revista literaria bimensual | 6ta entrega - julio/agosto de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
narrativa
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En la casa de la familia Sánchez se llegaban a tomar hasta cuatro tipos de cafés diferentes, según el paladar.
Amparo tomaba el café normal mezclado con torrefacto. Ricardo era muy cafetero y le gustaba el colombiano natural oportunamente cargado. Todo lo contrario de su hijo, que utilizaba el descafeinado para hacerse, según toda la familia, cafés sin vida.
En cuanto a María, era la más cafetera y la más sibarita. Se compraba varios tipos de café en grano, Colombia, Brasil, etc., los mezclaba a su gusto y los molía justo antes de preparárselo. A diferencia de los demás, que guardaban sus respectivos cafés en la despensa, ella lo hacía en la nevera y algunos especiales incluso los conservaba en el congelador.
Eulalia era aficionada a tomar todo tipo de tés y de infusiones; según la hora del día tomaba uno u otro. Cuando se levantaba prefería un té negro con algún aroma. A medio día le gustaba intercalar el té jazmín con el té a la menta. Por la tarde y por la noche prefería las infusiones de manzanilla, de tila o cualquier tisana.
Una vez acabadas de rezar sus diez primeras avemarías, María se levantó lentamente de su posición y con su propia lentitud se dirigió a la cocina para preparar el desayuno. A los pocos minutos se deleitaba saboreando intensamente su café con leche. Había cerrado los ojos para apreciar más profundamente su aroma y su gusto. Pensaba en su añorado esposo y cómo este empezó su andadura profesional en aquel destartalado pueblo del interior de solamente ciento sesenta y ocho familias. Sus recuerdos la llevaron fuera de la frontera de la barrera del tiempo, cuarenta años atrás. Empezó a mover sus labios dando la sensación de hablar con una amiga invisible; en realidad lo hacía: hablaba consigo misma.
-Solamente habían transcurrido dos meses desde que mi Ernesto terminó sus estudios de medicina y ya nos habíamos trasladado al pueblo. Allí, alejado del mundo, encumbrado a modo de pesebre, colgado eternamente en la montaña, con sus empinadas callejuelas y sus inclinadas bajadas. Los primeros años los pasamos en una sencilla casa labriega situada justo al lado del Ayuntamiento. Al menos tenía todas sus incomodidades, pero éramos jóvenes. En un principio, los lugareños nos miraban con cierta perplejidad, se preguntaban cómo dos mozalbetes de ciudad estaban dispuestos a vivir en un lugar con tan pocas distracciones. Ya se sabe cómo son en los pueblos, y más los de montaña, sesenta años atrás. Nos costó conectar con ellos. Sin embargo, con mucha paciencia y tesón, los aldeanos, viendo nuestra buena voluntad, nos fueron aceptando pausada y lentamente. Fue vistiéndonos despacio11, que al final, por buen hacer, el viento en popa nos llevó a buen puerto12. Aún recuerdo sus primeras consultas. Un resfriado, una hemorragia nasal producto de una coz de asno, una mala digestión; y la consulta que siempre pensé que nos abrió definitivamente los corazones de sus habitantes -moduló su voz, se aclaró la garganta, levantó sus cejas y posteriormente cerró los ojos metiéndose nuevamente en su historia-. Os explicaré cómo fue: era bien entrada la madrugada cuando nos despertó el grito desolado de un granjero. Se llamaba Manuel, en paz descanse:
-Doctor, doctor, ayúdeme. Necesito su ayuda -imploraba desolado.
María moldeó su voz para parecer a la de Manuel.
-Doctor, que mi Manuela está de parto. Si no recibe ayuda, morirá. Venga rápido, por favor…
-Ya va, ya va. Cojo el maletín… -teatralizó María la voz de su esposo.
Salió corriendo de la casa con los pantalones del pijama puestos, una gabardina encima de la espalda y un bufido en la boca. Tenía el corazón en un puño. Pasaron muchas horas hasta que oí voces en la calle. Me asomé por la ventana y vi a Ernesto con una gallina bajo el brazo derecho, a Manuel con su izquierdo rodeándole el cuello y con el otro ocupado de una gran canasta repleta de huevos frescos.
