revista literaria bimensual | año II # 1 - septiembre/octubre de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
letra con filo / ensayo
Fotografía:
Eliseo Diego
Ronel González
(Cacocum, Holguín, 1971). Poeta, investigador y escritor para niños. Miembro de la UNEAC y de la AHS. Ha obtenido numerosos premios nacionales e internacionales. Es autor de la investigación en proceso editorial Diccionario de autores de la décima cubana. Ha publicado varios libros, entre los que se destacan: Desterrado de asombros (Ed. Letras Cubanas, 1997), Zona franca (Eds. La Luz, 1998), Consumación de la Utopía (México, 1999), La furiosa eternidad (Eds. Unión, 2000), El Arca de No Sé (Ed. Oriente, 2001).
Reside en Cuba
ELISEO DIEGO: UNA CONVERSACIÓN EN LA PENUMBRA
por Ronel González
Un poema no es más que
una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido, y cruje
afuera el hondo bosque; un poema
no es más que unas palabras
que uno ha querido, y cambian
de sitio con el tiempo, y ya
no son más que una mancha, una
esperanza indecible,
un poema no es más
que la felicidad, que una conversación
en la penumbra, que todo
cuanto se ha ido, y ya
es silencio.
Eliseo Diego
Fijos los ojos en el papel en blanco, el hombre se pregunta por su origen inscrito en el umbral de la memoria. Le preocupan los símbolos en fuga en un ámbito ajeno, intemporal. Le preocupan las formas, las huidizas conversaciones frente a la penumbra. “todo está escrito ya, mío es el pánico, el horror que regresa, los espejos”. Un hombre es su costumbre. Las inmóviles emanaciones que el azar devuelve lo visten de metáforas sin época, lo traicionan. Un hombre no es el diálogo que sucede después sino el principio de lo que se destruye, lo que emerge de las ruinas como si fuera el único habitante del sueño. La intemperie y el hombre son lo mismo: un subterfugio para borrar los ecos que se adueñan de la Calzada humilde donde sólo nombrar las cosas entra en lo posible.
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En el prólogo a la Obra poética de Eliseo Diego, el ensayista Enrique Sainz señaló: “[...] este hombre [...] se pasó la vida queriendo consolarse de lo incomprensible, de esas preguntas que no lo dejaban existir en paz y de la conciencia de la fugacidad que tanto entristeció sus días”. (1) y nada resume mejor la angustia creativa del autor de ese clásico de nuestras letras que es En la Calzada de Jesús del Monte (1949), libro publicado cuando el autor tenía veintinueve años que no sólo anunció los rumbos que habría de seguir el poeta, sino que inauguró una forma muy original de aproximarse a la realidad y de transmutarla en concreción lírica.
Eliseo Diego (La Habana, 1920-México D.F, 1993) es una de las grandes voces de la poesía cubana del siglo XX que, desde muy joven, dio curso a sus inquietudes literarias, primero a través de la revista Clavileño (1942-1943) de la cual fue miembro del consejo de redacción y después desde Orígenes (1944-1956) revista del grupo homónimo del cual sería fundador y que le permitiría acceder a lo más acendrado de la cultura universal.
Orígenes significaría para Eliseo el descubrimiento de esencias de la patria y la consolidación de un discurso que aspiraba a “atender en toda su pureza” - como señaló en el prólogo de Por los extraños pueblos (1958) y después subrayó en varias oportunidades.
Intentar la comprensión del ámbito en que el hombre dialoga con los objetos y los trasciende a través de la palabra poética es una de las aspiraciones de este creador cuya obra, según sus propias palabras, nos remite al mito del Paraíso Perdido. “ Mi oficio es atisbar con terca atención lo que está dentro de cada cosa, y sorprenderlo con astucia y cariño para travasarlo, como a un polluelo de su nido roto a otro seguro, del tiempo que se va a la palabra que no pasa”.(2) Atento a la inmanencia de las cosas y a su diversidad en el cosmos, Eliseo integra en su poesía la dispersión del universo en un todo coherente que, a diferencia de Lezama, nombra las cosas situándolas en el misterio del tiempo y la memoria, pero estableciendo una relación, llamémosle amorosa, con los fragmentos en perpetua fuga.
Si Lezama transfigura el símbolo para crear nuevas concurrencias significacionales, Eliseo instaura un orbe indemne salvado de las destrucciones del devenir; si Lezama es el Tántalo condenado a la intelección permanente, a la fundación de una ontología de la trascendencia terrenal y semántica, Eliseo es el Merlín que transforma el desorden habitual en realidad fecundante, lo innominado en reformulación telúrica y espiritual.
La poesía como “fidelidad” y como “obstinada decisión del alma”(3), según el propio poeta surgió en él como una necesidad, frente a la pérdida de la inocencia.
A modo de simple ejercicio, y con la advertencia de que ahora marchamos a tientas, diré que el tiempo de mi vida en que la poesía era un regalo cotidiano fue justamente aquel en que ni siquiera tuve conciencia de ella; en que simplemente la respiraba. Se trata de ese curioso fragmento temporal en el que el mito del Paraíso Perdido toma cuerpo visible, la tan traída y llevada infancia. (4)
Respuesta y resistencia frente a lo perdido, la obra de Eliseo devela un espacio inmóvil para dar vida a las partículas integrantes de esa totalidad.
