabeza se elevó y las aletas de su nariz latían con ritmo de corazón agitado olfateando la brisa; su belfo superior se alargaba testeando algún sugerente olor que lo enardecía. El instinto lo condujo, le mostró el trayecto, e intentó alcanzarlo. Avanzó exultante aplastando con sus cascos, retamas, jarillas, pichanas y cuanto yuyo se le atravesaba. El cuello erguido, la cabeza siempre en alto, oscilante, atento a cada indicio de placer que la naturaleza le ofrecía. Devoró el espacio que lo separaba de la yegua. Y la encontró.
La hembra pastaba junto al alambrado como si estuviese ajena a la situación y se dejó desear. Sus ancas, florecientes de olores, se contoneaban rozando el poste de algarrobo que delimitaba su territorio. Regalona, fregó su largo cuello en el mismo poste, lenta, insinuante y batió el tupé con gracia. Comenzó una danza feroz de conquista y seducción. Feroz, por el obstáculo que tornaba inaccesible el encuentro. La hembra acercaba sus ancas al cercado en franco convite mientras el macho olfateaba sus aromas. Asediada, volvía su cabeza hacia otras latitudes, mezquinándose, negándose de a ratos y también dejándose cortejar. Jugaba a seducir. Fiel a su condición de hembra, le daba y le quitaba. Caminó unos pasos alejándose de él. Ante la mirada atenta del potro, la yegua meneaba sus caderas esparciendo efluvios de celo. Luego dio un giro y regresó a su lado con trote de bailarina. Agachó la cabeza, traspasó el alambre y la frotó en los sobacos del potro para beber sus sudores. Desafiante, lujuriosa, juguetona, se había erigido en un reto a la conquista.
El semental, envanecido por la gracia que sublimaba su condición de macho, dibujó arabescos en el aire y en el suelo pavoneando su figura de narciso. Su cola, crecida hasta los tobillos, ondulaba al brillo de las crines; ostentación de virtudes. Una pata delantera golpeteaba el piso, insistente, con elegancia, con delicadeza, casi una caricia. El aire se había impregnado de aroma a sexo. Y el sexo del potro crecía, crecía, crecía.
El macho intentaba franquear la valla. Inútil tarea. Apenas logró introducir  su vigoroso cuello entre dos líneas de alambre tensado. Después de esa fatigosa maniobra pasó sus patas delanteras y avanzó con el lomo en tortuoso enredo de cascos, rodillas y alambres. Pero, el miembro erecto quedó enganchado irónica, dolorosamente en uno de ellos. La hembra hizo su aporte: aproximó su sexo túrgido de urgencia al macho que libraba una batalla contra el infortunio. El potro, que resollaba angustiado, se movió con precisión milimétrica, aquella que confiere la naturaleza y el instinto y logró evadirse del tormento. No claudicó frente al fracaso. Reinventó nuevas estrategias para servir a su hembra. Se desplazó algunos metros, alejándose. Dio varios giros pisoteando la tierra con saña, con furia, con  decepción, como si buscara una respuesta al fraude.
Encaró una nueva embestida. Se plantó ante la hembra y pegó el hocico sediento en el sexo de ella. La yegua se aquietó. Se dejó probar. El deseo creció y el semental elevó sus patas delanteras por encima del alambre y se apoyó en el lomo de la hembra, en posición de cópula. La montó; ella reculaba apegándose a él; se ofreció, lista para el apareamiento. Él le mordisqueaba el lomo consolidando su dominio. En esa posición, muy cercana a la del éxito, el potro intentó elevar unos centímetros su miembro para alcanzar, al fin, el objetivo.
El alambre, tenso, insobornable, lo venció.
Sucesivos intentos malogrados no alcanzaron para detenerlo. Se oyó un relincho cortito, visceral, casi un sollozo. Parecía una protesta. Dueño de una iracundia montaraz, el corcel inició una serie de agresiones a la valla. Dio vueltas hacia un lado y dio vueltas hacia el otro, en el mismo lugar, sin alejarse de su hembra, a una distancia prudente para no lastimarla y lanzó una seguidilla de coces al cerco. Altanero, se paró de frente y lo embistió reiteradas veces con el testuz. Parecía querer derribar el mundo. Pero el cerco no cedía. Las fuerzas del potro ya no eran las mismas, ni su libido ni sus ganas de pelear. La lucha frenética por vencer el obstáculo lo estaba distrayendo de su objetivo principal. Quizá su miembro, sensibilizado después de tantas embestidas, se había resentido.
El potro aún no resignaba sus deseos. Destinó unos minutos para pastar  cerca de su prenda, con la mirada en ella siempre atenta. La yegua, que tenía menos inconveniente para atravesar el alambre con su cabeza, pastaba del otro lado, junto al macho. De vez en cuando sus hocicos se juntaban, se olían, se probaban; se descubrían. De nuevo. Entonces el ritual comenzaba una vez más. Danza erótica, exacerbada por la dificultad.

El paso lento de un camión cargado con uva moscatel cercenó la imagen que mis ojos recorrían con ansias. Con angustia.
Cuando logré recuperar la escena, ambos estaban quietos, juntitos, ¿exhaustos?, con sus cabezas bajas. Compartían la imperiosa resignación.
Un silbido que pretendía emular las notas de un vals se oyó a la distancia como arpegios en la garganta de un jilguero. El capataz de la finca atravesaba la tranquera silbando la “Loca de Amor”. Se aproximó a la yegua. Palmeó sus ancas y revolvió sus crines con gesto cariñoso. Le puso freno, riendas, pelero y montura, y se la llevó.
Desaparecieron a través del viñedo.

Han pasado muchos años y el peso de la culpa aún está vivo. Nunca sabré por qué no seguí mi primer impulso: cruzar la ruta y cortar con una tijera el alambre terco que se oponía al amor.
Gladys Abilar
Ingeniera Agrónoma; Máster en Paisajismo. Profesora de Música. Sus textos aparecen recogidos en varias antologías. Recibió numerosas distinciones nacionales  e internacionales, entre ellas la Faja de Honor de SADE. Asistió al Encuentro de  escritores en Guadalajara, en Montevideo, en Punta del Este, de la Globalización en Buenos Aires. Publica en diversas revistas literarias. Corresponsal de  la revista literaria uruguaya De las Dos Orillas.