revista literaria bimensual | 2ª entrega - noviembre/diciembre de 2006 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2006. Todos los derechos reservados.
Diseño: George Riverón.
narrativa
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Tú eres azul cobalto (novela)
(fragmento del capítulo 5)

Pablo Martín Carbajal
concierto de música clásica, inconscientemente, como si fuera un zombi, me dirigí a la taquilla y compré el último sitio libre, antes de entrar llamé a mi casa y le pregunté a mamá si Juan podía quedarse a dormir, yo todavía saldría tarde del curso y Juan esa noche estaba de viaje. Un acomodador me condujo a mi sitio, un único asiento libre entre dos parejas a izquierda y derecha, no me preocupé de que estuviese sola, rogaron que se desconectasen los teléfonos móviles y se apagaron las luces.
          Desde el más absoluto silencio se elevaron las voces altas de unas cincuenta personas del coro, se me contrajeron los músculos, el tono crecía cada vez más desgarrador, como una pincelada de un autorretrato de Frida, después fue bajando y subiendo a intervalos, durante unos segundos, hasta que pude por fin respirar. Comenzaron los violines, los oboes, los contrabajos; en los tonos suaves un cierto reposo, una paz cromática que trazaba el rictus de sus labios sobre el lienzo y de repente el contraataque simétrico de las tubas como un dolor intenso de su columna, de sus vértebras resquebrajadas. Callaron las voces, ahora sólo la melodía onírica de los violines y mi vida transcurriendo saltarina  por el caminito dibujado de la casa de los niños, el día que conocí a Juan, la noche de nuestra boda con el velo y vestida de blanco y poco a poco, en un increscendo, el coro inclinando la rampa de la vida como el tamizado acercamiento de Diego a la hermana de Frida, que acababa en la percusión estentórea del grito de Frida al encontrarlos abrazados en la cama. El corazón se me aceleraba en cada inflexión de tono mostrándome los claroscuros de mi retrato, la textura de mi piel buscando salidas de supuración, el escalofrío intenso que recorre cada una de mis vértebras, el clamor de trompetas saturadas, una inquietud surrealista nunca vivida que descendía desde el vientre hasta los labios de mi sexo, apretar fuertemente los muslos, sentirlos calientes, contener la respiración para no molestar a los de al lado. Después de nuevo la calma, casi cantos gregorianos en un murmullo de fondo, efímeros vaivenes de preciosas voces que me mostraban a Juan en pañales corriendo por el pasillo, pinceladas de flautas y clarinetes, Frida sentada junto a Diego frente a algún mural, hablando de pintura, él dibujándola a ella, ella respondiendo con su autorretrato y el rostro de Diego incrustado en su frente, y de pronto de nuevo el tono imponente de los oboes, Juan y yo haciendo el amor, la percusión, Juan martilleando en la pared para colgar un cuadro insulso, los cánticos del coro, la falta de respiración en mi garganta, las lágrimas a punto de dibujarse en mis mejillas, el círculo de doscientos metros que había sido mi vida manipulada, tía Mila abandonándome a esta vida de la que ella escapó, alguien con la cara desfigurada moviendo los hilos que marcaban los pasos de mis piernas, los movimientos de mis brazos, el giro de mi cabeza, el grito desgarrado de una de las voces y la percusión en su punto más álgido, mi niño que se caía, que lo alejaba de mi alguien que se lo llevaba en brazos y él gritando, mamá, mamá, pero cada vez más inalcanzable, alejándose, Frida gritando en el hospital Henry Ford, su cama manchada en sangre, las lágrimas cayéndome por el rostro, la respiración entrecortada, pequeñas convulsiones en los costados, mi sexo humedecido, apretando las piernas hasta que empieza de nuevo el coro al unísono, Frida con el puño en alto encabezando una manifestación de violines, violonchelos, bombos y platillos, y ya dejarme llevar, sin fuerzas, abatida sobre el asiento, envuelta en mi propios fluidos, sudor y lágrimas hasta que de repente se enmudece el teatro como si se hubiesen apagado los plomos y la gente se levanta y empieza a aplaudir.
© Frida Kahlo: La columna rota, 1944.
          Lo que sucedió después quizás ya no pertenezca al campo de la razón, de una forma u otra yo estaba empezando a descubrir nuevas sensaciones, a plantearme muchas cosas de mi vida de una manera inusual, a saber interpretar el significado de mis sentimientos. Puede que esa tarde fuera el principio de una pasión desmedida que ya se ha afincado en mi para siempre, una capacidad desconocida de mi cuerpo para sentir o para experimentar los anuncios físicos de las emociones: la velocidad de las venas, el terciopelo en las mejillas, el agua salada que fluye en sudor, un efímero roce que eriza la piel, el batir apresurado de un corazón que también es capaz de detenerse en seco; anuncios físicos inconscientes que empezaron a modificar mi conducta, mis decisiones, mis actos. Por eso caminé sin rumbo por las calles anexas cuando salí del restaurante cerca ya de las seis, evitando las avenidas anchas y llenas de gente, doblando una esquina me tropecé con la puerta principal de  un   teatro,   miré   el  cartel,   había  un
Pablo Martín Carbajal (Santa Cruz de Tenerife, 1969) Estudió Ciencias Económicas en la Universidad de La Laguna. En 2002 gana el primer premio del Concurso de relato breve de Cajacanarias. Su novela Tú eres azul cobalto (una aproximación original y distinta a la vida de Frida Kahlo) ha tenido gran éxito de crítica y ventas.