antes del alba / narrativa
Ilustran esta edición
obras de la artista
Diana Rosa Latourt
Roberto Uría
(La Habana, 1959)
Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Habana. Desde 1995 está exiliado en Miami. Actualmente es el Jefe de Cierre y Edición de la revista Vogue México y Latinoamérica. En 1986 ganó el Premio 13 de Marzo de la Universidad de La Habana con el libro de cuentos “¿Por qué llora Leslie Caron?”. En 1987 recibió una mención especial en el Concurso de Cuentos David, de la UNEAC, por el libro de cuentos “Infórmese, por favor”. En 1990 ganó el Premio de Ensayos Mirta Aguirre por un ensayo sobre la obra poética de Virgilio Piñera. Ha editado sus textos en diversas publicaciones como Casa de las Américas, Letras Cubanas, Encuentro de la Cultura Cubana y Revolución y Cultura. Sus cuentos han aparecido en varias antologías del cuento cubano. Tiene listos para publicar los libros “Cuentos de Cristo 8” y “Fábulas afables”.



I-. Sólo para cadáveres
“Sólo para cadáveres”, reza el cartel colocado en el único elevador del que, elegante,
horizontalmente satisfecho, sonriéndose sale el cadáver en busca de la capilla F, de la
Funeraria Nacional de Calzada y K, en El Vedado, La Habana...
El pantalón es negro. La camisa, verde, y se ha empeñado en ponerse un par de sandalias
sin medias. Las moscas se las espanta con un pañuelo rojo.
Es octubre y todavía se ahoga:
-Estos puñeteros calores... A mi edad, no pueden ser otra cosa que la bendita
menopausia- dice al entrar y tropieza, con toda intención, con uno de los falsos cirios,
que al caer despabila a los dolientes que están reunidos en su mayoría desde hace más de
tres horas.
-¡Los trámites, viejitos, los trámites! No aparecía a última hora una planilla en la que hay
que declarar no tener miedo de morir. ¿Miedo? ¡Lo que no tuve fue tiempo de tener
miedo- casi canta el cadáver explicando su demora.
Y sólo se acomoda solo.
II-. Los dolientes se consuelan
-¡Qué barbaridad, viejo! ¡Si parece que está dormido!- exclama Betty, La Retozona,
dando inicio a los comentarios de rigor sobre el exquisito cadáver servido.
Boris, El Tebano, sentencia:
-¿Dormido? ¡Qué va! Este lo que está es muerto de la risa. Se ríe del aprieto en que nos
ha puesto...
-¡Mira que “irse para Honduras” justo en este día!- se lamenta Pedro Arnaldo, El
Despedidor.
Rasec, El Citadino, y Avelino, El Joven, permanecen callados. Pepe Bello, El Rico, está
tratando de resolver alguna corona que, racionadamente, son sólo a dos por muerto. ¡Con
esta sequía ni flores hay! Y, a veces, el camión que tiene que traer “la nota verde” se
volatiliza del mapa y los velorios se disparan sin penas ni glorias.
-¡Ay, si hubiera unos girasoles!- se dice el cadáver mientras se desabrocha los dos
primeros botones de su camisa verde.
-Yo estoy muy asustada. Tengo el presentimiento de que ocurrirá una catástrofe: todos
sabemos que hoy está prohibido morir. ¿Por qué este loco no se habrá muerto dentro de
tres o cuatro días?
-¿De qué catástrofe estás hablando, Betty mía? Tú no tienes que tener más miedo que el
cadáver. Es más: tú no tienes que estar aquí. Vuelve a tu buró o a tu casita linda. Puedes
irte, querida, cuando quieras...
-El que tiene que irse eres tú, Boris, El Tebano. Pero robarte una lancha y largarte de la
isla para siempre.
-Tú sabes muy bien que no me gusta viajar en barco. Y si me fuera, ¿qué sería de ti?
¿Quién te puede amargar la vida mejor que yo con mis éxitos?
-¡Por el amor de Dios, señores!- suplica Pedro Arnaldo, El Despedidor- dejen de tirarse
los cacharros a la cabeza. Necesito silencio y paz para poder escribir la despedida de
duelo que él se merece.
-¡Pero qué cosa! Me duele nuestra falta de dolor. ¡Qué pena tan terrible esta ausencia de
llanto y de lamento por la muerte de nuestro amigo!- se queja Avelino, El Joven.