En un texto deslumbrante como “El primer discurso” de su libro más logrado, “la principal costumbre de recordar” funciona como una especie de declaración de toda la obra del poeta. Instaurar el ser con la palabra, concepción argüida por Heidegger,(5) adquiere en Eliseo la cualidad de esencia. Recordar no es, por lo tanto, un acto pasivo ni mucho menos, sino que permite fijar la sustancia arquetípica vinculada indisolublemente al pasado, pero revitalizada, renombrada por el hombre que permanece en comunión con el Misterio.
“El primer discurso” anuncia una poética de la memoria creadora, aliada del mito”(6) como bien conceptualiza el ensayista Jorge Luis Arcos en su excelente libro Orígenes; la pobre irradiante, porque este poema resume casi todas las características de la obra del poeta.
Ese ritmo despacioso a través del cual se expresa la observación del mundo, la preferencia por el verso de arte mayor, el empleo constante de recursos retóricos como la personificación, la imagen, la metáfora y en menor medida el símil; el predominio de la tonalidad lírica serena y una actitud lírica de interiorización, la utilización de la gradación como recurso de composición, son rasgos estilísticos de esta poesía donde la reiteración desempeña un papel fundamental en la arquitectura del texto, para hacernos partícipes de una vastedad primigenia de sombras, formas, penumbras, tinieblas, polvos, sueños y recuerdos, motivos que se repiten a lo largo de toda su obra y que son ordenados cuidadosamente por el artífice.
La realidad de En la Calzada de Jesús del Monte, donde transcurrió la infancia del poeta, es extraída de las ruinas de la memoria y situada ante nuestros ojos metamorfoseada, transfigurada por la palabra de Eliseo que descubre relaciones profundas entre un trascendente reino mítico cristiano y los días de su niñez.
Ese “ruido de las aguas que hacia el origen se apresuran”, captado en uno de los versos más luminosos del poema, no es una casual alusión al Génesis bíblico sino una referencia al paciente trabajo del poeta que se enfrenta a la noche germinativa con las herramientas de la luz para diseccionar ámbitos y fundar un cuerpo en tensión constante, cuerpo de reordenación que se erigiría como uno de los instantes más sólidos de nuestra poesía.
Las cosas, renombradas por el demiurgo Eliseo, rebasan el pasado al que pertenecen y se integran a las secretas relaciones espirituales de la realidad. Al decir de Cintio Vitier, su mayor exégeta:
El hallazgo fundamental de este poeta [...] es el pasado, no en su sentido de pérdida, sino de consumación o consagración: el pasado en cuanto se fija en la memoria mediante una sustancia distinta y preciosa que tal vez estaba oculta en su propio acaecer cuando se convertía en sueño, polvo, nada; o tal vez le haya sido conferida por su misteriosa distancia interior que hace del tiempo un espacio del espíritu. (7)
La apropiación de la caducidad y su consiguiente transubstanciación en el poema, es una de las grande preocupaciones del poeta que restituye la armonía perdida en los portentosos paisajes de su obra.
Uno de los poemas más significativos de Eliseo, el titulado “El segundo discurso: aquí un momento”, no sólo corporiza las grandes preocupaciones del poeta y los rasgos generales de su obra sino que armoniza una vastedad de elementos que para mí lo convierten en uno de los textos más intensos de la lírica cubana.
El eficaz empleo de la personificación que humaniza un universo extático, la enumeración y la reiteración que conforman los diversos apartados significacionales del poema y subrayan la intensidad expresiva del mismo, la utilización abundante de la anáfora y la epífora, junto a recursos retóricos ya mencionados como generalidad de su poesía, organizan la orquestación interna donde la intensificación semántica remite a las características del discurso como expresión de la oratoria y, a la vez, instaura en el espacio del poema largo “selladas jerarquías” autónomas.
La profusión de motivos de permanente recurrencia en su poética como la muerte, la pobreza, los espejos, la imagen, el velorio, unidos a los ya mencionados (el tiempo, la noche, la memoria, el sueño y el polvo) se suceden y adquieren matices afectivos debido al tratamiento del tema y el lenguaje. Permítaseme citar in extenso uno de los fragmentos de mayor intensidad del poema, donde aparecen algunas de estas constantes.
Como el oscuro tedio nos reunía
en la cerrada estancia de su polvo
alrededor de la pobreza suma.
Y su paciencia nos empobrecía
las ilusiones fastuosas de la cena,
este lujo del sueño por mis ojos.
Pobres, solemnes pobres, ya veían
el alba cenicienta de las cosas,
la estrechez de mi lugar, la noche,
aquella inseparable jerarquía
de la madera, la voz y el arduo fuego
en la redonda isla del velorio.
A la salida, qué distintos,
qué limpios, qué recientes eran
recordando la calle solamente,
su aspereza filial, su extraña lumbre,
su temblorosa realidad naciendo.
