© la Zorra y el Cuervo, 2007. Todos los derechos reservados.
Diseño: George Riverón.
revista literaria bimensual | 4ta entrega - marzo/abril de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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Pero, aún así, el autor dudó mucho antes de lanzarse a la página impresa. En 2005, casi de paso, sin aspavientos, dio por fin a los lectores una breve muestra de su obra en una edición limitada, que circuló poco (El diablo en el cuerpo, Bluebird Editions, 2005). Era como tantear las aguas. Al parecer, con esa edición le agradó sentir la temperatura del océano, porque un año después envió a un concurso en España otro poemario, Autorretrato en azul, con el cual obtuvo el Premio Internacional de Poesía Sant Jordi 2006 (otorgado en Girona, Cataluña). El volumen premiado está en proceso de publicación por las Ediciones Vitruvio, de Madrid, pero Pintado no ha querido esperarlo: se sentía tan entusiasmado, como es lógico, con la aceptación recibida por sus versos, que preparó un nuevo cuaderno y ahora nos entrega Los bosques de Mortefontaine (Bluebird Editions, 2007), un volumen impecable, lleno de sutilezas y candor. Ya está, lo sabe, en plena escena; o como dijo hace un tiempo Germán Guerra, ya salió del “closet literario”. ¡Enhorabuena!
El libro recién publicado está dividido en dos secciones (Las fuentes vivas y El azar, los tesoros) y tiene una riqueza de tonalidades y matices colaterales que no es posible analizar en detalle dentro del marco de esta reseña. Pero muestra desde el primer golpe de vista el carácter diáfano de su contenido: una poesía típica de un individuo muy joven, asaeteado por los deseos y las confusiones de su edad, deslumbrado ante las pasiones y verdades recién descubiertas, ansioso de conocer otras. Sin embargo, no es de ninguna manera una poesía previsible, sin sorpresas. Al contrario, para expresar la confusión, la angustia, el vigor y las sospechas que sentía, propios de cualquier joven que se asfixie en una ciudad de provincia, Pintado utilizó recursos directos, elementales, sin palabras rebuscadas, pero inscribió su voz en un universo totalmente insólito: se colocó en un sistema referencial extraído directamente de los escenarios esteticistas de la gran literatura postromántica y simbolista europea del siglo XIX. Y eso, que en un escritor de más edad (dominado por aspiraciones de exactitud o rigor) daría lugar a textos premeditados y carentes de frescura, se convierte en un recurso casi mágico cuando cae en manos de este mozalbete apasionado e impaciente, y le permite entregarnos versos de un raro poder seductor, poemas de una demoledora autenticidad.
La figura que preside, o mejor dicho apadrina espiritualmente este libro tan característico es, desde luego, Gérard de Nerval, uno de los llamados “poetas malditos” franceses (1808-1855), quien no sólo da al poemario el sugerente título (Nerval vivió en el bosque de Mortefontaine, en la región de Oise, entre los dos y los seis años de edad), sino que guía los versos de Pintado como un cicerone propiciatorio, lo acompaña en su romántica irreverencia y en su invocación inofensiva de los “demonios” literarios. Hay un poema titulado Rue de la Vieille Lanterne (y para mí resulta asombroso, lo confieso, que un joven de menos de 18 años supiera desde entonces que en esa calle encontraron ahorcado a Nerval); hay otro poema titulado Las noches de Mortefontaine (“Noches en que las cosas que amamos se despiden / agitando en el aire una espantosa mano”); pero, sobre todo, en el propio discurso poético de Pintado surgen a menudo resonancias inequívocamente nervalianas, como en la página 24 (“yo he sido el olvidado, el misterioso, / algo muy triste ronda por mis puertas”) y en la página 43 (“yo soy el desdichado; soy el triste y el loco”) , en las que el cubano (en este caso sin sonrojarse) rinde homenaje al francés alucinado que escribió, en uno de sus sonetos más conocidos: Je suis le Ténebreux, -le Veuf, -l’Inconsolé / Le Prince d’Acquitaine à la Tour Abolie . (1)
Pero el lector no debe pensar que estamos hablando de un libro anticuado, en que se ventilan preocupaciones pasadas de moda, o se repiten temas que ya la literatura europea agotó hace tiempo. Lo más curioso de estos poemas es, precisamente, ese aspecto: aunque se inscriben en un universo referencial decimonónico y utilizan un arsenal expresivo proveniente de un período estético muy anterior a nuestra época, los poemas de este volumen tienen una resonancia actual, expresan una angustia de hoy. Tal vez esto se deba a que el autor realiza, a plena conciencia, una tentativa típicamente postmoderna: intenta recuperar conceptualmente y conservar el discurso de su propia inocencia infantil, previa a todo postulado moral, mientras se siente unido simbólicamente a las conciencias que en su momento lograron destruir casi todas las barreras éticas y estéticas de su época. Sí, tal vez sea esa la fuente del encanto que este libro produce en el lector: no sin cierta ironía, el autor busca recuperar sus ilusiones de la infancia (de ahí que hable de Mortefontaine, donde Nerval fue niño) sin dejar de paladear al mismo tiempo las irreverencias que aprendió en la literatura “maldita” y sus antecesores (habla también de eminencias anteriores de esa estirpe, como Théophile de Viau). Pero no deja de advertir que todo eso es una tentativa conceptual (de nuevo, muy postmoderna), donde incluso la muerte se vuelve una entidad abstracta, que aligera y relativiza las tentaciones, por muy poco inocentes que estas sean. Esto último se ve con más nitidez en la segunda sección del libro, la más sombría, donde hay versos de esta índole: “Como el cadáver viejo de algún muerto, / Un niño oscuro y solo me conmueve.”
