© la Zorra y el Cuervo, 2007. Todos los derechos reservados.
Diseño: George Riverón.
revista literaria bimensual | 4ta entrega - marzo/abril de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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narrativa
IV

Había demasiada luz. El resplandor se reflejaba en el piso de mármol, un enlosado pulido como un espejo. Se adentró en el recinto y anduvo despacio. Llegó al final del corredor y vio la escalera. En el primer descanso se topó con la esfinge de brazos desplegados como alas. Ascendió por los escalones y vino a dar a un atrio donde la luz tomaba más fuerza. Por los pórticos vio correr a una niña descalza y con el pelo suelto vistiendo un peplo blanco. Intentó llamarla, pedirle orientación, pero la niña desapareció por una de las puertas. En el sitio no había ni plantas ni árboles. Sólo el blanco se extendía por el piso, las paredes, el techo y los bancos dispuestos a la largo de los corredores que cercaban el patio donde, quizás, podría erigirse otro edificio. La blancura se le confundió en la retina y trató de descifrar algún rostro que, como un fresco inextricable, parecía esculpirse en las paredes. Oyó el silbido del animal que se arrastraba tras sus pies, se dio la vuelta y se descubrió asediada por interminables anillos escamados y ojos pequeños que la miraban. El animal iba a enlazarla por los pies cuando una mano se apresuró a cortarle la minúscula cabeza. Estaba confundida: la niña, el animal, la mano que la asía y la voz que le explicaba a quién pertenecía la casa y las costumbres de preferir el blanco. El palacete fue diseñado bajo la influencia del neo-clasismo, le explicó quien la condujo a la cocina para darle detalles sobre los platos preferidos de la familia, los horarios de las comidas, las costumbres en la mesa, los principales caldos y carnes adorados por el dueño de casa y cómo debían ser asadas y adobadas con anterioridad. El fogón de gas relucía en su esmalte y remates plateados, las ollas reflejaban la luz que penetraba por el ventanal de la izquierda. Vio su rostro en el fondo de una enorme olla y más tras el rostro de un hombre que se presentaba con cortesía. Luego el hombre quiso que conociera el resto de la casa. De vuelta al corredor vio a un par de mujeres devolviéndole al piso su resplandeciente blancura. Bajo los paños húmedos desaparecían los restos de sangre. Al pasar ante una de las puertas creyó ver a Carlos junto a un grupo de jóvenes, pero no estuvo segura y siguió detrás de quien le mostraba un hall que abría en una sala espaciosa. Sólo un débil resplandor se colaba por las cortinas, suficiente para distinguir la estufa y la enorme pintura con cíclopes acosando a mancebas. En el salón se escuchaba la música que nacía en una habitación contigua. Reconoció la intérprete: Renata Tebaldi. El personaje femenino ya comenzaba a desenfrenarse en medio del brindis, confundiéndose entre risas y otras voces. Y la sala se le fue haciendo más oscura en medio de un decorado recargado de tapices y bustos y alfombras, y la música fue en crescendo. Cuando llegaron ante una puerta algunos rostros se volvieron; y vio un tumulto de cuerpos moviéndose y otro grupo de rostros que sobre la música recitaba versos. Vio las copas con vino, libros dispersos por el suelo y un par de adolescentes con los torsos desnudos que coqueteaban con quien, al verla, se le acercó para interpelarla tomándola por una brazo y llevándola a otra sala en donde apenas se percibía la música y las voces. Allí le contó que se sentía satisfecho y que se consideraba un hombre totalmente feliz, y que había abandonado su mar de culpas y que seducido por adolescentes había escrito mucha poesía que leía en medio de aquella pléyade. Ahora todos sabían de la mano cómplice que lo acariciaba y lo animaba a escribir y a sentirse importante. Y Renata Tebaldi, de fondo, hacía vibrar los vidrios del salón y se mezclaba su “Brindis” con el brindis de los que a ratos reían. Y él se interesó en saber si no había vuelto a ver el espíritu de Eugenia y ella negaba y le proponía que la ayudara a ser escritora. Y él volvía a interpelarla, a querer saber si no se había enamorado. Y ella no halló una respuesta, no supo que decir; sólo vio el rostro iluminado por las esquirlas de luz que atravesaba la cortina, vio el rostro de su primo contándole de la más reciente aventura en medio de una noche, en donde obtuvo los besos más inexplicables, las caricias más demoradas y, finalmente, la recompensa: la compañía ansiada, el amigo solidario y amoroso. Luego, le aseguró que no la abandonaría, que con el reencuentro se aunarían más, se ayudarían mutuamente, como en un acto de hermandad. Ella le contó de las lecturas y de la huída y de la sangre que veía constantemente en sueños, por todos lados, como un mar rojo, sin espuma, denso, anquilosado, recurrente. Y obtuvo de él un beso en la mejilla y un No Te Preocupes y vio a Julio reprochándole tanta complicidad; y corrió hacia el atrio, descendió veloz por la escalera dejando atrás la esfinge, y la luz blanca del exterior pareció cegarla y confundirla. Antes salir hacia la calle, el hombre le preguntó si quería el empleo, y ella no supo hacia donde correr. Y subió a un autobús y cuando miró a su lado halló a un hombre mayor que intentaba seducirla diciéndole lo hermosa que se vería vestida de blanco, dejándose llevar del brazo, y mucho más hermosa conviviendo con él en una casa ante el mar, o en una isla. Y ella vio el mar denso, rojo, sin espuma. Y se apeó en una esquina cualquiera, y caminó bajo un sol asfixiante que la hizo sudar y tuvo sed y no halló agua, sólo el blanco que la asediada.


La Habana, 2004.
Ihosvany Hernández
Nació un domingo de febrero del año 1974, en la Ciudad de la Habana, Cuba.
Durante un tiempo escribió libretos radiales para la emisora nacional Radio Progreso, a la vez que estudiaba licenciatura en Historia, en la Universidad de la Habana.
Comenzó a escribir poemas seducido por los clásicos, luego se dio a la narrativa también seducido por los clásicos. En agosto del 2005 obtuvo el Segundo Premio, en el evento literario Tendiendo Puentes, convocado por la Universidad de Toronto, con el cuento Salón Sahara.
En septiembre del 2006 resultó finalista del II Premio Internacional de Poesía “Desiderio Macías Silva”,  convocado por ediciones Azafrán y Cinabrio, de México, con el poemario Días despavoridos como Ciervos.  En el verano del 2004 llegó a Canadá, desde entonces reside en Montreal.
EL MEJOR SITIO DEL MUNDO  (fragmento)


Ihosvany Hernádez

                                                             a Flora Ríos, por la complicidad de algunos hechos,
                                                             a Pierre, por el rescate.

© Licia