© la Zorra y el Cuervo, 2009.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
antes del alba / narrativa
Ilustran esta edición
obras de la artista
Diana Rosa Latourt
La escritura de Susana Della Latta (poeta, y narradora, Buenos Aires, Argentina) se inserta en una tradición muy difícil. Narrativa del desacomodo, evita complacer a toda costa cualquier expectativa convencional. ¿Viste a Monterroso, y Arreola en sus ficciones?; prosigue escarbando y aparecerán Beckett, Clarice Lispector, y aquella parte monstruosa que poseen sólo los narradores suicidas. Publicamos una selección de minificciones extraídas de su libro PALADINO y otros relatos.
MINIFICCIONES
Susana Della Latta


MEDIODIA DEL LUNES
Le preocupaba el pie del otro. La camisa no. El color azul de la camisa, no. La mujer que lo acompañaba, no. El gris de los zapatos de la mujer que lo acompañaba, no. A su derecha un pie más grande. Le preocupaba el pie más grande del que estaba a su derecha; un portafolio asomando por el ángulo izquierdo entre él y el hombre de camisa azul, junto a la mujer con zapatos grises. Amenazó con golpear su pierna. Le preocupaba la cáscara de mandarina 30 centímetros delante del pie del otro. Por stress perdió un poquito el equilibrio, se fue hacia atrás, tocando con su codo a un estudiante apresurado. En la preocupación por el pie del otro, la mujer acompañante no, el residuo frutal, el portafolio rozando el muslo y aquel joven, no vio cambiar la luz en rojo ni la multitud cruzando la avenida.
Continuó esperando. En el piso, y con algunas señales de violencia callejera.
BICLICLETAS
Carla saca su bicicleta y con intención de pic-nic deambula por las calles semi-desiertas sin pensar, lo sé, en la ley de gravedad. Su sexo goza feliz, con el asiento a escondidas.
PISO 17
La inválida del piso 17 no podía dormir. Algunos aseguran que el dormir mantiene la piel sana, garantiza buen humor y retarda el envejecimiento, pero yo recuerdo grandes personajes, para quienes dormir no era necesario, y en esto va Leonardo; entre disección y brocha, descansaba 15 minutos, para regresar al ojo abierto.
La mujer del piso 17 no dormía desde el año pasado; pasado con respecto a la historia que se narra, o sea que podría hablarse de 10 meses con la pupila expuesta. Los iriólogos se ensañan en casos como éste. Detenido el iris en misma posición, acusador y desafiante al punto de manipular cualquier diagnóstico. Tenía el mapa de su cuerpo en constante actividad y las piernas colgando de la silla de ruedas.
Decir que se levantaba por la mañana a tomar su desayuno es irónico, simplemente se trataba de un cambio de situación, de la cama a la silla y viceversa, sin tener en cuenta los horarios habituales de cada evento. Tampoco llegaba nadie a visitarla, ni sonaba el teléfono. En una caja cercana a su mesa de noche guardaba un fajo de billetes, la mayoría dinero circulante y muchos otros de moneda extranjera. Existe un peculiar grupo de personas en el mundo que se fascina coleccionando objetos, papeles, pertenencias caducas. Puedo comprender que la inválida del 17, no pudiendo salir de paseo, se deleitara con mirar estas reliquias.
Es cierto que esperaba el correo a diario. Se lo deslizaban por debajo de la puerta, a no ser que entre las cartas llegara algún paquete, entonces el cartero golpeaba dos veces, y la mujer después de unos minutos decidía abrir y retirar el bulto, constatando rigurosamente que el hombre se hubiera ido.
¿Y que pasa con ella? Nada.
Yo tampoco dormía. Dicen que fue un impacto en la cabeza al cumplir mis quince años. Esa era la explicación de mi abuela. Luego comprendí que todos los hombres de la familia habían padecido algún daño cerebral que los dejaba marginales. Mi tío pertenece a una secta religiosa y no puede ser visto; un primo tiene 36 años y se cuenta que aun no conoció mujer; otro se masturba todas las mañanas a las 8 y no quiere mudarse o pasar la noche fuera del apartamento.
¿Cómo creerles cuando dicen que la mujer del 17 es mi madre?
LA LENGUA
Había que dejarlo.