-No te preocupes, hijo mío. Tú eres muy joven. Pero te irás volviendo como ellos. Es la
ley de la vida: el miedo crece con los años. El miedo devora el alma y nos deja secos, sin
fortuna para el dolor. ¿Podríamos vernos dentro de veinte años? Te invito a comer mis
deliciosas ruedas de emperador fritas en mantequilla; ¡ya verás!- dice el cadáver desde su
tribuna.
III-. Coróname la vida, corazón
Por fin llega la cuota de coronas correspondiente. Pepe Bello, El Rico, entra sudoroso y
agitadamente, desorbitado dice:
-¡Esto es lo nunca visto! ¡Hasta para morir uno tiene que hacer cola! He tenido que venir
caminando desde 23 y 12 con estas mierdas de coronas, que resolví porque soborné al
empleado. ¡Y ni soñar con guaguas a esta hora! ¡No sé a dónde iremos a parar!
-¡Yo sé a dónde iremos a parar!- le hace eco el cadáver esbozando una sonrisa maliciosa.
-¡Pero qué desastre de flores!- asegura Betty, La Retozona, mientras intenta arreglar un
poco las coronas.
-Son de producción nacional, querida- comenta Boris, El Tebano.
-¿Dónde están las cintas, Pepe Bello?- pregunta Betty.
-Están abajo: ya las mandé a grabar. Vendrán dentro de un ratico.
-¿Y qué ordenaste que escribieran, Pepe?
-Ya verás, Betty. No te preocupes...
-Seguro que ordenó escribir: “Te seguiremos. Tus apaleados de siempre”.- dice Boris, El
Tebano.
-¡No le veo la gracia!- ruge Betty y saca, de su carterita, una lima que usa, con toda
furia, contra sus uñas.
-¡Silencio, coño! Esta despedida de duelo tiene que ser un poema. A lo mejor, hasta me
lo publican en El País o en La Nación- suspira, aleteando sus verdes pestañas, Pedro
Arnaldo, El Despedidor.
-¡Qué sangre fría tienes tú, Pedro Arnaldo! No, y después hablan de los alemanes...
Menos mal que nosotros somos los mejores, los elegidos, el alma de la iguanidad, porque
si no... Bueno, mejor me callo: tengo un salto en el estómago. ¡Miren, las cintas!- casi
grita Rasec, El Citadino.
Y todos se avalanchan sobre el soñoliento empleado funerario que suelta las cintas y se
va como alma que lleva el diablo. Todos tratan de leerlas . Se empujan. Tropiezan con los
sillones. Uno de los cirios baila can-can. Betty, La Retozona, grazna:
-¡Estás loco, comemierda! Nos quieres embarcar a todos: ¿qué es esto de “Talks, no
tanks”? ¡Qué original, mentecato! Se ve bien que has vivido mucho fuera de aquí. Y,
luego, no quieres que te digan que tienes problemas urológicos...
-Y esta dice: “Acariciad un círculo y se volverá vicioso”. Yo no entiendo nada- se
lamenta Avelino, El Joven, con los ojos aguados.
-No les gustarán. Pero mi buena plata me costaron- solemnemente declara Pepe Bello, El
Rico.
-Tú siempre nos estás financiando todo, hasta el silencio, dear- le reprocha Rasec, El
Citadino.
-No seas tan dramático, chico. Cómetelas, si quieres... -le responde Pepe Bello.
Todos se miran con desespero. Todos temen, de un momento a otro, lo peor: una visita de
los camaradas carismáticos. Todos tiemblan de miedo y soledad. Todos desean y no
desean estar en la capilla F. Todos tratan de esculpirse, febrilmente, su paz interior para
ahora y para después. Todos terminan por ser como casi todos: inclinan la cabeza total y
bendicen los palos que les dan.
Boris, El Tebano, coge un pedazo de una de las cintas y se lo come con avidez. Todos,
menos Pepe Bello, arrancan un trozo, que mastican y tragan con satisfacción. Las coronas
quedan sin dedicatorias. El cadáver se incorpora en su ataúd, se rasca una oreja y dice:
-¡Que les aproveche, amigos!
LAS APORÍAS DEL SEÑOR FALÓNTROPO
Roberto Uría Hernández
revista literaria digital | año III - No. 1 - Invierno - Primavera - Verano de 2009 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón
© la Zorra y el Cuervo, 2009.
