revista literaria bimensual | año II # 1 - septiembre/octubre de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.




No es extraño entonces que se diera ese experimento absurdo de la creación de las élites intelectuales, sino muy lógico; sólo que la información no hace a la facultativa inteligencia, como no bastó la Matemática a Descartes, ni al mismísimo Kant, para explicar la vida. No es que la vida no sea racional, sino que su racionalidad podría ser otra, distinta; una que, por ejemplo, comprenda no sólo lo humano, sino también la inhumanidad de lo natural; y no sólo lo histórico, sino también lo prehistórico, y hasta los elusivos lazos en que se engarzan ambos. Digresiones aparte, el estímulo intelectual constante, sin dudas segregaría una élite, obviamente intelectual; pero de una intelectualidad inducida, hosmósica, y por ende, como la aristocracia en sus últimas generaciones, mimética y fatua. Que todo eso es naturalmente moderno, y no estrictamente socialista, lo demostrarían intentos burgueses en ese sentido; como el de Lezama Lima, que pretendía guiar la formación en la academia virtual del Curso Délfico -él asumía saber, como los profetas y los indiciarios católicos, qué lecturas y en qué orden eran correctas-, para lograr el genio esplendente y genérico. Que, de Descartes a Lezama Lima, la inspiración sea el idealismo platónico, también lo probaría; y también, y cómo no, el que en plena Contrarreforma católica, los jesuitas y las órdenes tradicionales se abocaran a la formación de los políticos; todos en ese mismo sentido platónico, que debemos a San Agustín, para más INRI.
El problema surgiría por la afectación que esa élite, artificialmente segregada, inflige a las prácticas del arte, tanto como a su apreciación y comercio; lo que también excedería al modelo extremo y reclusivo del socialismo llamado Real, para producirse en todo el ámbito moderno, aunque en modos menos obvios. Sería así que se imponga el Realismo, pero no ya en el valor legítimo de la forma descarnada y brutal; sino en ese otro valor algo espurio, en que carente de la inteligencia para concebir la abstracción de otro objeto, el escritor medra en la banalidad de su entorno. Véase cómo, en el criticismo francés, originario, y el ruso, apoteósico y denso, la realidad abruma con sus tragedias culminantes; en las que el matiz de patetismo sólo adecua las intensidades arquetípicas del mito clásico, pero todavía es catártica y concluyente, de Messié de Rastignac a madame Karenina. En cambio, en las apologías socialistas o la mediocridad proletaria -pero el proletariado es la burguesía depauperada y protestante, no el lúmpen inorganizable, según Marx, en clase-, en esos la realidad se diluye en lo común; y se fabrican entonces argumentos substanciosos para el fraude simple, acudiendo a la beatería infantilista de la doctrina católica; de modo que se confundan pureza e inocencia con tontería y logofrenia, con los elevamientos del vulgo a lo más excelso.
En ese descenso, que no por suave deja de serlo, no deja de deslumbrar la eventualidad repentina de un genio; que pronto, ¡ay!, corrompido por la magnitud de un ceremonioso feed back, mengua sus aguas caudalosas en marginal arroyuelo. También el maestro, que no más ver en lontananza los mármoles que le esperan, se marmoliza antes de tiempo; muriendo entonces la muerte trágica del amante despechado, que insiste en jurar por la inconstante luna antes que por su gracioso cuerpo; de modo que, harta cual Julieta ante pusilánime Romeo, deja Dama Poesía de amarlo, abandonándolo con cualquier justificación. Del primer caso, el ejemplo sería el mito de Reinaldo Arenas, y del segundo un tal y muy histórico Heberto Padilla, pero ese es otro cuento. El caso de Arenas, probablemente sea más patético, por la falta de consecuencia entre el debut y el final; pues, nuestro protagonista, surgió a la luz con una novela novísima, que estrenaba recursos dramáticos con una originalidad de pirueté con fondo de Overtura in Creshendo; pero apresado en los márgenes de su genialidad, perdiose en los meandros de lo superficial y el falso trascendentalismo de lo histórico.
Arenas quizás sea el tránsito más triste al pobre realismo común, con oropeles de trágico surrealismo; y alcanzando a deslumbrar al mundo devino en mera franquicia comercial, a la que más valía atribuirle el genio para no envolverse en desmentidos. La prueba está en su bibliografía, con títulos que descienden más raudos que Faetón el ígneo; con nubosas escalas de prolija información histórica, es cierto, pero sin otro aporte formal que su misma y repetida biografía. De pronto, como una ofensa innoble a la creatividad de Dios, que argüidamente emula, el mundo se reduce al drama propio por vías del Realismo Banal; y en un juego de puyas y mezquindades, como de viejita que borda con sus vecinas, sólo reparte y recibe injustos y compulsivos epítetos. Como estigma, para que se recuerde lo que fue y no lo que pudo haber sido, la vieja corona retiene algunas perlas destellantes; y acá una farsa y allá una relación fortuita, remarcan con su contraste luminoso la pobreza general, que es de aristócrata ruso en el exilio, total.