He olvidado cómo trajeron la fruta y la verdura. Aquel había sido el primer parto y todo había ido a la perfección. Manuel estaba más risueño que unas pascuas13. Iba voceando que en su honor le llamarían Erny, un nombre precioso para un potro. Manuel había llamado a Ernesto ya que el veterinario, precisamente aquella noche, estaba en la
ciudad, y a alguien debía acudir. Gracias a ello, pasaron dos cosas importantísimas.
A partir de aquel mismo instante, y en un santiamén, todo el pueblo nos aceptó como uno más de ellos; y, la otra, para mí más importante, nació una hermosa relación entre Manuel y Ernesto.
Cuando el trabajo se lo permitía, donde iba uno, estaba el otro, juntos, radiantes, unidos como hermanos. Parecían uña y carne14.
Cerró los ojos recordando el pasado:
-Mi estimado, fue el padrino del primer hijo de Manuel. Lo bautizó Juan Ernesto sellando su verdadera amistad. Las dos familias queríamos al pequeño infante como un hijo. La suya, por serlo. La nuestra, por considerarlo.
María recordaba aquellos años tan felices mientras miraba su humeante café con leche. Parecía leer el fondo de la taza. Entre sorbos continuó su historia:
-A mi querido Ernesto todo el mundo en el pueblo lo trataba de Don; era una gran distinción que solamente recibían las más altas personalidades y fuerzas vivas.
Dejó la taza del café con leche encima de la mesa y cogió un pañuelo para secarse sus labios. Acto seguido, lo doblegó simétricamente por las dos puntas y lo situó nuevamente encima de la mesa, volvió a coger la taza y bebió un largo sorbo. Siguió con su relato:
-Sus curaciones aumentaban su fama de tener mano de santo15.
Su ojo clínico traspasó el límite del pueblo. Venían pacientes de la comarca y, otros, de fuera de la provincia. Su notoriedad también llegó a la ciudad; compañeros suyos de profesión le enviaban regularmente enfermos para confirmar o esclarecer algún difícil diagnóstico clínico.
Su carácter le permitía resolver problemas médicos a la vez que mundanos.
Siempre tenía preparada una palabra de ánimo y una solución a cualquier duda planteada.
María empezó a toser. Carraspeó. Sus pómulos se tensaron endureciendo su imagen. Medio encerró sus ojos con sus manos.
-Pasaron los años y el hijo de Manuel, Juan Ernesto, crecía más fuerte que un roble16 y más alto que un mayo17. Todo iba perfectamente, el trabajo de Ernesto, mi quehacer diario. A nuestro alrededor rezumaba la felicidad. Tan bien nos iban las cosas que ya empezábamos a hablar, con mi difunto, de tener nuestro propio hijo; cuando de golpe y porrazo18 y por ensalmo19 entró la fatalidad en nuestras vidas. Se cambiaron las tornas20 y se volteó la tortilla21. ¡Qué disgusto! Nunca olvidaré aquel nefasto día en que nos enteramos de la enfermedad de Juan Ernesto. Nadie sabía curarla, ni tan siquiera mi amado. Y se nos cayó el alma a los pies22. A partir de aquella desafortunada noticia
nuestra vida cambió de rumbo.
María dejó a un lado el relato, mientras con la taza asida entre sus manos bufaba dentro de ella para lograr que la temperatura del café con leche bajara lo suficiente como para darle un buen sorbo. Al no conseguirlo continuó:
-Mi Ernesto estaba muy bien considerado dentro de la Universidad en la que realizó sus estudios, tanto, que muchos hospitales y médicos famosos lo querían dentro de su plantilla. Hasta en la docencia se lo disputaban. Empero él quería ser médico de pueblo,
era su ilusión y su auténtica vocación. También es verdad que estando ya afianzados en el pueblo, mi Ernesto mantenía intensas relaciones con los hospitales y con el mundo universitario; era recíproco.
Persistentemente conservó un gusanillo científico que lo llevaba a la ciudad un par de veces al mes, llegando a casa con ofertas de trabajo desestimadas bajo el brazo. La grave situación de Juan le hizo cambiar su criterio y decidió aceptar un trabajo en la clínica Sagrada Trinidad, regentada por el doctor Barruera, famoso médico especialista en enfermedades cardiovasculares. El único deseo de Ernesto era tener una habitación a su entera disposición donde ingresaría a Juan Ernesto para hacerle cuantos estudios y tratamientos estuvieran a su alcance. El doctor Barruera aceptó sus pretensiones así que ya nos ves a Ernesto, a Juan Ernesto y a mí trasladándonos a la gran ciudad.