Todos los derechos reservados.
ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.

IV-. Antecedentes penales de un terrorista aterrorizado
¿De verdad que estás tan calmado como quieres hacer ver? Tú siempre aspiraste a que los
demás te respetaran por esa lengua, que ya comienza su sueño eterno: ella te sirvió de
escudo muchas veces. Pero, otras, sólo consiguió crearte problemas. Jugabas con la
candela y con el agua y con las piedras y con la carne. ¿Quién eras tú en realidad? Un
bromista: un diablo encantado. Un niño (¿de provincia?), pálido y flaco, que en el juego
cotidiano de la vida, al envejecer, fue perdiendo sus atributos de diablo, y se fue
quedando sin un huequito donde poder resistir las diabluras de los demás...
Yo sólo quería animarme y animar a los demás un poco. Yo soñaba con hacer de esta
ciudad grande una gran ciudad. Yo moría al ver cómo morían tantos, de tanta luz, sin
llegar nunca a ser esplendentes.
Tú eras la luz. Pero no eras la necesidad de la luz. Todo cirio encendido es un desafío a la
oscuridad vertical del templo. Todo David se consume en el sueño de su honda sin
piedras.
Walter von der Vogelweide se preguntó con asombro cierto día: “Ist es mein leben
geträumt oder ist es wahr?”. Y yo me lo he preguntado muchas veces desde mi
desconcierto: “¿He soñado mi vida o fue un sueño?”: todo ha sido tan rápido, tan voraz.
Aunque, pensándolo bien, lo mío no ha sido para tanto. Siempre estuve aterrorizado por
la soledad y la muerte, ¿esta paz que disfruto ahora?
Tú no eres bobo, chico. Lo tuyo sí que fue tremendo. Si quieres, te ayudo a refrescar la
memoria. Tu expediente está bien gordito, como puedes suponer: sesenta días a puré de
calabaza -en desayuno, almuerzo y comida-, en “El Mandarín”, por escribir y difundir
una apología del chocolate, que se había prohibido en la isla por ser “un rezago del
pasado”.
Y una condena de seis meses enseñándole griego antiguo a los cocodrilos en la Ciénaga
de Zapata por crear, “con tinta sangre del corazón”, una “Alocución contra los
necrófilos” y una “Oda al falo erecto”. ¡Qué injusticia!
Y una sentencia de un año sembrando café caturra, en las playas de Guanahacabibes, por
cometer el delito de atentar contra los poderes de El Sagrado Verbo. ¿Recuerdas tus
inventos juguetones? Palabritas o frases como: depresiódicos, hipocucharemia, síndrome
tubocarencial, cristitis, falontropía, cominsumo...
Y, ¿qué es la capacidad de morir si no la capacidad de ordenar? ¿Qué otra cosa se puede
hacer en un pueblo tan joven, que no sabe definir? ¿Seguimos siendo esplendentes?
V-. Aporreado de ternera
Betty, La Retozona, levanta la vista de las uñas que se ha estado limando y exclama:
-¡Miren quién está aquí! ¡Rosito Ferreiro Rezaltar! ¡Bienvenido, profesor!
-Silencio, por favor -solicita Pedro Arnaldo, El Despedidor, buscando concentración en
su texto para las honras fúnebres.
-¡Qué sorpresa tan agradable! Así que decidió sumarse a nuestro intenso dolor por la
pérdida del colega, ¿no? -afirma Boris, El Tebano, dirigiéndose a Ferreiro Rezaltar.
-No, yo pasaba por aquí y subí para ver si alguno de ustedes tiene las Confesiones de San
Agustín que necesito leer -dice Rosito todo tembloroso:
-¿Qué? ¿Piensas escribir las tuyas? Sería un best-seller -le riposta Boris esbozando una
sonrisita.
-Yo tengo las Confesiones en casa, maestro. Mañana mismo se lo puedo llevar. Es un
honor poder prestárselo -gorjea Avelino, El Joven.
Y ácidamente Rasec, El Citadino comenta:
-Esta juventud está perdida. ¡Ni que te hubiera ofrecido el Premio Nobel de Literatura!
-Nada, nada, viejito. El afán de celebridad es natural en todos. Cualquier motivo es
sólido para alzarnos un pedestal. ¡Dímelo a mí! Siempre anduve, divino y regio,
coronándome la existencia miserable, que casi siempre me impusieron -dice el cadáver.
