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Eduardo López Pascual
(Baza, Granada, España, 1939). Maestro de Educación General Básica, es también Profesor de Institutos Técnicos de Enseñanzas Medias, profesión compatible con su apasionada vocación de escritor y de poeta que practica desde su juventud. Tiene, desde 1960 en que publica su primer texto, más de una decena de novelas entre las que destacan La otra cara de la luna, El autobús de las siete no ha llegado, Canto a un hombre español, Los días que vinieron inexplicablemente, Libre, etc, así como varios poemarios.
López Pascual es fundador y actualmente Secretario de la Asociación “Pueblo y Arte”, de Cieza, organizadora de los Premios Internacionales de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza, que se iniciaron en 1995 y en donde es Jurado; ha preparado y prepara las Jornadas Nacionales de Poesía sobre el Segura, patrocinadas por el Excmo. Ayuntamiento, así como participante de las Tertulias semanales de una radio local y columnista fijo del Semanario de la ciudad. Ahora mismo la Editorial Vitrubio, de Madrid, tiene en imprenta su último libro de poesías La memoria que nos queda, y trabaja en una novela con tema de rabiosa actualidad; es conferenciante y lector en recitales poéticos de carácter local y nacional. Reside en la ciudad murciana de Cieza.
revista literaria bimensual | 4ta entrega - marzo/abril de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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poesía
Colores
poemas para un tiempo
Blanco
Imagináramos un cielo construido de algodón,
y de tules transparentes volando sobre un mar
de almas sin mácula, que yo lo llamara blanco
para recordar entonces la historia más limpia,
que expresara con justicia nuestro absoluto.
Pensaba que el dolor no debería de ser
más que un ánima incolora donde solo en la vida,
que adolece de culpas, bracea ahogada de luces
hasta encontrar las albas, que asoman tímidamente
por la ventana del futuro. Y de nuevo regreso
al pensamiento que ahora fluye casi impasible,
en los campos de color donde aun no existiera
el tono blanco de los inocentes. Acaso el azahar
que es dominio de pureza, habló con la fragancia
de la victoria que añoramos y que solo es, creo,
más que alguna otra cosa, ese esperar vivísimo
de una insólita aventura que la pintaron de cal
muy blanca, es un viejo hogar con flores al sol.
Era por otra parte, una tierra donde la nieve
es casi un milagro, a pesar de dibujarla tanto
en las postales de cumplido; o tal vez fuera
el aviso de un prodigioso fértil que nos trae
a cada instante, hermosas canciones aprendidas
en un día muy joven y lejano en el tiempo. Será
entonces para nosotros, como la suma exacta
de amores y desamores, de dolor y gozos; quizá
un adiós amasado con la generosa emoción sea
a veces, ese color blanco que siempre buscamos
cuando muchos dormían en el umbral muy tenue
de una vigilia de cafés, de humos y de músicas.
Apenas importara demasiado, cuando se guarda
la luz mágica y fuerte de un agua que platea
en el horizonte hermoso y mágico así, enrejada
por la distancia que mido inalcanzable; y es
que a veces, se precisa vencernos a la soledad
en contra del sopor que nos invade a espaldas,
pero entonces, el fondo del alma se conquista
y podemos avanzar sin miedos hacia delante,
en tránsito hasta el arcoiris que se adivina al sur,
allá donde la tierra es caliente y toda la espuma
del mar blanquea hasta el corazón de la noche.
Naranja
A través de las sendas de fronda se aparece,
fruta dormida a intramuros de su piel áspera
que nos reserva, como en humilde secreto,
la fuerza de un color que es siempre increíble
y brota ácido en el jugo que la enerva. Es así
el único tono irrenunciable que nos hizo falta
en la imagen de un sueño de vida que apresas,
y viene tal vez oculto por un miedo cobarde
como si hubieran olvidado todas las ilusiones.
Parece así necesario, que el corazón recobre
el color muy temprano de una naranja abierta,
o que toda su fuerza rebose sobre sí mismo
cual ingenuo brujo que retengan lo silencios.
Hablo ahora, claro está, de ese sueño vivo
de quien es capaz de arrojar las amarguras,
de abjurar de cualquier farsa y esconder hoy
tanta imagen mísera que ondearan los cínicos.
La luz infinita se ha polarizado en sus espejos
y una ley de cálculo físico la ha desparramado
en mil colores brillantes sobre las gentes,
desde un lugar que se nos antoja de fantasía
más allá del propio origen, y acaso también,
del centro que vinimos en llamar lo absoluto;
pero ahora han dejado el color, ora intenso,
y ora frío, luminoso u opaco, y lo envuelve
con las palabras necesarias, para decirnos
su ciclo fijo e inalterable de futuro. Y se duerme
así, en el aroma virgen de una naranja de dioses.
Gris
Luego está el gris. Ese color que todos señalan
para negar el bien y el mal, o que se pierde
entre la tarde y la noche en un absurdo caos
hecho sin duda para romper todas las verdades
sobre un erial de medias palabras. Quizás todos
escondamos nuestros deseos más grises, que son
tal vez porque se aparecen vacíos, huérfanos
de emociones con valor de fuerza y rebeldía.
Otras veces sé que el gris pueda ser la verdad
y nos devuelve a pesar de todo - o sin querer -,
aquella prosaica normalidad que otros esperan
cuando hemos visto echado a nuestros pies,
un espacio invisible donde no existieran finales
y el tiempo se hace elástico, curvo e infinito,
de modo que sea acaso el juicio último que todo
lo magnifica en el ocaso de las horas sin luz.
El gris entonces se convierte en indiferencia
que es su vocación más profunda y extraña,
sentimiento que nace para no ser jamás nadie
y alejada por la voluntad de nosotros mismos,
al fondo descolorido de tantas caras sin rostro.
Parece después de todo, que el gris nadara ciego
y de puntillas sobre una escapada de ausencias,
pero también es cierto que perduran aquí mismo
o se inventan, todo el espectro de colores,
como excusa forzada, que prefieren aquellos
que ignoran la suave armonía de las estrellas.
Es también, y así lo pienso, un color inquieto
para los que han hecho del gris su coartada,
o simplemente, utilizan su tono para encender
a toda prisa aquellas heridas tan amargas;
no me gusta el gris cuando alguien lo utiliza
como sombra ilegible de sus propias deserciones,
sería como si al final nunca hubieras existido
y todo fuera cual una sombra entre las dudas.
Eduardo López Pascual