Respecto a Arenas, primero, la prueba del genio, que no por fugaz es menos verdadero; como en esa farsa con que comienza su autobiografía, y en la que relata la absurda coyuntura de la contradicción que le preocupa, y que es política. Una exaltación así, cómica como divertimento, sólo la hay en la interrupción con que Cabrera Infante parodia la retórica de intelectuales cubanos, con el motivo improbable de la muerte de Trosky; y el parámetro es alto, altísimo, como que relumbra en el récord mismo del Infante también difunto. La prueba de su mediocridad, no es sólo la retahíla de sus noveletas pobres, en que termina con remedos de payasería; más perentoria relumbra en una escena falaz, que remitiéndolo a sus propios arquetipos destaca su pobreza contumaz.
Esto es algo especioso, y requiere algunos datos, por lo tremendo además del juicio. La escena es la de una cena, y se encuentra en la noveleta La loma del ángel, en que parodia a Cecilia Valdés, un clásico nacional; y es importante por la referencia a una obsesión poética, como la reproducción por Lezama Lima de la escena original del libro clásico. Esta última referencia se saca, por triangulación, de la recreación por Senel Paz de la personalidad gravitacional de Arenas; que se encuentra en su cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo, y en el que se alude a la “cena lezamiana” como el objeto estético de Arenas. En Lezama, la escena forma parte de su novela mayor, Paradiso, y es uno de sus mejores hallazgos; escrita con una densidad más burguesa que barroca, pero todavía barroca, hasta parecer un modelo plagiado por Apolonio de Rodas en Las argonáuticas; no lo opuesto sino exactamente eso, un plagio perpetrado por Apolonio en el pobre de Lezama, para relatar aquella visita de la de los ojos de lechuza y la del divino peplo -se imaginan que la virtud de Hera es poseer un divino peplo y no alguna virtud prodigiosa, como si se tratara de cualquier loquería- para pactar con Afrodita un destino de Jasón.
De vuelta a Arenas, la recreación prolija de Lezama pierde floritura en la burla procaz, y la cena termina en una comilona esperpéntica y sin sentido propio; en la que, además, por causa del Realismo Banal, la prosa deviene en una sequedad funcionalista, que la reduce a la misma y pobre anécdota. Otros ejemplos hay en Arenas, en su misma autobiografía, que pierde sentido en el prolijo anecdotismo; como aquel relato genial de la muerte de Virgilio Piñera, que vuelve a colocarlo a la altura de Cabrera Infante por su hilarante solución del conflicto; real en la esencia que pretende y logra, mas obviamente ficticio en los detalles que eficiente le incorpora para la recreación. Pero ese destello se estrella con la otra escena del mismo libro, en que Virgilio quema sus poemas geniales; que termina con una irrupción de la policía, probable, porque en Cuba todo es probable, pero de realidad patéticamente exagerada. En esta última, por ejemplo, lo de menos es el carácter carcelario de la cultura cubana, que ya es habitual y por eso aburrido; lo de más sería que, frente a ese teatralismo de Piñera, que siempre fue teatral en su loquería, se otorguen signos de trascendencia a su quema de su propia poesía; lo que sólo recalca la fatuidad de aquellos egos ensalzados por la política cultural, como si la poesía no hubiera existido antes de ellos, y peor aún, como si no los sobreviviera. Esos serían los tortuosos caminos del Realismo Banal, en que devino no sólo la cientificidad del Socialista; sino que, también, esa pobreza intelectual de la triste hidra, que espejeando en el escudo de Atenea como que friza a los prometidos genios.
letra con filo / ensayo
Dentro de la compulsión cientificista del Marxismo, la política cultural cubana se dio a la creación de sus propios intelectuales; lo que no es extraño, desde la revelación inicial de la Razón como valor absoluto, que es propia de la Modernidad. El mismo Compte, con esa fe evangélica de los iluminados, fue espontáneo e ingenuo como para revelar sus falencias; proponiendo a la Filosofía como sustitución funcional de la Iglesia, en su institucionalidad, igual que Descartes le concediera crédito positivo al sumun de todos los sentidos, el tan desconocido común. Triunfo de Compte será la autoridad con que las universidades conceden diplomas de mediocridad, para encorsetar los reducidos genios; y triunfo cartesiano el fanatismo ateísta, que más creativo que el Budismo hasta persiste en las liturgias y los ritos de iniciación, aunque lo disfrace de procesos psicológicos. Así, más tarde, el llamado Socialismo Real sólo realizaría aquellos presupuestos fabulosos; desde el gulag terrible y espantoso de Tomás Moro, que parece un octavo círculo, y hasta al superhombre de Nietzche, que nos viene con la magia del hombre nuevo.
REINALDO ARENAS, O LA BANALIDAD DEL REALISMO
por Ignacio T. Granados
Para Carlos Pintado,
porque las deudas de honor son amorosas.
Fotografía:
Reinaldo Arenas,
por Lázaro Gómez Carriles
Ignacio T. Granados Herrera
(Ciudad de la Habana, 1963) Escritor, poeta y traductor. De 1993 a 1995, publica poemas en diversas revistas culturales de Cuba, Chile y Puerto Rico. Dirige el proyecto editorial Ediciones Itinerantes Paradiso, en el que ha publicado diversos poemarios y ensayos. En 2004 tradujo El Diamante de la Hierba de Xavier Forneret, y Textos de los Complementos a Gaspar de la Noche, de Aloysius Bertrand; es autor del libro de ensayos La Torre de Marfil, sobre el romanticismo francés.