-¡Pero, muchacho, no te comas así el tabaco! -le advierte Betty a Rosito Ferreiro
Rezaltar. Y agrega:
-Si te ibas a poner tan mal, no debiste subir. Aquí todos estamos muertos de miedo. Pero
tratamos de disimular... Y en este arte tú eres veterano, ¿verdad?
Pepe Bello, El Rico, se incorpora en el sillón y dice solemne:
-Rosito no vino solo: tenemos visita. Saludemos a los camaradas carismáticos que nos
atienden. Bienvenidos a este templo de dolor y de silencio.
Todos quedan petrificados menos el cadáver que sonríe y se dice:
-Se está poniendo buena la cosa...De aquí no me voy ni muerto.
-Yo me iba. Sólo pasé a ver si alguien tenía el ensayo en verso Las hoces y las espigas.
Me hace falta para un ensayo que escribo sobre los ensayos de Lingüística Cromática y
su influencia en los ensayos productivos de los ensayos sociales, que ensayan... -susurra,
mientras huye de la capilla, Rosito Ferreiro Rezaltar. Su tabaco ha quedado encendido,
humeante, a modo de incensario, en un cenicero de aluminio.
El camarada carismático Uno dice:
-Muy buenas tengan. Como todos saben, hoy se festeja el día de nuestro querido San
Hipólito y, por decreto-ley, está prohibido morir, porque de hacerse sería una afrenta que
mancillaría a nuestras aguerridas abejas-obreras. El cadáver está detenido y tiene que
acompañarnos a Palacio, donde será interrogado y procesado.
-¿Y con estos qué medidas tomamos? -pregunta el camarada carismático Dos.
-Ustedes están acusados de complicidad y tienen que permanecer aquí hasta nueva orden.
Nuestro espíritu de trabajo quedará vigilando para defender nuestras conquistas -le
responde el Uno.
El cadáver se sienta en el féretro; parsimonioso baja de él y, sacudiéndose la camisa con
el pañuelo rojo, dice:
-Andando se quita el frío. Bueno, muchachitos, quedan en casa. Rieguen las flores y
pórtense bien. Sobre todo, cambien esas caras que tienen de aporreado de ternera. Si
quieren, jueguen a la solterona. ¡Arrivederci, amici!
Por la capilla pasa un ángel desplumándose las alas.
VI-. El Palacio del Marasmo te saluda
¿Marasmo? Mas-armo. Sam-omra. Mas-oram. As-mamor. Masom-ra. Asma-rom.
Masa-orm. ¿Marasmo? Dicen que las masas son llevadas a masitas. Y las masitas a
naditas. Por do quiera que vayas hallarás lobregueces. Enflaquecer es la palabra de orden
para apuntalar los desórdenes que se ordenan. Dicen que al deshidratarse las rocas, el
espacio, impreciso y cósmico, se convierte en una sombra protectora. Luz es la voluntad
del gen, pero todo refugio está en el vértigo. Dicen que entre la nada y la muerte hay un
grillo equilibrándose con un monolito erecto. Y de letra en letra recorre el alfabeto,
completamente, sin darse sosiego. ¿Qué rubí es el nuestro? Dicen que en el último
terremoto hubo diez millones de nacimientos y que, por fin, las estrellas pacen en los
establos. Pero son de la loma y cantan en llano. ¿Tú verás? Dicen que dicen que dijeron
que la masa de la nada apaga la llama por el meridiano que anda. Y basta.
VII-. Contacto con tacto
-¿Ha sufrido alguna caída de consecuencias fatales?
-La caída del pelo.
-¿Es la historia interminable o tiene su Juicio Final?
-A mí me gustan los girasoles.
-¿Cree en la resurrección de la carne?
-La escalera tenía treinta y nueve escalones. Con dos cubos de agua, cada viaje, al final
del séptimo, ya había bajado y subido quinientos cuarenta y seis escalones. No recuerdo
bien cuántos años tuve que vivir allí...
-¿Ha tenido alguna vez los ojos azules?
-La lluvia está embalsamada. El canario nada en su pecera. Los relojes sueñan ladridos:
aquí todo está en orden.
-¿Le gustaría que su lengua fuera incinerada?
-Roma non fu fatta in un sol giorno, pupazzo.
-¿Por qué envía sus cartas sin remitente?
-Mi partido preferido es el de dominó.
-¿Aplaude al final de los discursos?
