revista literaria bimensual | año II # 1 - septiembre/octubre de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
letra con filo / ensayo
Ignacio T. Granados Herrera
(Ciudad de la Habana, 1963) Escritor, poeta y traductor. De 1993 a 1995, publica poemas en diversas revistas culturales de Cuba, Chile y Puerto Rico. Dirige el proyecto editorial Ediciones Itinerantes Paradiso, en el que ha publicado diversos poemarios y ensayos. En 2004 tradujo El Diamante de la Hierba de Xavier Forneret, y Textos de los Complementos a Gaspar de la Noche, de Aloysius Bertrand; es autor del libro de ensayos La Torre de Marfil, sobre el romanticismo francés.
LAMENTACIÓN DE BORGES
Por Ignacio T. Granados Herrera
Una de las más esplendorosas construcciones del esplendoroso Borges, sería sin dudas su famosísimo Poema de los Dones; pero no justo por la obviedad de su rima, espesa y grácil, aunque ya eso es bastante gloria; sino por su sentido profundo y existencial, su hondura trágica y hasta sabia, su parquedad en ese sentido. Aclaremos eso, porque tampoco se trata de la obvia profundidad existencial de su anécdota; que aunque también es trágica, por lo paradojal, admite un descenso más profunda todavía, siquiera por su nivel de alcance. Imagine alguien, por un momento, la ni tan remota posibilidad de que Borges mismo fuera esa larga y honda biblioteca ciega; el sentido de un verso, en el que dice vivir desandando los confines, entonces de sí mismo, adquiriría otra gravedad. El ejemplo de Tiresias sería preclaro, y teñiría de desgracia esa experiencia, que ya era dramática; pero es plausible, porque Borges mismo era la Biblioteca de Babel, que también él regía. Entonces, en el momento mismo de la sabiduría, Dios le niega la posibilidad de renovación; justo porque no puede acceder a más lecturas, no a más conocimiento, que sólo redunda en su erudición, ya proverbial. Se trata de que la lectura es un acto privado, de soledad, místico y pleno de trascendencia; que le fue negado, teniendo que conformarse con la generosidad de algún devoto, que accede -pero quién se negaría- a suplir su indigencia leyendo para él. No en balde, el pobre y riquísimo Tiresias de la leyenda esperó persistente su redención; y no sólo eso, sino que la disfrutó agradecido, como no pudo agradecerlo Borges mismo, esa biblioteca.
Probablemente eso explique una intención suya de matar a los dioses, que se aprestan al regreso; porque él, sólo él, les ve las deformaciones congénitas que han adquirido. Será pecado enumerarlas, un pecado como el de Aracne, por ejemplo; pero deben consistir en una irresolución de Atenea, que no trasciende en hijos, rechazando la pasión bestial de Vulcano; o la de Apolo, que con su sentido más práctico, como arte antes que reflexión, parece que trasciende, pero para ver la muerte de sus hijos; como verá el repudio de la virgen, que descalza sólo accede a convertirse en el laurel de las victorias pero no a ser amada por él; o el aprovechamiento prostituto de la sacerdotisa de Troya, por la que castigará al pueblo más que a ella misma, vertiendo el descrédito sobre sus vaticinios. Algo así de horrible deben haber sido aquellas deformaciones congénitas, para que Borges no consintiera en el regreso; y entonces la venganza, la humillación, en que le conceden esa larga y honda biblioteca que desandará fatigable, porque es un hombre al fin.
La comparación es posible, porque por algún raro azar, parece que Borges era su propio canon estético; contrapunteando al mismo Lugones del que copia la maestría narrativa, hallando las sutilezas más perdidas que relacionan a los relatos míticos entre sí; todo eso, pero sólo el memorioso funesto. Quizás no tenía retorceduras espantosas como para no resignarse, pero el conocimiento grandioso conduce a la comprensión; es el reconocimiento de la maestría de Dios, sin lágrima ni reproche, respetuosa como el de Job pero más suficiente; porque él sí sabe la existencia del Behemot, por ejemplo, y conoce la historia de Lot, la escalera con que sueña, y a leído la historia de la mujer de Lot de su maestro propio y peculiar. No se trata de si él cree o no cree en esas cosas, sabe que existen, que al menos han sido imaginadas; por eso son ya posibles, y esa sola posibilidad es terrible, y el problema de su consistencia respectiva es banal y secundario. La vida de Borges, como un libro de arena, no tendría así fin ni comienzo; él habría sido imaginado en algún templo derruido, en el que sueña un forastero, y es la víctima de su propia conspiración.
Fotografía de Jorge Luis Borges