revista literaria bimensual | 6ta entrega - julio/agosto de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
© la Zorra y el Cuervo, 2007.
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ISSN 1936-1858
Diseño: George Riverón.
narrativa
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EL  TAXI

Carlos Almira Picazo


     Me tocó el taxi y un cajón lleno de papeles y cosas sin valor. Lo guardé todo en el maletero y tomé el primer cruce, enfilando la carretera a toda velocidad.

     El taxi corría suave. De pronto me imaginé al viejo sentado donde yo estaba, conduciendo y mirando de reojo a su pasajero, y me eché a llorar.

     Todo ocurrió de repente. Dejé la autovía que debía haber tomado y continué por aquella carretera internándome en una zona pantanosa.

     Estaba a punto de anochecer y aún no sabía exactamente qué iba a hacer. Al principio me figuré que, puesto que no había llorado durante el entierro, era justo que lo hiciera ahora. Correría a toda velocidad cuarenta o cincuenta kilómetros con las ventanillas bajadas, para despejarme, y luego volvería a la autovía y a casa.

     Así que aquí había pasado mi padre cincuenta años de su vida. No era muy reconfortante pensarlo. Prueba de ello es que yo hasta entonces nunca lo había pensado. Mientras yo luchaba por mi futuro, formaba una familia lejos, en otra ciudad, mi padre conducía aquel taxi por todas las carreteras secundarias de la provincia, llevando y trayendo a toda clase de gente.

     La vida es una cosa curiosa, pensé. Hasta entonces, yo me imaginaba el amor como algo agradable, hermoso y gratuito que exuda el mundo por todos sus poros. Nunca hubiera pensado que un día pondría mi culo sobre el amor en persona, en aquel asiento de plástico imitación de piel.
                                         
     Por eso lloraba, no porque mi padre hubiera muerto, pues todos tenemos que morir, sino porque yo había vivido sin ver. El amor era aquel cacharro y mi padre, tan gordo y vulgar, resultó ser su heraldo.

     Aún no sabía lo que iba a hacer. El aire de los pantanos me obligó a subir la ventanilla. Poco a poco me fui serenando. Y entonces me asusté de mi propia serenidad.

     La radio no funcionaba. Encontré un cigarrillo y aceleré. 

     Al poco, la carretera se estrechó aún más, se empinó, y comenzó a subir una colina baja. La siguiente era algo más alta, y así, sin darme cuenta, comencé a circular a toda velocidad entre cimas y precipicios.

     El coche, antiguo, ascendía fatigosamente pero con resolución. Pude abrir de nuevo las ventanillas y respirar el aire fresco de aquellas montañas. La noche se cerraba maciza más allá del parpadeo inseguro de los faros que además estaban flojos. Pero para mi sorpresa (pues yo nunca había acompañado a mi padre por allí), tras una revuelta apareció, semejante a un islote, una gasolinera con una cafetería y una tienda.

     Compré cigarrillos, caramelos, y cerveza de lata. Mientras me llenaban el depósito, pedí un café e información sobre la carretera. Al parecer, en la dirección que yo llevaba sólo iban excursionistas y cazadores. Ascendía hasta un valle alto y cerrado que en invierno, a veces, atraía a algunos turistas, aunque no se podía esquiar pues era demasiado estrecho. Luego desaparecía en un camino.

     Iba a pagar cuando alguien reclamó el taxi.

     Un hombre con un niño, cargados de bártulos para la pesca, me pidió que los llevara hasta unos diez o quince kilómetros más allá. ¿Qué me importaba? Me ofreció una cantidad que acepté (de todas formas el taxímetro era para mi un misterio), y arranqué.

     Para mi sorpresa, la radio empezó a funcionar, una ráfaga de música de copla escapó por la ventanilla hacia la noche. La apagué avergonzado.

     Papá, yo no tenía ni idea. No apartaba la vista del retrovisor ni de la carretera, oprimido por el silencio, papá como te he menospreciado. El niño hundía su cara en el abrigo del hombre. Al doblar una curva me indicó que a unos cien metros la cuneta se ensanchaba un poco y que se bajarían allí.

     -¿por qué no ha parado?

     -pare ahora mismo.

     Mi padre conducía ahora cada vez más deprisa. Pensaba en mí, en el brillante porvenir. Miré al niño, nuestros ojos se toparon en el retrovisor. Entonces supe por qué había tenido miedo.  

     -pare

     El borde de la carretera se estrechaba a cada curva bajo las ruedas.

     -¡Pare!

     Yo no tenía la culpa de que hubieran subido. Lo sentía por el niño. Accionó el freno de mano y el cajón de mi padre cayó al suelo. Furioso, lo aparté de un manotazo y volví a bajar el freno. Una curva cerrada, vertiginosa, apareció ante nosotros justo cuando comenzaba un nuevo forcejeo ya inútil.

     Por ti, papá.           
© El mundo de los vivos, de Ofill Echevarría
Carlos Almira Picazo
nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta.
Hasta la fecha ha publicado un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.
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