-¿Quiere muertear un poco?
-Pertenezco a un coro de castrati.
-¿Cree en la virginidad?
-Me desalientan los helados de fresa.
-¿Ha hecatombizado alguna vez?
-Mi padre es albañil y mi madre, costurera. Y tengo un hermano muerto en la guerra,
-¿Se le nota todo o nada?
-A mí me prohibieron tatuarme el falo con una frase inocente: “Soy Dios”.
-¿Cuándo resucitará el mar?
-¿Pero quién es el vivo, usted o yo?
-Vence el instante, muchacho.
VIII-. El Paraíso recobrado
“Sólo para cadáveres”. Reza el cartel colocado en el único elevador del que, serios,
tiesos, inmortales salen los camaradas carismáticos. Son seguidos de cerca por el cadáver,
que va esposado y con una mordaza. Todos se encaminan a la capilla F, de la Funeraria
Nacional de Calzada y K, en El Vedado, La Habana.
El camarada carismático Uno dice:
-Ya estamos de vuelta. El caso ha sido analizado con rigor y, para que el enemigo no se
aproveche de la coyuntura, se decidió permitirle al cadáver que siga muriendo. A ustedes
sólo se les impondrá una amonestación en el seno de la música de las esferas. Dentro de
cinco minutos le retiran la mordaza al ilustre: no queremos que los confundidos digan
después que no hay libertad de comunión. Para decir el lema, uno, dos, tres:
-“Bajo lluvia, sol y sereno, inmortales siempre seremos” -dicen todos a coro, de pie, con
el pecho erguido y la vista al frente.
-Nos veremos. Hasta la próxima -afirma el camarada carismático Uno y sale junto con
su colega.
Los dolientes se quedan pensativos, cabizbajos hasta que Betty, La Retozona, rompe el
silencio y declara:
-Hay que quitarle la mordaza.
-Quítasela tú -le responde Boris, El Tebano.
-Ni muerta. Que se la quite alguien con menos nervios que yo.
-Conmigo no cuenten: estoy deshecho -solloza Avelino, El Joven.
-Ni conmigo tampoco. Ya bastante tengo con tener que despedir el duelo dentro de unas
horas -rebuzna Pedro Arnaldo, El Despedidor.
-Bastante tiene el pobre con estar esposado: hay que quitarle la mordaza. ¡El nos la
hubiera quitado a cualquiera de nosotros, caballero! -ácidamente dice Rasec, El Citadino.
Boris se le acerca y en voz baja, pero firme, le pregunta:
-¿Estás seguro? ¿Por qué le hipotecas el pasado a nuestro cadáver?
-¡Déjense de filosofías, ahora! -grita Betty, La Retozona -Si no le quitamos la bendita
mordaza, nos pueden volver a sancionar. Y ustedes saben muy bien que tres sanciones en
menos de un año implica la pérdida de un ojo. ¿Pero es que aquí no hay hombres?
-Tú sabes bien que no, honey -responde Pepe Bello, El Rico -Hace tiempo ya que los
dinosaurios nos extinguieron. Yo le quito la mordaza y, en desagravio, rezaré algo...
Pepe Bello se aproxima sigilosamente al sarcófago y le retira la mordaza al cadáver, que
suspira y dice:
-¡Qué alivio, mi Dios! Era como tener puesto un corsé pesando 300 libras. ¡Esto no es
vida! ¡Cómo extraño “La Embajada”, mi casita linda! ¿Y qué pasó con la oración
prometida? Ustedes saben que, desde los orígenes, yo soy muy religioso.
Solemne, Pepe Bello se coloca en el centro de la capilla y reza en voz alta:
-“My life closed twice before its close / It yet remains to see / If Immortality unveil / A
third event to me / So huge, so hopeless to conceive / As these that twice befell. / Parting
is all we know of heaven, / And all we need of hell”.
IX-. Emparedado de rosas blancas
Ya era hora de que todos se durmieran en los benditos sillones. ¡Qué silencio, Dios!
¡Menos mal! Porque yo, a decir verdad, estoy muerto de cansancio después de tantos
trajines de planillas, coronas, interrogatorios, viajes y miedo, sobre todo, miedo que se
pega como un chicle. Soy el cadáver más ratón del mundo. Y de contra, estos
muchachitos no se cansan de hablar. Quieren arreglar el mundo con palabras. ¡Palabras,
palabras, palabras y viento triste! Vamos a ver si ahora, con esta tregua, viene alguien del
más allá a visitarme, y podemos sentarnos a conversar de lo humano y lo divino. Siento
murmullos, ¿quién será?
