revista literaria bimensual | 2ª entrega - noviembre/diciembre de 2006 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2006. Todos los derechos reservados.
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Él se llamaba Antonio Broccardo. Yo escribía poscrítica

Rubén Rodríguez


En busca del tiempo perdido, La tierra baldía y El reino de este mundo se convirtieron en clásicos. Un jurado, compuesto por los poetas Teresa Melo, Nelson Simón y Edel Morales entregó el Premio Alcorta 2003, de la UNEAC en Pinar del Río, al libro Yo me llamaba Antonio Broccardo.

Así llega a nosotros este hermoso libro, publicado por Ediciones Cauce, de Pinar del Río, que en su momento fue tildado de “carente de eventualidad poética”.

SEGUNDA TESIS: LA LITERATURA HA SIDO SIEMPRE INTERTEXTUAL

La intertextualidad como práctica es mucho más antigua que el concepto, acuñado en 1967 por la escritora búlgara, Julia Kristeva.

La Eneida es una imitación de Virgilio a los modelos clásicos griegos. Dante recicla las estructuras de Homero y Virgilio. Muchas de las piezas de Shakespeare se basan en textos narrativos, novellas italianas, con un cambio del código y del medio.

Intertextuales son los neoclásicos de los siglos XVII y XVIII, quienes tenían un género al que llamaban imitación. De ese modo podían transferir al siglo XVIII una sátira de Juvenal. No solo cambiaban el código lingüístico, sino también el contexto, de la Roma imperial a la Inglaterra de Jorge I.

En este caso el autor se atiene a un pre-texto. Cambia el género, el medio, el lenguaje, el referente social, pero el mensaje es el mismo. El diálogo entre el viejo y el nuevo texto es limitado porque mantiene el contenido.

Sin embargo, existe un segundo grupo de géneros que son en sí mismos intertextuales. Tal es la parodia, donde se tiene un texto particular y se exageran las particularidades del estilo, hasta crear un efecto cómico y pasa por burla del texto original; el travesti, que toma un asunto elevado, lo cuenta en un estilo bajo y surge cierta discrepancia de efecto humorístico entre el tema, el asunto, y el estilo; y el burlesco, donde un asunto trivial se cuenta en estilo elevado.

Cuando existen varios pre-textos, estamos en presencia del collage, donde el nuevo texto es un mosaico construido con elementos de otros. Aquí el nuevo texto está, en todas sus partes, intertextualmente relacionado con sus antecedentes.
Otras formas de intertextualidad más locales son las citas y alusiones.

TERCERA TESIS: ÉL ESCRIBÍA POEMAS POST-VANGUARDISTAS

El concepto de intertextualidad reconoce que no sólo casos especiales, sino que todos los textos son intertextuales. Cada texto está relacionado con todos los demás, como en la Cábala y las fabulaciones de Jorge Luis Borges.

Los textos postvanguardistas se inscriben en la conciencia de la intertextualidad de todos los textos. Algunos se caracterizan por estar muy intertextualizados, de modo que crean su propia intertextualidad. Se usan, incluso, metáforas de intertextualidad. Yuseff usa otros textos como espejo del propio, y crea su propio metatexto.

CUARTA TESIS: ÉL SE LLAMABA ANTONIO BROCCARDO

Hace aproximadamente cuatro años, en el saloncito de la condesa Alejandra, a quien sus íntimos llaman Handry, el Autor pasaba la vista por una pinacoteca de Giorgio Barbarelli, recogido por la Historia del Arte como Giorgione.

Entre tapices persas y servicio de Sévres, el Autor detenía sus ojos sobre las pinturas colmadas de luz suave y tamizada, más destinada a crear una atmósfera dentro de la composición que a definir los objetos dentro de la escena.

Ya había admirado (el Autor) a La virgen con el niño en brazos, entre san Antonio de Padua y san Roque, primera obra de madurez del artista; había repasado a La Venus dormida, donde el desnudo femenino es tema principal, y había contemplado también el cuadro Los tres filósofos, donde se esboza el estilo que seguirían Tiziano y Rubens.

