revista literaria bimensual | 6ta entrega - julio/agosto de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
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LAS COSTAS DEL PARAÍSO (fragmento)
Ernesto González
Mi primera guarida, mi esperada liberación erótica, la alcancé en uno de los suburbios de La Habana con peor fama de conflictivo y brujero en aquel entonces. La casita se empinaba sobre el borde de una loma, frente a un barranco y a una extensión de techaduras de zinc que semejaban pequeños soles terrenales. A la izquierda, un terreno sembrado y atendido por santeros en el cual se veían algunos metros cuadrados de abrecamino, frescura y rompe-saragüey. A la derecha, pero atrás, donde empezaba mi patio, la casa de Atenas y de sus hijos. Un estrecho terraplén, mi calle, era la Av. Guantánamo, según rezaba en el mojón de la esquina. Supuse que Av. querría decir avenida. Extravagante nomenclatura para aquella callejuela, proveniente casi
seguro de algún pájaro urbanista nacido en estos predios o ligado a ellos por nostalgias.
Un amor feliz o una cogida de nalgas con calidad bien podrían haber aberrado la visión del urbanista, pensé atravesando el jardincito y entrando al portal el domingo que fui a acordar con Aurelia los términos de la venta clandestina de su casa. Fue ella quien me salió a la puerta fumando. Tendría unos sesenta años, pero dados la escasez de molares y de dientes sanos, y su cutis reseco cuarteado en mil vericuetos, le calculé más años que Matusalén.
-Esta es la mejor residencia del reparto -decía mostrándome las habitaciones, y se lo creí realmente-. Me voy a vivir a casa de mi hermano en Matanzas, no he podido convencerlo para que venga a vivir conmigo y la verdad es que estoy muy sola aquí.
Aurelia dio un respingo, una absorbente fumada y carraspeó:
-¡Treinta años de mi vida en Párraga, Enos! ¡Treinta años! ¿Te das cuenta, muchacho, que no es uno ni dos? ¡Son treinta, treinta muchacho, treinta! -acentuaba echándome a la cara su aliento dental, gástrico, de empedernida y centenaria fumadora de tabacos, el sudor de su bata, de sus partes, en ese mediodía hirviente.
-Mi esposo murió hace ya diez años, muchacho, diez años, no uno ni dos. ¿Te das cuenta de lo sola que estoy?
-No se ponga así, no se preocupe. Cuando se mude va a estar con su familia, y además Matanzas es muy bonita.
-Pero es mi libertad, Enos, es mi libertad, mi casa, son mis santos -me indicó un escaparate cerrado, se sonó la nariz, fumó y creo que del disgusto se le escapó un peo, había veinte pestes distintas en la atmósfera.
-Bueno, muchacho, está bien, múdate cuando quieras -respondió llorosa a mi insistencia de fecha, luego de convencerse de que su nostalgia no me haría sumar un centavo más al precio ya ajustado. Otro respingo y se me echó a llorar encima. Logré calmarla, jurándole que iría a visitarla a Matanzas-. Ve, ve, tienes que ir, yo tengo muchos amigos como tú -acentuó-, y jóvenes, vas a conocerlos, no puedes dejar de ir.
Me despedí de Aurelia abrazándola y besándola, ¿qué iba a hacer, si es que me venía para arriba una y otra vez? Parada en el portal me dijo adiós enarbolando su pañuelo empapado de mocos, lágrimas y legañas. Me volví varias veces a tirarle besos mientras el aire le levantaba el batón agujereado, dejando al descubierto el blúmer amarillo, manchado. Tomé la Av. María Luisa -asfaltada y con acera-, pero sentí que de alguna parte me estaban mirando. Me volví de nuevo. Una mulata treintona me observaba desde el portal de una especie de barracón forrado de tablas, lata y zinc. ¿Esta será puta, como me habían dicho que lo fue Aurelia?, pensé, porque tipo le sobra. Si es así yo, en su lugar, con la imagen de Aurelia a la mano, mejor recojo los féferes y me retiro del negocio en una semana.
Ya sabía yo que en un reparto con la fama de Párraga era impensable salir a conquistar -hablando en plata, a fletear-, sin buscarse problemas. Aunque al transcurrir los meses pude comprobar que era un barrio tan entendido como cualquier otro de aquella Habana de los años setenta, donde se ligaba rápido y se hacía sexo simple y llanamente por el hecho de ver la leche correr. Mis convecinos protegían su buen nombre genérico con mejores ardides que un Fouché, y lo defendían a puñal y a puñetazos si era necesario. Lo que hicieran conmigo en mi cama, o en mi cocina, formaba parte de la otra cara de otra moneda que no tenía nada que ver con ellos. Mi amante nativo de Párraga, sin dejar de ser él, era dos, muy distintos, lo cual me excitaba increíblemente pues cuando lo veía por el reparto, con su paso de machón, sin saludarme o eludiéndome desde una cuadra antes, recordaba cuánto había gozado conmigo apenas unas horas atrás. Pero de todo esto me di cuenta meses después de haberme mudado, al conocer, en las zonas tradicionales de flete de La Habana, a alguno que resultaba ser casi vecino mío.
Una vez instalado en mi guarida erótica, bosquejé un apropiado radio de acción. A unos diez minutos de mi casa, tomando la ruta 2, estaba el paradero de ómnibus de La Víbora, zona caliente hasta la Avenida Acosta, que sí era avenida; y las aceras más allá, hacia La Palma, y más acá del paradero también eran logrables, cómo no. La Calzada de Diez de Octubre, con sus paradas de ómnibus, sus aceras impregnadas de polvo vetusto, sus portales derruidos o en camino de serlo, y la desnudez de esos torsos en los umbrales de las cuarterías y los edificios, en el asfalto, eran aptos en el ciento por ciento de su extensión y sinuosidad. Igual podría decirse, en esa época de feliz callejeo, de todas las antiguas calzadas habaneras -Monte, Reina, Carlos III, Belascoaín, Infanta-, y de las modernas que confluían en esquinas excitantes: 100 y 51, en Marianao, Boyeros y Avenida 26; y en El Vedado, las esquinas de 12, Paseo y F, G, H, I... con la calle 23. La ciudad era atravesada por una oculta y vilipendiada corriente homosexual que se daba cita en las oscuridades de las calles y reparación en las escaleras, los derrumbes y cualquier otro tipo de escondrijo, los únicos lugares posibles para ello. De todos esos sitios robé fogonazos de belleza, gozo irrepetible, repetido, de cuerpos que vi desnudos y gocé por una sola vez.
Ernesto González. Escritor cubano licenciado en Información Científica por la Universidad de La Habana y autor de varias novelas, un libro de relatos y un poemario. Fue finalista en el Concurso Novedades-Diana en México, por su novela Las propinas de Yoko Ono. Publicó su novela Las costas del paraíso en BookSurge. El autor también ha publicado poesía, ensayo y cuento corto en la prueba de eficiencia de español editada por Riverside Publishing. Actual mente reside en Chicago donde ha publicado poesía, cuentos y una novela por entregas en la revista bilingüe En la vida, y ha enseñado español en la East-West University y la escuela de idiomas Cultural Exchange. Trabaja como editor-traductor en el periódico en español Hoy, del Chicago Tribune.