revista literaria bimensual | 2ª entrega - noviembre/diciembre de 2006 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2006. Todos los derechos reservados.
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¡Qué bella eres y qué dulce!


En esta segunda entrega de La Zorra y El Cuervo, queremos ofrecer a nuestros lectores algunos textos de la gran poeta cubana Dulce María Loynaz, al conmemorarse este 10 de diciembre 104 años de su natalicio.
Dulce María Loynaz
"Dulce María Loynaz ocupará sitio de honor entre los poetas que no hacen escaramuza del concepto de generaciones y no esgrimen el almanaque a modo de espada de caramelo. Se verá en ella al poeta constante que da fe de su existencia como tal; al poeta que no claudica, que sabe que su oficio es digno y sirve ese oficio con dignidad. Para nosotros ella ocupa ya ese sitio privilegiado por la entraña y por el acento de su admirable poesía." Emilio Ballagas

"Últimos días de una casa es una ceremonia que exige la comprensión, el entendimiento poético, que se asoma y escapa a la vez. La voz mesurada, continua y distinta de una poetisa mayor de la cual, quizás, se esperaba otro discurso "poesía en que una música interior insinuantemente envolvía en misterio las palabras y las impresiones recibidas de la realidad", dice Enrique Anderson Imbert, pero que ella desdeña para ser ella misma y a la vez diferente en una profunda fidelidad a lo que parece serle más entrañable." Gastón Baquero
"Para mí, leer Jardín ha sido el mejor «repaso» de idioma Español que he hecho en mucho tiempo (...) los Poemas sin Nombre son puras condensaciones de poesía, el puro hueso del asunto." Gabriela Mistral

"Autenticidad expresiva, sentido humanista, esencias nacionales, son categorías firmemente vinculadas a una obra que, por objetividad y fuerza de sus valores, está llamada a crecer inexorablemente en su irradiación presente y futura." Eugenio Florit

"Lo que resulta también de todo punto interesante es la personalidad física de Dulce María Loynaz; ese aspecto suyo como cervatilla asustada que siempre le he advertido. Ojos pequeñitos y fijos, que preguntan y que al propio tiempo ya conocen todo lo que no se atreven a preguntar; un aire de otro mundo, como de inquietud de verse aquí, vestida con trajes y sombreros y zapatos, ella, que acaso no tiene ni espacio ni tiempo." Fina García-Marruz

"Dulce María Loynaz ha venido a mostrársenos en la plenitud de su vida poética, que enriquece la ya deslumbradora poesía femenina de nuestra lengua con la gracia sobria esencial felicísima de una nueva voz, distinta de todas, sorprendente, y cálida de timbre, antillana y sobreespañola."  Gerardo Diego
Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen


Joven Rey Tut-Ank-Amen, muerto a los diecinueve años: déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel, en esta frialdad de las paredes compartidas con extraños, más frías que las paredes de la tumba que no quisiste compartir con nadie.
A ti las digo, Rey adolescente, también quedado para siempre de perfil en su juventud inmóvil, en su gracia cristalizada... Quedado en aquel gesto que prohibía sacrificar palomas inocentes, en el templo del terrible Ammon-Ra.
Así te seguiré viendo cuando me vaya lejos, erguido frente a los sacerdotes recelosos, entre una leve fuga de alas blancas...
Nada tendré de ti, más que este sueño, porque todo me eres vedado, prohibido, infinitamente imposible. Para los siglos de los siglos tus dioses te guardaron en vigilia, pendientes de la última hebra de tus cabellos.
Pienso que tus cabellos serían lacios como la lluvia que cae de noche... Y pienso que por tus cabellos, por tus palomas y por tus diecinueve años tan cerca de la muerte, yo hubiera sido lo que ya no seré nunca: un poco de amor.
Pero no me esperaste y te fuiste caminando por el filo de la luna en creciente; no me esperaste y te fuiste hacia la muerte como un niño va a un parque, cargado de los juguetes con que aún no te habías cansado de jugar... Seguido de tu carro de marfil, de tus gacelas temblorosas...
Si las gentes sensatas no se hubieran indignado, yo habría besado uno a uno estos juguetes tuyos, pesados juguetes de oro y plata, extraños juguetes con los que ningún niño de ahora -balompedista, boxeador- sabría ya jugar.
Si las gentes sensatas no se hubieran escandalizado, yo te habría sacado de tu sarcófago de oro, dentro de tres sarcófagos de madera, dentro de un gran sarcófago de granito, te hubiera sacado de tanta siniestra hondura que te vuelve más muerto para mi osado corazón que haces latir... que sólo para ti ha podido latir, ¡oh, Rey dulcísimo!, en esta clara tarde del Egipto -brazo de luz del Nilo.
Si las gentes sensatas no se hubieran encolerizado, yo te habría sacado de tus cinco sarcófagos, te hubiera desatado las ligaduras que oprimían demasiado tu cuerpo endeble y te hubiera envuelto suavemente en mi chal de seda...
Así te hubiera yo recostado sobre mi pecho, como un niño enfermo...Y como a un niño enfermo habría empezado a cantarte la más bella de mis canciones tropicales, el más dulce, el más breve de mis poemas.


