revista literaria bimensual | 6ta entrega - julio/agosto de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
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DE GREGOROVIUS
por Félix Lizárraga
Durante dos años casi enteros, mi principal ocupación consistió en hacer mezcla. De las siete de la mañana a las seis de la tarde, hacía sin parar la mezcla pedregosa de las grandes fundiciones, la mezcla gorda que sirve para repellar y también para poner ladrillos y bloques, la mezcla para el fino o betún, que se endurece enseguida y hay que estarla ablandando y reavivando, la mezcla como fango que se una para poner baldosas, la pálida mezcla de pegar azulejos, y el derretido líquido, que es muy oscuro o muy claro según el cemento que se use, y que da consistencia.
Con un azadón de hierro, revolvía una y otra vez aquella masa siempre gris y recordaba el anatema quizá injusto de Yósif Brodsky al hormigón, "el hormigón omnipresente, con la textura de la mierda y el color de una tumba profanada". Sea como fuere, el gris constante y más o menos sucio de la mezcla me enseñó que la mejor manera de resistir es siempre pensar en otra cosa. Hacía mezcla y pensaba en otra cosa, al castigo del sol o de la lluvia resistía pensando en otra cosa. Así rumié mi vida entera y mis ideas sobre mi vida; rumié largamente mis más caras lecturas, libros y películas y músicas.
Fue una mañana húmeda de octubre cuando, por sabe Dios qué rara asociación de ideas, me puse yo a pensar en Gregorovius mientras hacía la mezcla. Se me antojaba, de pronto, que ese personaje era una de las claves de Rayuela. Tal vez influyera en esa impresión mía su nombre alatinado, que evoca como sin querer la vieja tradición de los humanistas europeos, antaño unidos por el latín a una como placenta común, por lejanas y disímiles que fuesen sus naciones. Aunque puede que sólo se trate de un homenaje un tanto humorístico al historiógrafo alemán Ferdinand Gregorovius; no hay que olvidar que Cortázar puso a su gato el nombre bombástico del filósofo Theodore W. Adorno.
La ambigüedad de su nombre no es la única de este personaje. Se ignora si es inglés o húngaro; "a él le gusta insinuar que es checo". A falta de una, tiene tres madres posibles, todas igualmente improbables: la lesbiana Herzogin Magda Razenvill, la puta Miss Babington, la vaporosa Adgalle (o Galle, o Minti). Cada una de las caras y máscaras de esta especie de triforme Hécate es evocada por él según la bebida utilizada en las libaciones del día; Miss Babington, por poner sólo un ejemplo, "se ectoplasmiza con el gin". Finalmente, Oliveira lo llama Ossip Ossipóvich, por creerlo eslavo, por juego o por subrayar su lado dostoievskiano, o por las tres cosas a la vez.
A la distancia, Europa es una. ¿Es Isak Dinesen una escritora inglesa, lo es Conrad, por el hecho de haber elegido escribir en inglés y no en polaco o danés sus admirables narraciones? ¿Es acaso francés Joseph Marie de Heredia, lo es Eugene Ionesco? ¿Son europeos, usando ya un término más profundo o más tosco, Henry James o Saint-John Perse? Confieso no poseer respuestas válidas para ninguna de estas preguntas. Dentro de este inmenso mosaico que es el mundo, Europa es un pequeño mosaico particularmente complejo. Ya Blasco Ibáñez, ese maestro en obviedades (como tantos otros ganadores del Nobel), hacía notar que cualquier estancia argentina era mayor que muchos estados europeos. Sin embargo, los cuatro cantones de la diminuta Suiza, por buscar un solo ejemplo fácil, hablan lenguas diferentes.
Se me podrá objetar que las casi veinte mil lenguas, entre idiomas y dialectos, de la India, que si los variadísimos dialectos de la China, que los estados africanos... Pienso que la pequeñez, la casi mezquindad de Europa, al lado de las vastedades asiáticas y africanas, y el papel de predominio cultural que ha logrado asumir, en muchos sentidos, durante la así llamada época moderna (y postmoderna), constituyen el mejor argumento contra estas objeciones posibles. Sin hablar de que en estos momentos el mundo entero, para tratar de entenderse, se uniforma por lo general en un atuendo cuyas líneas generales Europa definió hace unos doscientos años, y conversa en francés o inglés, no en bengalí y ni siquiera en esperanto.
El Gregorovius de Cortázar, hable en francés o en argentino, es un prototipo de esa intelligentsia moderna que, según Umberto Eco, "escribe libros en los aeropuertos". Es, Oliveira aparte, el más lúcido integrante del Club de la Serpiente, club heterodoxo y heterogéneo que "no era en absoluto un club y respondía así a su más alto concepto del género": Babs y Ronald, pareja norteamericana de artistas fracasados y amantes del jazz; Wong, chino e inasible, especialista en iniciaciones budistas y en fotos de tortura (que hacen pensar en una suerte de prefiguración del alucinante Farabeuf de Salvador Elizondo); Etienne, pintor francés, "seguro de sí mismo como un perro o un buzón"; Perico, español paradojal que viene a Francia a leerse a Julián Marías; Guy Monod, suicida... Y la Maga, con su nombre evocador de esa santa cuyas imágenes nos la presentan llevando sus ojos en la mano.
De la Maga, ignorante, visionaria y hermosa, está enamorado Gregorovius, formando así un obvio triángulo cuyo tercer vértice es Horacio. Gregorovius adora tantálicamente a la Maga, que adora tantálicamente a Horacio, quien a su vez persigue tantálicamente no sabe qué, algo que llama "derecho de ciudad" y que, tras la desaparición de Lucía, adquiere el rostro de la desaparecida.