Tanta emoción en los recuerdos hizo que María tuviera su sensibilidad a flor de piel. Tenía ganas de llorar, contrariamente, su pundonor se lo impedía. Lo único que hizo fue asir con más fuerza su taza, dar varios minúsculos sorbos a su contenido y seguir con su recordada historia:
-Pasamos unos meses terribles. Yo buscando piso y preocupada; Ernesto, haciéndole pruebas y más pruebas a nuestro ahijado cuyos resultados sólo corroboraban su delicado estado. Con el tiempo admitió que en aquella época recibió su bautismo de sangre23. Trabajó sin descanso día y noche asumiendo a la perfección que la letra con sangre entra24 y que para aprender es menester padecer25, hasta que al fin, y como premio a su constancia, el estado de Juan Ernesto mejoró milagrosamente.
Mi amado esposo perseveró en su empeño con mucho más ahínco hasta que, después de cuatro largos meses, venció definitivamente a la enfermedad. Cuando volvió al pueblo con su ahijado se hizo una gran fiesta que aún hoy se conserva en el recuerdo de todos.
La noticia de la curación de Juan Ernesto se expandió rápidamente entre el ámbito médico-sanitario. Mi pobre Ernesto no daba abasto: todas las clases magistrales en la Universidad, las entrevistas, artículos, congresos y un sinfín de actividades que le sacaron de la cabeza su amor por ser médico de un tranquilo pueblo, y lo llevaron a convertirse en un famoso y respetado investigador científico.
Coincidiendo en el tiempo quedé embarazada de Ricardo y, entre una cosa y otra, consideramos que nuestra relación conyugal empezaba nuevamente, esta vez en la ciudad. Y así es la vida, cuando las cosas empiezan a salir de buena gana, todo se dispone para que salga bien.
En el mismo día encontramos un piso en condiciones y su despacho profesional. Dos pisos al precio de uno. Uno para vivir, donde aún lo hacemos toda la familia; y el de arriba, donde Ernesto puso su consulta privada, la biblioteca y su despacho particular.
Finalmente sus ojos se empañaron de algunas lágrimas. Cogió el pañuelo, lo desplegó y se sonó fuertemente. Esta vez lo guardó sin plegar en uno de sus bolsillos de la bata que llevaba, y acabó diciendo:
-Si en verdad la ciudad nos acogió con los brazos abiertos, a la mínima excusa nos escapábamos al pueblo. Era evidente, conocíamos a todo el mundo y era un lugar perfecto para descansar de la tensión y del ruido de la gran urbe. Subíamos un par de días a nuestra casa, que aún conservo, y nos relajábamos. Qué más queríamos si con esto éramos felices.
Cogió simbólicamente la taza del café con leche, la levantó y, en voz alta, serena y profunda, declamó:
-Por ti, mi querido Ernesto, un saludo. Por todos estos años que me has llenado de amor y de alegría. Gracias.
Y dirigiéndose a este público imaginario al que contaba su historia, especificó:
-¿Aún queréis más? Mañana seguiremos.
Se puso a reír.
UN AMIGO SINGULAR (fragmento)
Jaume Tornil Culat
XIV
María oraba devotamente de rodillas con los codos apoyados encima de la cama y tapándose la cara con sus envejecidas manos. Desde que murió su esposo tenía una costumbre: rezar el Rosario durante el transcurso de todo el día. Empezaba justo cuando se levantaba por la mañana y lo terminaba al acostarse. En aquel momento de su jornada particular ya había rezado tres padrenuestros y empezaba la correspondiente rueda de las diez avemarías.
Desde que empezó esta costumbre, entre Avemaría y Padrenuestro, rezando un poco por aquí y orando un poco por allá, invariablemente le venía el recuerdo de su Ernesto dentro de su corazón. De sobra sabía que el Rosario tradicional se declamaba de una vez y todo seguido. No obstante, en un lugar recóndito de su interior, confirmaba que su forma de orar agradaba a su Dios, por hacerlo con constancia, fervor y devoción.
Jaume Tornil Culat (Barcelona, 1955)
Escritor y economista. Trabaja y reside en Palma de Mallorca.
Ha publicado dos obras: La ilusión de vivir y Un amigo singular.