La novia de Lázaro



                                                            A mi hermana Flor
                                                            "(...)y el que había estado muerto, salió
                                                            atadas las manos y los pies con vendas
                                                            y su rostro estaba envuelto en un sudario.
"
                                                            (Vers. 44, Cap. 8, Evang. S. Juan)

I

Vienes por fin a mí, tal como eras, con tu emoción antigua y tu rosa intacta, Lázaro rezagado, ajeno al fuego de la espera, olvidado de desintegrarse, mientras se hacía polvo, ceniza, lo demás.
Vuelves a mí, entero y sin jadeos, con tu gran sueño inmune al frío de la tumba, cuando ya Martha y María, cansadas de esperar milagros y deshojar crepúsculos, bajaban en silencio lentamente la cuesta de todas las Bethanias.
Vienes; sin contar con más esperanza que tu propia esperanza ni más milagro que tu propio milagro. Impaciente y seguro de encontrarme uncida todavía al último beso.
Vienes todo de flor y luna nueva presto a envolverme en tus mareas contenidas, en tus nubes revueltas, en tus fragancias turbadoras que voy reconociendo una por una...
Vienes siempre tú mismo, a salvo del tiempo y la distancia, a salvo del silencio: y me traes como regalo de bodas, el ya paladeado secreto de la muerte.
Pero he aquí que como novia que vuelvo a ser, no sé si alegrarme o llorar por tu regreso, por el don sobrecogedor que me haces y hasta por la felicidad que se me vuelca de golpe. No sé si es tarde o pronto para ser feliz. De veras no sé; no recuerdo ya el color de tus ojos.

II

Tú dices que no es tarde y que la muerte no tiene más sabor que tiene el agua. Dices que fue apenas en la reciente lunada cuando te dejamos tras la terrible piedra del sepulcro y aún no segaron en la mies el trigo que estaba verde la mañana aquella en que salimos a castrar colmenas y nos besamos por la vez última...
Yo no contaba el tiempo, bien lo sabes. Sólo cuando te fuiste empecé a contarlo, empecé a morirme bajo los números y las horas y los días que en mi cuenta se hicieron infinitos como son infinitas las angustias que caben en un instante de mal sueño.
¿Por qué quieres que cuente bien ahora, que tengo prisa ahora, cuando ya con los dientes le gasté todos sus filos a la prisa? Yo esperé un siglo sin esperar nada. ¿Y tú no puedes esperar un minuto esperándolo todo?
Dime, Lázaro: ¿Acaso no era más difícil resucitar que quedarte, cuando mi alma se abrazaba a la tuya forcejando hasta desangrarse, con la muerte?
Vamos, refrena ahora los corceles de tu estrenada sangre y ven a sentarte junto a mí, ven a reconocerme.
Yo también soy ya nueva de tan vieja: de los milenios que envejecí mientras el trigo maduraba en la misma mies, mientras lo tuyo era tan sólo una siesta de niño, una siesta inocente y pasajera.
Y no te impacientes, amado mío, que yo aprendí paciencia como letra con sangre, bien entrada.


                                                                     del libro Poemas Náufragos (1990)
Dulce María Loynaz (La Habana, 10 de diciembre de 1902 - La Habana, 27 de abril de 1997). Hija del general del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo y hermana del poeta Enrique Loynaz Muñoz. Publicó sus primeros poemas en La Nación, en 1920, año en el que también visita a los Estados Unidos. A partir de esa fecha realiza numerosos viajes por Norteamérica y casi toda Europa. En 1927 aprobó los exámenes para doctorarse en Derecho Civil, en la Universidad de la Habana. Nuevos viajes incluyen también visitas a Turquía, Siria, Libia, Palestina y Egipto (1929), México (1937), Suramérica (1946-1947) y las Islas Canarias (1947, 1951) en donde fue declarada hija adoptiva. En 1950 publicó crónicas semanales en El País y Excélsior. También colaboró en Social, Grafos, Diario de la Marina, El Mundo, Revista Cubana, Revista Bimestre Cubano, Orígenes. Asistió, invitada por la Universidad de Salamanca, a la celebración del V centenario del nacimiento de los Reyes Católicos (1953). Fue electa miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras en 1951, de la Academia Cubana de la Lengua en 1959 y de la Real Academia Española de la Lengua en 1968. Su libro Poemas sin nombre fue traducido al italiano (Milano, Instituto Editoriale Cisalpino, 1955). Realizó traducciones de Walt Whitman. Sus poemas han sido antologados numerosas veces. Ofreció conferencias y lecturas, tanto en Cuba como en España. En 1961 dejó de ejercer la abogacía. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1987, así como el Premio Miguel de Cervantes 1992.
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