Grupos mayoritarios dirían que su lengua, tan carnosa y larga, provocaba asfixia dentro de las bocas. Sin proporción. Y eso no era todo; tierna cuando no debía serlo, se movía entre palabras y lavaba enormes encías que sostenían sus dientes malformados.
Había que dejarlo.
La lengua era tan grande como sus dos orejas juntas. Tocaba la nariz si lo quisiera. Limpiaba la barbilla también y podía obstruir el aire de cada exhalación.
Había que dejarlo.
Nadie podía imaginarse que semejante tabla esponjosa debajo del paladar, fuera la causa de sus constantes rupturas. Mientras se mantenía en labios cerrados, el hombre era capaz de conseguir lujuria con sus dedos, moviendo las pupilas, agitando piernas y brazos. El sin sentido estaba dentro de su boca. Tanta masa sin forma anunciaba un episodio insólito. O quizás una debacle.
Pero el hombre en cuestión, resultó abandonado por exceso de carne en la garganta. No conocieron su miembro.
ELOY
En el patio el viejo Eloy golpeóse hasta donde no hay oreja. Casi cuello o nuca, eso sería. Resbaló sin poder gritar, y quedó bajo los jazmines contemplando aquel andamio.
Yo era un niño. Y ha de saberse que un niño observa, luego el susto. Factual, el viejo Eloy, mi abuelo, intentaba acordar una expresión, que llamémosle: socorro.
Casa sola, todos salidos. A comprar. Domingo del calor en la cruenta villa. Pero mira la sangre del abuelo borboteándole la frente. Y el andamio aquel, de un constructo a semanas de derrumbe.
No te vas a detener. Y eso sería contar aquellas horas. Qué angustias para nonagenarias ideas deben haberlo torturado entonces. Morir así en día no pensado.
“Abuelo, anda levántate y sale del jazmín”. Pero el abuelo nada. Terquedad del dolor-cuchillo.
Serían las 11 cuando quiso llover, lugar extraño. Al viejo lo vi moverse. De modo que no es la muerte, pensó: niño que aun soy recordándole los hechos.
Después serían las 12 y hasta las 13 dieron en algún reloj. Pero Eloy sólo respiraba la colcha del jazmín. Sangre que no cesa. Y ahí entro en acción. Cojo al viejo de la manga, grito. Hombre casi-obeso, me advierte: “Déjalo, alguien llegará”.
Miro andamio. Sangre en la madera por donde baja el agua. Llovizna de lápiz sobre el patio escribe.
Instante que le sigue al infortunio. Mágica llegada, y eran tres. Acaso programaron partida de naipes y fueron descubiertos por el niño, yo. Pasarían rumbo al comité. El olor de Eloy tan familiar para el ajeno.
Andamio, jazmines teñidos de rojo -algunos-, y las palabras desaparecían. Porque esos tres, ahí, reconociendo la artimaña, limpiaron restos, agitaron pañuelos, sólo tocando el pulso del viejo para constatar si hay vida. Y aunque no religiosos por decisión marxista, los octogenarios estos, despojaban rastros de Lucifer en el ambiente y como si el día hubiese comenzado ahora, circundaron la mesa y sentaron a Eloy en una esquina.
También diríase con certeza que se traían segundo plan para el encuentro. Barajas sin asomar de los bolsillos dieron espacio a interminables panfletos partidistas. Sabían que Eloy resucitaba con la Marsellesa. Hubo que mostrarle camino a casa sin detenimientos. Y casa era historia, en esta oportunidad. Desplegaron periódicos, noticias.
Demasiados muertos por la causa. Tan luego: un tropezón así -me dijo recordándome los hechos- no habría de dinamitar la paz de aquella tarde. Otros fueron cadáveres, otras sostuvieron húmeros, amputaciones, despedidas. Entendí lastimaduras del hombre, en este caso, como diferentes dolencias en la historia del mundo.
Luego, parientes llegaron uno a uno. Niño que observas aún lo incomprensible del comportamiento humano.
Hubo que relatar suceso cronológica-mente. Ese andamio dejó evidencia. Simple era lo material para interpretación del que llegaba. Escombros, manchas rojizas en el patio, jazmines aplastados todavía por peso del cuerpo. Y sin embargo Eloy no era otro que Eloy, rescatado del barro por tres de su corriente. Yo era un niño.
Ocurrió transformación. Se recogieron trozos, sin rastros de aquel golpe, más que por derrumbe y rajadura occipital.
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