-¿Eres tú, Pepe? Cuidado no despiertes a alguien...
-No, soy yo, René, El Rebelde, que viene a visitarte con Flora, La Planchadora. Pepe
Lares, El Hechizado, viene subiendo las escaleras todavía, regateando hasta la última
gota de aire.
-¡Flora y René! Pero pasen, hijitos, pasen y vean cómo me tienen. Seré el anfitrión más
inmóvil del mundo, de este y del otro.
-Sí, pero la lengua sí que la tienes suelta, como siempre...
-¡Qué barbaridad, hija mía! Más respeto para el muerto que soy. ¡Y cuidado con tus
grandes pies! “Ponte la flor. Espérame, que vamos juntos de viaje...”
-Ya no me encanta el brillo de la luna: sólo me sorbe la nada.
-No sé qué decirte, hijita. Estoy lleno de dudas frente a las eternas historias de estas
tierras paridoras de bufones y cotorras. Me da terror irme. Pero más terror me da
quedarme aquí.
-Por favor, no se pongan así. Entremos y salgamos de la luz alegremente. Miren, ya
viene llegando Pepe Lares, El Hechizado...
-¡Maestro!
-Ah, que tú escapes en el instante en el que habías alcanzado tu definición mejor. Ah, mi
amigo, que tú no quieras creer las preguntas de esa estrella recién cortada que va mojando
sus puntas en otra estrella enemiga...
-Sí, viejito, claro que sí creo. Creo en lo mercurial y en lo telúrico, en el poder del amor y
en el falo, en la lengua y en el silencio. Y creo en ti.
-¿Tan semejantes somos? Si logramos un instante de eternidad, romperemos el sortilegio
de la muerte.
-Voy con el tornillo preguntando en la pared, un sonido sin color, un color tapado con un
manto. Pero vacilo y momentáneamente ciego, apenas puedo sentirme.
-Piensa en los rudos efebos. Piensa en los dulces donceles. Piensa en el milagro de la
rosa. Piensa que dentro de ti estaba el poema...
-Toda scolorito modello termina siendo una diabolae. Ovidio tiene que escribir una
segunda parte de su Ars Amatoria. ¿Después del gran todo viene la nada? ¿Qué te parece?
-Recién comenzamos a nacer. Olvídate de la paz eterna. Ahora me tengo que ir,
hermano.
-Y nosotros también. Pronto amanecerá.
-Ha sido reconfortante verlos y conversar un ratico. Discúlpenme alguna que otra
solemnidad. En el fondo, soy un emotivo de mierda. Nos volveremos a ver, ¿cierto?
-Hasta luego.
-Hasta luego, señores.
Y estos niños siguen dormidos. ¿Qué hora será? Esta civilización me mata con sus
rituales. Yo haría varias revoluciones para aligerar la carga de símbolos, emblemas, ritos
y ceremonias. Veinticuatro horas para consumir un cadáver es un tiempo enorme. ¿Cómo
será dentro de mil años?
X-. Agua bendita para el sol
Amanece. Los dolientes todavía siguen medio dormidos en sus sillones. El cadáver
bosteza de aburrimiento. Se comienzan a sentir ruidos metálicos, voces, pasos, risitas
asordinadas. La capilla F es invadida por las mozas de limpieza que, entrando, tiran por el
piso varios cubos de agua. Betty, La Retozona, pega un grito al sentir el agua fría en sus
pies. Las limpiadoras ordenan que nadie se mueva de sus puestos y que todos tienen que
levantar las piernas. Todos se terminan de despertar, confundidos, sin saber qué pasa.
Betty protesta. Pero las mozas, agresivas, insisten en que ellas cumplen órdenes, que se
está celebrando la jornada Mi funeraria alegre y bonita y que, de ganar la emulación, los
trabajadores tendrán derecho a comer una noche en un restaurante de tercera: hay que
baldear la capilla. Betty está rabiosa. Pero Boris, El Tebano, le pide que renuncie a
imponer su ley seca, que deponga su látigo de mayoral, por un rato, para evitar un
conflicto de proporciones mayores con las masas. El cadáver sonríe socarronamente. Las
empleadas limpian con furor y advierten que los sillones no pueden colocarse en círculo,
sino en línea recta como manda el administrador. Boris dice que ha tenido un sueño muy
raro, que ha soñado con berenjenas. Avelino, El Joven, se despabila y asegura que la
última voluntad del cadáver fue comer berenjenas, pero que no pudo satisfacer su deseo.