Lamentablemente, como ya dije, en el espacio de este trabajo no puedo hacer un análisis más detenido de esas tonalidades e intenciones, que pueden tener aspecto contradictorio, pero se armonizan como por milagro en la expresión poética. Subrayaré solamente, para terminar, la notable simplicidad del instrumental utilizado por este autor, la tranquilidad con que recurre sin cesar a palabras que otros dosificarían por considerarlas gastadas: por ejemplo, la palabra “noche” y su plural “noches” aparecen 47 veces en este volumen. También “sueño” y “sombra” abundan muchísimo. Pero el poeta no se inmuta: al contrario, sabe que la naturalidad de su gesto logra que esas palabras sigan siendo efectivas.
Ese acopio de vocablos sencillos, elementales, casi básicos, contrasta curiosamente con los nombres y referencias que el autor intercala en sus poemas y que por momentos podrían desorientar o alarmar a los lectores: por ejemplo, el Triskel, en la página 31, que sólo los más avezados exégetas de la historia de los celtas podrán identificar (es uno de los símbolos usados en los escudos de ese pueblo); o el nombre Taubenschlag, que en alemán significa “palomar” y que el infalible Google sólo pudo rastrear hasta el apellido de un egiptólogo famoso, especialista en papiros milenarios. Tal vez el aspecto que me atrevería a señalar como evitable en este poemario es ese afán tan ingenuo del autor por resonar en los salones culteranos. Sencillamente, no le hace falta. El marco necesario ya quedó iluminado con las referencias a Nerval, a su vida y sus fantasías; para un volumen de 48 páginas, era suficiente. Porque “tout le reste, como dijo el divino Verlaine, “n’est que littérature”, es decir, todo el resto no es más que literatura…
(1) En traducción libre: “Yo soy el tenebroso, el viudo, el desconsolado / El Príncipe de Aquitania, el de la Torre Abolida”.
marzo de 2007
Tras mucho pensarlo, el poeta cubano Carlos Pintado (Pinar del Río, 1974) ha empezado a publicar los numerosos poemas que escribió en su ciudad natal en plena juventud, entre los 15 y los 18 años, y que él había dejado en Cuba cuando decidió radicarse fuera de la isla. Con el tiempo, gran parte de esos textos han ido regresando a manos de su autor, que ahora reside en Miami, y éste los ha ido mostrando por cuentagotas, con gran modestia y entre accesos de rubor, a sus amigos cercanos. Nuestra reacción desde el principio fue unánime: lo exhortamos enseguida a publicarlos. En aquel caudal arrollador de líneas bien construidas y poemas habilidosamente estructurados, todos vimos la presencia de un verdadero poeta; en aquellos versos de factura clásica y atmósfera esteticista, subyugantes en su sinceridad, era fácil captar la vibración de emociones auténticas y, además, la habilidad de un escritor de talento, que había leído mucho a esa temprana edad y había asimilado correctamente sus lecturas.
CARLOS PINTADO, DENTRO DEL BOSQUE INOCENTE
Por Reinaldo García Ramos
Reinaldo García Ramos recibió el XI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza 2006 con su libro Obra del fugitivo, recién publicado en Madrid por Ediciones Vitruvio. Reside en Miami Beach, Florida, donde es Editor de la revista electrónica Decir del Agua. Nació en Cienfuegos, Cuba, y terminó estudios de Lenguas Modernas en la Universidad de La Habana. Perteneció al grupo de escritores El Puente (1962-1964), con el cual publicó su primer poemario, Acta (1962). Salió de Cuba en 1980. Hasta 2001 residió en Nueva York, donde fue funcionario de las Naciones Unidas durante doce años. En el exilio ha publicado los poemarios El buen peligro (Madrid, 1987), Caverna fiel (Madrid, 1993), En la llanura (Coral Gables, 2001) y Únicas ofrendas, cinco poemas (Madrid, 2004). Fue miembro del Consejo de Dirección de la revista Mariel (Nueva York, 1983-1985).