Los ojos del Autor vagaban por las láminas cromadas, del Retablo de Castelfranco al Concierto campestre, donde Giorgione desató una revolución contra el elemento narrativo dentro de la paisajística.

Solícita, la condesa Alejandra hacía traer un refrigerio, mostraba sus antigüedades etruscas, instaba a su bella Patricia a tocar en el clavicordio alguna pieza de Scarlatti. Sutil se deslizaba la sombra de su próximo amante, por las aguas mansas del espejo.

De pronto, el Autor quedó demudado, el libro de láminas se deslizó de sus manos y el asombro floreció en su semblante. Había encontrado un desconocido retrato del maestro. Buscó al pie. La nota rezaba: Retrato del poeta veneciano Antonio Broccardo.

La condesa Alejandra acercó una bujía y todos quedamos atónitos. El joven del lienzo, con su mano derecha posada sobre el corazón, era el vivo retrato del Autor. Este se repuso, como buen hijo de Aries, y musitó: “Yo me llamaba Antonio Broccardo… en otra vida”.

QUINTA TESIS: EL JUEGO ES UN SIGNO DE INTELIGENCIA

Sólo juegan los animales inteligentes. Según estudios científicos, el juego en los animales es señal de desarrollo cerebral, de modo que sólo se observa en especies superiores. Mamíferos como el elefante y la ballena, con gran desarrollo en su sistema nervioso, juegan.

Sin embargo, las abejas, tomadas por Platón como modelo de sociedad ideal, no juegan. Sólo trabajan.

Tampoco los peces juegan.

SEXTA TESIS: LA INTERTEXTUALIDAD SIEMPRE FLORECE DONDE EXISTE INTERRELACIÓN DE MÁS DE UNA CULTURA

Julia Kristeva cita al ruso Mijaíl Bajtin, quien llama a la intertextualidad, dialogicidad y contrapone el texto monológico - téngase en cuanta que culturas monológicas son aquellas donde todos los discursos dicen lo mismo - con el texto dialógico, donde existe una pluralidad de discursos e incluso dentro de un mismo texto se desarrollan discursos contrapuestos.

El concepto de intertextualidad es parte de las armas con que la inteligencia de izquierda luchó contra la ideología burguesa. El texto no es una creación individual, sino una posesión colectiva y está en diálogo con todos los otros textos.

SÉPTIMA TESIS: A CÉSAR LO QUE ES DE CÉSAR

Título de la pieza: “El enamorado”.

Técnica: óleo sobre lienzo.

Dimensiones: 80 cm x 65 cm

Autor: Julio César Rodríguez Aguilar

La pieza integra actualmente una Colección privada en Costa Rica.

Rodríguez Aguilar es graduado de la Academia de Artes Plásticas en Holguín en 1995, ha participado en una veintena de exposiciones colectivas y 13 personales en Cuba y el extranjero.

Obras suyas integran colecciones privadas en Estados Unidos, Bélgica, Argentina, Italia, Francia, Alemania, China, Canadá, Ucrania y España.

De él señala la crítica “obras caracterizadas por su particular simbolismo y acento autobiográfico” e “influencias de los surrealistas Salvador Dalí y René Magritte, los cultivadores del gesto y la expresividad, e incluso el barroco y más específicamente el manierismo. De ahí el dramatismo un tanto declamatorio de las piezas, donde lo decorativo y lo teatral las convierten en verdaderas puestas en escena”.

Agrega la crítica que en las obras se advierte “el toque sensual, el acento erótico y un cierto misticismo de corte romántico” y que “utiliza el autorretrato como vía para convertirse en materia de sus propias creaciones y transforma su imagen en objeto de manipulación plástica”. O sea, es intertextual.

OCTAVA TESIS: DIOS ES HOLGUINERO

“Quizás vivir no sea más que un juego de espejos; y la inmortalidad, no saber de qué lado existes.

“Quizás, vivir no sea más que un sueño, poco feliz o menos inocente, pero, al fin, un sueño del que terminas despertando. Y la inmortalidad, ese mismo sueño pero visto del otro lado del cristal inexorable, es decir: a través del sueño que golpea incesantemente -como las mareas negras de la noche- los límites definidos del espacio y el momento en que se sueña, para transformar lo reducido de esa existencia en eternidad, otorgándole la categoría de mito.