Pedro Arnaldo, El Despedidor, afirma que se le tiene que poner la berenjena en el
sarcófago, guisada como le gustaba al cadáver. Guisada no, sino frita y espolvoreada con
azúcar, dice Rasec, El Citadino. El cadáver hace muecas de disgusto: él prefiere la
berenjena con picadillo de res. Berenjena sea como sea, chilla Avelino. Betty, La
Retozona, dice que, hacía dos días, leyó en el periodico un artículo de Isabelita Morales
titulado “¿Sabe preparar la berenjena?”, y que, después de explicar las bendiciones de la
berenjena y dar cincuenta y cinco recetas, el último párrafo decía: “Como había sido
informado, no pueden asegurarse nuevas entregas de berenjena, debido a las limitaciones que
afronta nuestro país para la importación de este renglón, materia prima de considerable peso en
las producciones de la industria nacional”. Berenjena sea como sea.
Y como todos son más o menos supersticiosos, pegan el grito en el cielo por la carencia
de la fruta. Sólo Pepe Bello, El Rico, recupera el sosiego. El, como un ciclón mágico que
trae en lugar de llevarse cosas, de pronto recuerda que tiene en su maletín una latica de
berenjena en polvo de la Nestlé. Se resuelve el problema. El cadáver es espolvoreado con
la susodicha. Varios estornudos y santa paz. Luego, unos se peinan; otros, van al baño.
Unos se calzan, otros se estiran como gatos. De momento, Pedro Arnaldo, El Despedidor,
grita: ha desaparecido su texto necrológico. Se fue en la limpieza general. Todos buscan
por todas partes a ver si aparece alguna hojita. Pedro Arnaldo llora. Avelino también. El
cadáver dice: ¿Habrá croquetas en la cafetería? Betty, La Retozona, solloza porque no
pude más con su debilidad y tiene que ir a tomar un cafecito. Todos la siguen. El cadáver
queda solo y aprovecha para soplar un poco la berenjena en polvo y acomodar unos
papeles, que se irán con él “para Honduras”...
XI-. La Partida
Los dolientes regresan de la cafetería. Algunos traen croquetas que comen con
ansiedad. Betty da instrucciones mientras se maquilla los ojos:
-Vamos a ver si nos apuramos con las croquetas, que son “cosmonautas” pero no tienen
espinas. Dentro de unos minutos es la partida para el Cementerio de Colón. ¿Ya está
garantizado el transporte? ¿Qué averiguaste, Avelino?
-No hay transporte. Dicen que no hay aire para echarle a las gomas. Están alquilando
carretillas sólo para cadáveres. Los dolientes tenemos que ir a pie.
-¡Pero esto es inconcebible! -ruge Betty.
-¿Inconcebible? ¿Y esa falta de creederas? No puedo permitir que caigas en semejante
desbandada, Betty. Las cosas van a mejorar mucho... más adelante. Al menos, sin
distinción, todo el mundo tiene derecho a llevar su muerto en una carretilla, que empujan
los propios familiares y amigos: ¡esto es justicia! -le responde Boris, El Tebano.
-Déjate de payasadas. Ni tú mismo te crees la décima parte de lo que has dicho. Estás
muy enfermo, muchacho -dice Betty con odio concentrado.
-Por favor, señores. Ya hay que bajar. Es mejor que esperemos afuera. Vamos -sugiere
Pedro Arnaldo, El Despedidor.
Todos bajan y esperan por el cadáver a la entrada de la funeraria. Pasan diez minutos,
veinte, media hora y al ver que el finado no llega, estalla la revuelta:
-¿Pero dónde está? -vocifera Betty.
-Dicen que cogió el elevador hace rato -comenta Avelino.
-Debe estar jugando a las escondidas. El siempre haciéndose el gracioso -sentencia
Boris.
-¿No habrá sido detenido de nuevo por los camaradas carismáticos? -especula Rasec.
-Yo no puedo impacientarme: bastante tengo con tener que despedir el duelo sin el lindo
poema que había escrito y que empezaba diciendo “Las florecitas violetas del patio /
están llorando violáceas de tristezas...” -dice Pedro Arnaldo.
