© la Zorra y el Cuervo, 2007. Todos los derechos reservados.
Diseño: George Riverón.
revista literaria bimensual | 4ta entrega - marzo/abril de 2007 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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poesía
Arístides Vega Chapú
Arístides Vega Chapú (Villa Clara, 1962)
Poeta y narrador. Ha publicado cinco libros de poesía: Breve estancia de Cristo en la ciudad de Matanzas (1989), Finales de los años (1993), Últimas revelaciones en las postales del viajero (1994), La casa en el monte de los olivos (1996), Mención UNEAC´87, y Retorno de Selim (1999). Tiene una novela inédita. Reside en Cuba.
DONDE LOS SAGITARIOS LANZAN FLECHAS
a Heriberto Hernández Medina
Sobre estas huellas estuvo alguna vez la ciudad
y tú eres la sombra, la sombra de tu cuerpo que yo amaba.
Todavía puedo ser diestro cazador detrás de los espejos, morir
lejos como un cálido animal que no encuentra su parecida mitad.
En otoño los violinistas tienden su caja de música cerca de las fogatas,
para que no desaparezca el humo me entregan las hojas pautadas,
la humedad de sus cuerpos para dormir a los peces.
En el tiempo tocado por la luz yo también sentí a mis espaldas el ángel,
la paz de las aguas vueltas al espejo.
La muerte de Selím es mi terrible suerte.
Ya no puedo ver más la luz, Selím olvida que es efímero mi gozo
en las celebraciones de otoño.
Si deja de llover lugar terrible si se ordena,
si deja de llover lugar hermoso para ir juntos como cualquier animal.
Yo creo en esta mitad, lejana huella por donde estuvieron los hombres
en busca de arenas en que pudieran ver sus olvidados rostros
y sólo encontraron muertas a sus bestias.
Buena doncella, déjame caer en el bosque
donde crezcan mis hijos soberbios y alucinados
creídos de que la luz les devolverá el camino del regreso.
En la brevísima siesta los hombres esperan recobrar la memoria,
les hacen creer a los violinistas que andan por fértiles tierras
de donde huyeron sus hijos temerosos de ser exhibidos como cadáveres
sobre la sombra de un vencido animal.
Pero dejaron de ser sonoros los finísimos hilos de agua
de donde un desesperado rumor venido del bosque
dejaba escuchar la voz de los hombres.
Baldía tierra labrada sólo en noches de fiesta.
Oh, Dios, dueño de las tierras y de mí
venid con la oración que me calme.
No entregará a mi doncella aunque todos ofrezcan sus sanos cuerpos
a las embravecidas aguas.
Baldía tierra labrada sólo en noches de fiesta
cuando ofrecen oraciones y vinos dulces,
vinos en los que entierran su espada para ahogar el llanto de sus hijos.
Calmaré tu sed, Dios de las transparentes aguas
que me recuerdan el sitio donde supe de
la doncella.
Calmaré tu sed con dulces vinos
y tú aliviarás el llanto de mis hijos.
Quiero quedar sobre las aguas creído de ser el único sobreviviente,
el único animal que hallará su recinto de sombras en que repose la última hoja derribada por el otoño.
Untan un líquido marfil para dibujar creíbles rostros sobre las lanzas;
aldeanas y ovejas dueñas de pequeñísimos árboles
que cubren en las celebraciones de pascua.
En invierno será rojizo el humo que la traspase
si tienen en el vino su verdadero reposo.
¿Quién se atrevió a andar por mis tierras.
Quién ha lanzado sus flechas cobre el sembrado,
huella que no dejó a su paso mi doncella?
Han crecido los árboles con las aguas del río San Juan.
Sobre los puentes la ciudad se detiene.
Sobre los puentes,
tú sagitario, descubrirás a Cristo
apenas hayas despedido a tus amigos cerca del andén
por donde transita un viejo vagón tirado por un centauro.
Y tú sagitario, ayudarás a todos a escuchar el sonido que guarda el caracol,
la voz que va conduciéndonos por sobre el puente,
voz salida de las aguas benditas del río San Juan
a las que nos acercamos sin saber que bajo esa aparente quietud
existe una ciudad,
milenaria ciudad conquistada por flechas podadas del cielo.
Sólo en diciembre ascenderá hasta quedar sobre el puente
para no dejarnos transitar, llegar hasta tu casa
y ofrecerte un nuevo corazón de Cristo o una flecha,
ofrecerte villancicos que puedas escuchar cuando nos hayamos marchado
y la claridad de la palmatoria sea sólo una transparente luz
que no deje ver los dibujos dejados bajo la oscuridad de la casa.
Sólo en diciembre caerá el líquido marfil para hacer invencibles los arcos.
Donde pudieron existir los ojos pónganle legítimos rubíes, joyas de mi madre
o de algún otro libanés de la foto en que nadie sonríe.
Donde los sagitarios lanzan las flechas
he dejado las hojas de limón
para que nadie diga que estuve terriblemente solo, asustado
de que se me creyera un fantasma salido de la ciudad adormecida por las aguas.
Sobre tu puerta he clavado hojas de limón como una estaca raída por el salitre
anunciando las infinitas aguas en las que desenterramos los peces
que antes estuvieron clavados en tu puerta.
He dejado las hojas y veo desde lejos el incendio
que te descubre dibujando sobre el olor a limón, que te descubre
cuando no sabíamos que eran tus huellas las que nos habían llevado hasta la puerta.
Yo siempre quise tener un hermano
y un sueño para ofrecérselo.
Aquí pudiste vivir, haber leído el oráculo aquí
y mi casa no se la hubiera tragado el río.
No hubiera muerto Selím,
no hubiera muerto como un cálido animal
que no encuentra su parecida mitad.
Cómo resucitar mi casa,
abrir el cofre que guarda las apariciones.
Cómo anudar los hilos que sostengan para siempre las paredes.
Traerlas hasta aquí, hasta el puente
para que todos la habiten.
Posaría entonces codornices en tu mesa,
dibujaría a Cristo
en uno de esos animales que se le escucha llorar
si llega la noche,
pero me vienes a decir que mi corazón debe estar a la entrada
de las ciudades,
para que todos se acerquen y vean que late, que está allí,
feliz, a pesar de mi riesgo,
pero entonces no podré clavar hojas de limón
cuando se sequen las dejadas en tu puerta,
por Dios,
cierren la ventana que aparecerá si poseo una pared,
déjenme en los sueños hablar con mi padre
así sabrán que no deseo morir este invierno.