Es en su conversación digamos póstuma con Gregorovius (muerto Rocamadour, muerta tal vez ella) que Horacio define su búsqueda con esas precisas palabras, "derecho de ciudad". Gregorovius declara que baja a comprar una botella de aguardiente. "Me ha dejado solo a propósito", piensa Horacio, y en ese preciso momento se enfrenta con la ausencia definitiva de Lucía y comienza, al mismo tiempo, su persecución definitiva, la que lo llevará a besar a otra mujer en la morgue de un manicomio bonaerense.
En otra conversación, Gregorovius ha relatado a la Maga la fábula de las pelucas de Adgalle, superpuestas o, mejor, concéntricas. Esta fábula parecía recordar a Lezama cierta página de las Memorias de Saint-Simon que Borges y Bioy Casares transcriben en su Antología de la literatura fantástica, pero que relata un suceso real, acaecido en la corte de Francia hacia 1704:
Bouligneux, teniente general, y Wartigny, mariscal de campo, fueron muertos delante de Verve; dos hombres de gran valor, pero totalmente singulares. El invierno pasado se habían hecho muchas máscaras de cera de personas de la Corte, al natural; las usaban bajo otras máscaras, de suerte que cuando se desenmascaraban uno podía confundirse y creer que la segunda máscara era el rostro, cuando en realidad debajo había alguien completamente diferente; nos habíamos divertido muchísimo con esa broma. También este invierno quisimos divertirnos. Grande fue la sorpresa cuando se hallaron todas estas máscaras naturales flamantes, tal como se las había guardado después del carnaval, excepto las de Bouligneaux y Wartigny, que, conservando su perfecto parecido, tenían la palidez y la rigidez de personas que acababan de morir. Así aparecieron en un baile, y causaron tanto horror que se intentó arreglarlas con carmín, pero el carmín se borraba en el acto y la rigidez no pudo ser disimulada. Me pareció tan extraordinario que lo he creído digno de ser contado aquí, pero me hubiera guardado mucho de hacerlo si toda la Corte no hubiera, como yo, sido testigo y sorprendida al extremo, y muchas veces, por esa extraña singularidad. Al final, se decidió tirar esas dos máscaras. (Memòires, t. II, cap. XXIV.)
Puede que, en cambio, ni Gregorovius ni el mismo Cortázar pensasen en la anécdota de Saint-Simon al urdir esta historia de pelucas (cuyo aroma dieciochesco es, sin embargo, tan fuerte que la Maga comenta: "Su infancia se parece un poco al prisionero de Zenda"). A primera vista, poco parece haber de común en ambas, salvo el motivo de la doble máscara, y el escalofrío final. Un escalofrío que es provocado por la irrupción de lo insólito en mitad del juego, o de lo que aparentaba ser un juego: la madre fingiendo descubrir ante su hijo el secreto de su cabello negro, "esa verdad que había que ocultar y que era más simple y hermosa que la peluca rubia"; los cortesanos fingiendo ser otros y divirtiéndose mucho "con esa broma"; y de ese amable entretenimiento surge de pronto (como si la amabilidad del juego fuese a su vez una máscara) la lividez inexplicable de los falsos rostros de Bouligneaux y Wartigny, la asquerosa calvicie de Adgalle.
De lo insólito o, mejor dicho quizá, de lo atroz, que nos recuerda una tercera historia, la de otra fiesta de disfraces sobresaltada por la presencia fatal de la Máscara de la Muerte Roja, cuyas sangrientas vestiduras no estaban habitadas por ninguna forma tangible ("untenanted by any tangible form"). Y aún un pasaje de Elías Canetti:
Su limpio efecto (el de la máscara) depende de que oculte todo lo que se halla tras ella. Su perfección descansa en que así sea exclusivamente, y de que todo lo que está tras ella permanezca irreconocible. Cuanto más clara es ella misma,. tanto más oscuro queda todo tras ella. Nadie sabe qué podría irrumpir de detrás de la máscara. La tensión entre la rigidez de la apariencia y el misterio tras ella puede alcanzar una dimensión monstruosa. Ella es la razón propiamente dicha de lo amenazante de la máscara. "Yo soy exactamente lo que ves", dice la máscara, "y todo lo que temes detrás". (Masa y Poder, vol. II, cap. "La Metamorfosis", ep. "El Personaje y la máscara".)
Unas pocas líneas después de esta fábula de Gregorovius sobre el mundo de su infancia (ese "mundo de pelucas" un tanto rococó), se produce el siguiente diálogo:
-Qué nombre tan extraño, Adgalle.
-Sí , quién sabe si era el verdadero. Me han dicho...
--Como la peluca rubia y la peluca negra -dijo la Maga.
-Como todo -dijo Gregorovius...
Como todo, en efecto; al menos, como todo Gregorovius, escondido entre las nubes de tinta de sus nacionalidades, de sus madres y aún sus nombres posibles. Como esconde Da Vinci la expresión de sus rostros en la incertidumbre de su Sfumato.
Félix Lizárraga
(La Habana, 1959) Licenciado en Artes Escénicas. Ha publicado la novela breve Beatrice (Premio David, 1981) y los poemarios Busca del Unicornio (La Puerta de Papel, 1991), A la manera de Arcimboldo (Editions Deleatur, 1999) y Los panes y los peces (Colección Strumento, 2001). Poemas, cuentos y ensayos suyos han aparecido en diversas antologías y revistas literarias. El Grupo de Teatro Prometeo del Miami Dade Community College estrenó su Farsa Maravillosa del Gato con Botas en el 2002 y la comedia Matías y el Aviador en el 2003.