revista literaria bimensual | 2ª entrega - noviembre/diciembre de 2006 | dirección y edición: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2006. Todos los derechos reservados.
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ensayo
El  planeta  Houellebecq
Sobre La posibilidad de una isla de Michel Houellebecq

Sergio G. Colautti
Michel Houellebecq, el “escritor maldito“ de la actual literatura francesa, parece hablar del hombre futuro y del sombrío futuro del hombre. Esa simulación encubre el vigoroso propósito del libro, que es apuntar sus dardos contra el ya vulnerable hombre contemporáneo.
          Para esa estrategia, el inquieto Houellebecq dispone una estructura dinámica:  una introducción desde el futuro lejanísimo anticipa la aspiración profética; una primera parte en la que Daniel1 (un hombre actual, tan actual como para arrojar manotazos de salvación en un mundo en descomposición) comparte capítulos con Daniel24 (el penúltimo de los neohumanos); una segunda parte en la que continúa la autobiografía de Daniel1, ahora paralela a los registros de Daniel25, el último clon de la serie. El epílogo es un relato de viaje, un paseo por el extraño paisaje europeo del cuarto milenio: gases, desecación, acantilados, abismos, valles donde hubo mares, grises...  y el hombre final que, deslizándose de la sucesión de neohumanos, intenta comprender las sensaciones que sus antiquísimos antecesores  experimentaban cuando se enfrentaban al placer o al dolor.
La posibilidad de una isla (portada) de Michel Houellebecq
          El texto es, entonces, un cruce de discursos (trabajados ya por Houellebecq en Las partículas elementales, de 1998  y Plataforma, de 2001)  en los que reitera una visión cínica sobre la condición humana actual, la certeza vitalista del sexo como único placer posmoderno, la entronización del cuerpo joven y el desprecio por la niñez y la vejez, la sumisión irremediable al dinero, la desconfianza en cualquier proyecto colectivo. Ese cruce de escéptica crueldad y resignación hiperindividualista y contraideológica significa, para cualquier lector, el desconcierto del desamparo y la desesperanza pero, a la vez, un llamado a la conciencia: esos hombres somos nosotros, esos neohumanos tienen algo que ya está en nosotros, se parecen demasiado a lo que podemos ser, lejos ya de lo que el legado humanista occidental quisiera proyectar...
“Admitir que los hombres no tienen ni dignidad ni derechos;
que el bien y el mal son nociones simples, formas apenas
teorizadas del placer y el dolor“ (p. 41)
“Como los humanos, no hemos conseguido librarnos de la condición de
individuo ni del sordo desamparo que la acompaña; pero al contrario
que ellos, sabemos que esta condición sólo se debe a un fracaso
perceptivo, el otro nombre de la nada, la ausencia de la Palabra.“ (p. 127) 
          La Palabra, como “posibilidad“ de alcanzar “una isla“ ha muerto con los humanos. Por eso los textos de Daniel1 son literarios y los de Daniel24 y Daniel25, no. El relato autobiográfico de Daniel1 compone una novela en la que repasa sus itinerarios amorosos con Isabelle y Esther, su relación con el conjunto social -siempre desprejuiciada y apática- y la perspectiva del vacío existencial en la que solamente existe el cuerpo como continente de disfrute y desgarro, prefiguraciones materiales del bien y del mal. El cuerpo como único texto, entonces, en el que  no abundan ni la brillantez ni el asombro, que casi siempre repite sus recovecos y a veces se hace previsible, que nunca roza el desparpajo genial de Baudelaire ni  la potencia ideológica de Nietzsche, por citar dos referentes que la prosa de Houellebecq parece imantar.
          Lo contrario significan los textos futuristas de los Daniel24 y Daniel25: descripciones cuasicientíficas, asépticas, informativas, alejadas siempre de la naturaleza del texto literario.  De la confrontación de esos dos lenguajes surge la perspectiva a la que invita el escritor francés: lo literario, insinúa, dice la ultimidad de lo humano, su vacío final, su desolación social y ecológica, pero cuando desaparece hasta esa sensación de caída, entonces se extingue la posibilidad de esa isla que es la palabra; los neohumanos no tienen a quién decir ni cómo decir: viven un mundo sin sufrimiento ni placer, un mundo afásico.
El suicidio colectivo de la especie, que comienza con la caída del deseo y las emociones, culmina con la inutilidad de toda escritura, con la disolución de toda literatura.

                                                            II.Dicotomías:

          El cuerpo textual no se agota en esa dicotomía temporal que tensionan los Daniel1, Daniel24 y Daniel25. La descripción de un mundo futuro habitado por una élite neohumana que logra la serenidad tecnológica, el monopolio del conocimiento y el olvido del  los pesares humanos tiene como contrapartida la existencia de los “salvajes“, grupos de humanos ya en extinción, desposeídos de su condición, de sus derechos, su lenguaje y su más elemental identidad a causa de los desastres ecológicos de tantos siglos y la reducción de su ambiente natural a desecaciones, brumas y acantilados sin mares.
          Los consejos de una extraña Hermana Suprema (que es el único discurso posible en el universo neohumano sin discursos), definen esa cosmovisión última, que se parece en mucho a algunos perfiles de la posmodernidad... 
“Es el sufrimiento de ser el que nos hace buscar al otro,
como un paliativo; tenemos que superar esa fase para
alcanzar el estado en el que el mero hecho de ser constituya
en sí una ocasión permanente de júbilo; en el que la
intermediación pase a no ser más que un juego, emprendido
libremente, no constitutivo del ser.
En una palabra, debemos alcanzar la libertad de la indiferencia,
condición que hace posible la perfecta serenidad“ (p.  339)
          Ese contraste desmesurado entre los que se salvan en el cielo de la clonación y reposan sin pesares entre los algodones de la nada y aquellos que dejan ver su hambre y su orfandad planetaria, bestializados hasta la degradación ponen en evidencia el punto exacto donde el cinismo de Houellebecq -que siempre habla del mañana para decir el hoy- inquieta.
          Hasta ese momento, la novela oscila entre una débil originalidad y la conmoción narrativa, que también decae cuando el narrador elige el regodeo en escenas repetidas o previsibles, casi siempre volviendo sobre recurrencias sexuales, religiosas, políticas o científicas. Esa construcción vacilante la convierte en una novela ordinaria, hasta allí. Pero el relato final tiene una intensidad desusada, un vuelo narrativo muy logrado, quizás porque la unidad de su decir rompe la fragmentación anterior para agregarle vigor, sentido simbólico y una descarnada visión que enlaza al hombre último y al paisaje como una pincelada común. El distanciamiento que lo aleja de la marca autobiográfica anterior y del informe aséptico de los neohumanos, coloca al relato último en un territorio narrativo que dice la desnudez de ese hombre que de nuevo se siente solo y escribe, en ese viaje por la desolada Europa, lo mejor de Houellebecq.

Sergio G. Colautti
(Río III, Cba, Argentina) Escritor y profesor de literatura. Es autor de los libros Apuntes sobre la narrativa argentina actual (1992), Homenaje a Borges (1996), La mirada insomne (2005) y coautor de Escritores sin patria -homenaje a Daniel Moyano- (Oviedo, España) entre otros. Escribe críticas literarias para Tribuna, de Río III, La Voz del Interior, de Córdoba, La Nueva España (Oviedo) y otras publicaciones. Ha recibido numerosos premios entre los que destaca el Premio Fdo Nac de las Artes (1991) en el género ensayo.