En este poema las diversas combinaciones métricas, basadas, sobre todo, en el heptasílabo y el endecasílabo, le otorgan un ritmo especial que intensifica la relación causal entre las unidades compositivas. Por otra parte, el mismo empleo de la reiteración es un recurso que produce sonoridad y subraya los valores semánticos del texto.
Otros poemas emblemáticos de la obra de Eliseo Diego son los titulados “Voy a nombrar las cosas”, “El sitio en que tan bien se está” (de En la Calzada de Jesús del Monte), “Oda a la joven luz”, “Testamento”, “Pequeña historia de cuba” (de Los días de tu vida), siendo el último texto mencionado una especie continuidad del tema de la cubanía, consustancial a los poetas de Orígenes.
De todos estos títulos subrayo sobre todo el que mejor define la poética de Eliseo “Voy a nombrar las cosas”, poema concebido en cuartetos endecasílabos, acompañados por un dístico, donde el autor emplea un lenguaje afincado en la tradición cristiana (“interior sagrado, “humilde cáliz”) y apela a otras construcciones de linaje bíblico (”la nocturna madera de mi cuerpo”, “la pobreza del lugar”, “la compasión del fuego”, “el sacramento gozoso de la lluvia”, “el Paraíso de mi calle”, etc.)
El empleo del encabalgamiento y de la reiteración aquí también dan al texto un ritmo y una sonoridad marcados, aspecto en el que participan el predominio del endecasílabo enfático y la utilización de la rima consonante en los versos pares a la manera del romance.
La creciente potencialidad comunicativa, alcanzada gracias a la articulación de todos los elementos componentes del texto poético y al especial empleo de los verbos en presente y en futuro del indicativo, hacen de “Voy a nombrar las cosas” una verdadera joya de la lírica nacional.
Abundantes adjetivaciones y reiteraciones para esa “destrucción de lo innominado” que persigue el poeta, y el uso de la personificación, humanizan el caótico universo que integra en su poesía.
En sentido general, la obra de Eliseo, empeñada en captar los pequeños y comunes momentos de la realidad, para devolverlos a la armonía universal, establece una entrañable comunicación con el lector que participa activamente en este vasto orbe de luces y sombras, de muerte y de vida, donde triunfa la poesía como fidelidad y como apresamiento de lo ininteligible.
La intención del poeta de “conversar en la penumbra” con el otro y conducirlo hacia las esencias de su obra, es uno de os mayores logros de esta resistente escritura.
[...] mi poesía no ha sido -asevera en un texto sin dudas supratemporal del Libro de quizás y de quién sabe- la poesía del destierro, la de sus angustias y también sus esperanzas; sino más bien la del camino y la nostalgia, que es como decir del tiempo y la memoria: a esto he aspirado sin alcanzarlo nunca.(8)
Tiempo y memoria, contrario a las ideas del poeta, son dimensiones aprehendidas en su poesía que otro gran intelectual, miembro de Orígenes, Cintio Vitier, estudió y comprendió magistralmente a través de varios textos dedicados a la exégesis de la obra del autor de En la Calzada... Veamos sus palabras, que cito in extenso, debido a la precisión del ensayista:
El estilo en las costumbres, la nobleza de las palabras y los ademanes, el misterio de los sitios que la familia satura de intensidad y de saber, todo ello aparece en sus poemas como testimonio ejemplar de la existencia recta y trascendente, que a cada paso actúa reconociendo otros poderes. El hombre no es un sueño inocente e irresponsable sino, al contrario, una enorme responsabilidad minuciosa que ha de dar cuenta, no sólo de sus pensamientos y sentimientos, sino de la forma como hace pasar al mundo por sus sentidos. [...] no se trata aquí del esteticismo formal, sino del acto de ofrecer, con las manos a la vez limpias de negligencia y presunción, una imagen salvada de lo más difícil y huidizo: de los secretos sabores que teje la patria íntima, el hogar velado. Las formaciones del tiempo y el espacio, de la historia y el polvo, tienen para él consistencia divina y se convierten en dones ungidos por un óleo solemne. (9)
(1) Sainz, Enrique: “Prólogo”, en Obra poética, p. 12.
(2) Diego, Eliseo: “Oficios”, en Libro de quizás y de quién sabe, p. 101.
(3) Diego, Eliseo: “Esta tarde nos hemos reunido”, en Prosas escogidas, p. 286.
(4) Diego, Eliseo: “Poética sin grandes esperanzas” en Libro de quizás y de quien sabe, p. 86.p
(5) Heidegger, Martin: “Hölderlin y la esencia de la poesía” en Arte y poesía, p. 137.
(6) Arcos, Jorge Luis: “El callado frenesí de Eliseo Diego”, en Orígenes; la pobreza irradiante, p 167.
(7) Vitier, Cintio: Cincuenta años de poesía cubana, p. 357.
(8) Diego, Eliseo: “Poética sin grandes esperanzas”, op. cit, p. 86.
(9) Vitier, Cintio: “Recuento de la poesía lírica en Cuba; De Heredia a nuestros días”, en Crítica 1, p. 30.