-Habrá que pagarle a alguien para que lo busque -afirma Pepe Bello.
-Si sigue este descontrol general, yo me voy para mi casa. No puedo más...-se queja
Betty.
Al dichoso elevador se le ocurrió trabarse justo en este momento, y con el cadáver en su
interior, que casi al borde del ataque de nervios dice:
-¡Madre del Verbo! ¡Qué velorio el mío! ¡Esto no tiene nombre! Estoy loco por llegar al
seno de Colón. Hasta para morirse uno pasa trabajo aquí...Y después hablan del reposo y
la paz eterna y mil sandeces más. ¿Hasta cuándo, Señor?
XII-. Los yareyes de Colón
Por fin, el cortejo fúnebre llega al Cementerio de Colón. Los dolientes están sudorosos,
cansados, con ojos de mala noche; los rostros piden a gritos una cama. Silenciosos andan
en cámara lenta. El cadáver se impacienta en el féretro pensando qué trámites faltarán
todavía. Teme alguna complicación de última hora. Paz es lo que más necesita. Como
necesita presentar su carné de identidad para ser sepultado. ¿Y dónde está el carné? Por
fortuna aparece rápido. Todos respiran de nuevo. Pero el funcionario comunica que no
puede proceder a la inhumación porque en el carné no está el cuñito de la donación de
órganos vitales. El cadáver convulsiona. Los dolientes vociferan. El administrador
amenaza con buscar la policía. Las flores se evaporan. ¡Piedad! ¿Pero qué órganos
pudiera donar este pobre diablo, flaco y pálido? Las orientaciones bajadas son claras: no
se puede enterrar a nadie con sus órganos vitales. Para algo han de servir en el zoológico,
en una escuela o en un restaurante, ¿no? Además, ¿y si viene una inspección de
provincia? Aunque, pensándolo bien y por tratarse de ustedes, los de la lengua viva y el
corazón vendido, se pudiera buscar alguna solución (si no quieren salación) interna. Hay
que ser dialécticos, ¿no? ¿Y a cuánto ascendería la solución? Bueno, compañeros con los
que compartimos nuestro des-pan-zamiento, por cinco libras de arroz, tres latas de leche
condensada y una caja de fósforos, hasta el cuñito le ponemos en el carné descarnado... Y
remedio santo. El tratado de pan se firma y la bóveda se abre, cual fauces voraz, para
deglutir al maltrecho cadáver...
XIII-. El Cristo en blue jeans
Pero antes, hay que despedir el duelo... Pedro Arnaldo se sube a una tumba vacía, se
aclara la garganta, inspira, levanta la vista al cielo... Todos esperan con asombro: Pedro
Arnaldo se echa a llorar y dice que no, que él no puede, que no recuerda nada de lo que
escribió, que está conmovido. El cadáver, exasperado, monta en cólera, rompe las
esposas, fuerza el sarcófago, se levanta, resucita y despide su duelo. Dice a voz en cuello:
“Loco de contento / me echo por esas calles, / huelo el perfume de la noche, / y grito:
¡Estoy vivo! / ¿Acaso no se percatan? / Abro mi camisa, llevo la mano al corazón: /
Oigan cómo late... No importa hasta cuándo. / Ahora vivo en medio de la calle, / y estoy
de fiesta. / Mientras viva seré inmortal. / Si toco mi corazón, / es como si lo tocara
eternamente. / Tan vivo estoy, que la historia / desfila ante mi vista, / y puedo
acompañarla en su incesante marcha, / haber sido, ser y llegar a ser. / La sangre bulle en
mis venas. / Cumple una y otra vez su ciclo, / y a la vida me aproxima más el tiempo. /
Mía solamente, eterna en su bóveda celeste. / A este brazo que alzo, a esta boca que
sonríe, / poder humano ni divino podrán darles / cristiana o pagana sepultura. / Desafían
el negro boquete del sepulcro. / Aves de una especie desconocida, / sobre el polvo se
encaminan intrépidos / hacia los mágicos espejos / donde la infinitud del tiempo / al
hacerlos temporales, los reflejará en su pura esencia: / un abrazo y una boca en mitad del
planeta. / Obtener esta victoria, / es la confirmación de estar vivo / vivo siempre,
abandonado / mi cadáver futuro, / para hablar con mi cuerpo y decirles: ¡Aleluya!”.