“Y si es la muerte quien hace el mito - pues pocas veces el mito es anterior a la muerte-, entonces la inmortalidad también es asomarse a través de un juego incesante de espejos a una nueva dimensión pero vista desde la anterior; es decir: reencarnar…”
(Del poemario Yo me llamaba Antonio Broccardo)

NOVENA TESIS: LOS HOMBRES NO LLORAN

Es verano y mi tía Bella pedalea frenéticamente en su máquina de coser. El sudor le chorrea por los codos y un rectángulo de luz casi tangible entra por la puerta ventana que da al oeste. Los mecanismos de la vieja Singer sibilan engrasados y la rueda movida por la polea que huele a cuero, corta en lascas la imagen del escaparate.

Estoy echado bocabajo sobre el piso de madera fría, a pesar del calor. Miro las tiritas que caen constantemente, las largas serpientes de hilo. Resuenan pasos de mujer sobre el piso de madera. Huele a café colado. Los retazos son rojos, azules, verdes, amarillos…

Sobre la cama hay una plantilla de cartón del sistema Rocha. La inventora se llamaba Elia Rocha de Abreu y se fue del país cuando triunfó la Revolución.

Recojo los trozos de tela para coser capas para mis soldaditos, así nadie podrá decir que juego con muñecas. Los escondo rápidamente en el bolsillo, antes de que mi madre me vea. Pronto mis guerreros medievales lucirán atuendos dignos de Christian Dior o Karl Lagerfeld.

Sigo tendido en el suelo, con un tajo de luz sobre la espalda, recogiendo pedacitos de tela.

Con ellos armaré la historia de un poeta que se llamaba Antonio Broccardo.

DÉCIMA TESIS: NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA

La primera presentación del libro Yo me llamaba Antonio Broccardo en la Feria del Libro en Holguín, hubo de ser suspendida. No aparecieron los ejemplares.

La segunda presentación tampoco se realizó: se recargó el programa. Todos querían hablar a/ hasta /de /desde/ con/ para / por/ sobre los invitados nacionales.

La tercera presentación coincidió en horario con la entrega del Premio Nacional de Edición.

UNDÉCIMA TESIS: PARA GUSTOS SE HAN HECHO LOS COLORES Y PARA ESCOGER LAS FLORES

- Al escritor Antón Arrufat, Premio Nacional de Literatura, le fascinan las escenas venecianas del libro.

- Dice la poetisa santiaguera Teresa Melo que sobran las confesiones de alcoba.

- La poesía es poiesis, invención, expresa el escritor y editor holguinero Manuel García Verdecia, para elogiar el cuaderno.

- Tienes oficio pero no me gusta, de-fi-ni-ti-va-men-te, pone el e-mail de Toni la Rusa.

- Palabras mayores, exclama el poeta Eugenio Marrón.

DUODÉCIMA TESIS: NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE, PERO TAMBIÉN DE PAN

Con los derechos de autor comprará clavos para arreglar el techo.

PRIMERA TESIS: ERRARE HUMANUM EST

Así reza un latinajo colocado en la mayoría de las redacciones de periódicos. Más bien herrar es de herreros. En fin, todos metemos la pata. André Gide rechazó la novela En busca del tiempo perdido, cuando Marcel Proust lo sometió a su consideración.

Lo mismo hizo Ezra Pound con el manuscrito de La tierra baldía, de Eliot; y un editor del Fondo de Cultura Económica de México respondió de igual modo a Alejo Carpentier, con El reino de este mundo.

El año en que Luis Yuseff (Holguín, 1975) envió al Premio de la Ciudad el poemario Yo me llamaba Antonio Broccardo, la categoría correspondiente se declaró “desierta”.
Rubén Rodríguez (Holguín, Cuba, 1969)
Escritor y periodista. Tiene publicados dos libros, Eros en el espejo (cuento) y Majá no pare caballo (novela) ambos Premios de la Ciudad. La Editorial Oriente tiene en proceso editorial su novela Mimundo. Otros premios se suman a su carrera literaria, entre ellos el Cirilo Villaverde, en novela, y el Hermanos Loynaz, en cuento.