© la Zorra y el Cuervo, 2009.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
Ilustran esta edición
obras de la artista
Diana Rosa Latourt
Julián Portal Font
(Yaguajay, Cuba, 1941)
Estudió dibujo y pintura en la Escuela Nacional de artes de su país. Como escritor, en junio de 1965 ganó el primer premio de cuento de La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) con la obra El Viejo Lao. Tres años más tarde, y en el también concurso anual de literatura de la UNEAC, obtiene mención en el género de teatro con la pieza en dos actos: Los Delegados Llegan al Amanecer.
Conferencista y polémico, a pesar de la ausencia de su nombre en los medios literarios, no por ello Portal ha dejado de escribir. Inéditas se mantienen: El Amor de los Otros (novela), El Milagro de los Elefantes (novela), Viajes de Yiya (relatos para jóvenes y niños -finalista en el concurso de literatura del Instituto de Cultura del Perú, 1994-, El Universo de Piedra (novela de aventuras), El Cesto de las Pelotas (cuentos para niños) y Adán Construye un Bohío (poesía).


CUANDO EL MIEDO TERMINA (fragmento)
Julián Portal
Libertad de expresión, de culto.
Frente al miedo y la indigencia.
Franklin Delano Roosevelt
I
El reloj no había sonado a la hora prevista. Cuando el hombre despertó y observó a través de las persianas la fuerte luz de la mañana, comprobó con desagrado que era demasiado tarde para presentarse a tiempo en el trabajo. Ya serían dos las ocasiones en que le ocurría lo mismo en una sola semana: la primera una llegada tarde de tres minutos; ahora esto, y todo por el maldito despertador defectuoso.
Lo tenía al pie de la cama sobre el piso. Se trataba de un reloj viejo, adquirido en otros tiempos ya muy lejanos. El hombre se viró de costado y con el puño de su mano derecha lo bateó contra la pared. Después de recibir el primer impacto brutal, el añejo artefacto saltó y rodó sobre el piso, tras un chirrido que fue como un quejido de agonía. El mecanismo brotó exánime fuera de la caja metálica, como las vísceras de un animal acuchillado.
Pese a la hoja de servicio que habría rendido aquel despertador, la arrogancia de un exabrupto contra su historia, no le deparaba una muerte honrosa. Caía como suelen hacerlo los héroes anónimos: desarmado en su última batalla desleal. Pero sumido en urgentes pensamientos que inquietaban la paz de quien cometía aquel atropello, tampoco éste sentía la curiosidad de enjuiciar el alcance de su conducta. Como quiera, hecho a fuerza del rigor de las convenciones, para él las cosas corrientes culminaban cuando ya no estimularan el don de la codicia. Se volvió nuevamente sobre el lecho y fijó la vista en un punto del techo.
En realidad no miraba, su mente comenzaba el tortuoso camino de elaborar un proyecto. Una justificación; acaso un ardid o una estratagema aceptable como excusa: soluciones convincentes que le permitieran cubrir esta falta de hoy. Muy bien sabía él que si se presentaba en su empleo fuera de tiempo, en lo que corría de mes, estaría al tope de cuatro ausencias, las justas requeridas con lo cual le abrirían un proceso.
De hecho, durante varios días había tenido un mal presagio asaltado por espantosas pesadillas. En sus sueños se veía en el banquillo de los acusados; convertido en el centro de todas las miradas y perseguido por multitudes sin rostros que le injuriaban a gritos. Siempre visiones horrendas relacionadas con la fábrica donde él confeccionaba objetos de vidrios. Una y otra vez las imágenes le deparaban un escenario desolador. Veíase abatido en el infame comedor, cuyo salón en la vida real, se prestaba de tribuna para juzgar a los ausentistas, a los críticos revanchistas o a los gusanos. Todos, renegados bitongos e indisciplinados como regularmente le tildaban a él.
El trauma de concebirse acribillado por cientos de dedos que le imputarían sus malas acciones como ciudadano: ser distraído, arrogante, libertino, y cuantas cosas más que le enjuiciara una actitud revolucionaria dudosa, le atemorizaba y le laceraba el espíritu. Sus propios compañeros más afines nada dirían para defenderle, ni aportarían alegaciones en favor de su buen desempeño como obrero oficioso. Tampoco encomiarían sus logros y habilidades de diseñador. Cuando a sabiendas él dedicara muchas horas en jornadas voluntarias (aún cuando solía llegar tarde), nadie en ese momento del ajuste de cuentas, levantaría su voz para impedir su cesantía.
La ferocidad de la concurrencia sólo miraría a sus cuatro llegadas tarde: pecado demasiado ominoso para proveerse alguna indulgencia. Él no reflexionaba sobre las limitaciones de su salario si acaso sería esta la afectación, sino en lo peor: la probabilidad de quedar expuesto ante la ley de peligrosidad, y esto si sería grave.
II
Llevaba poco menos de nueve meses de haber salido en libertad. La cárcel había sido una dura experiencia para él. Tenía 28 años y había cumplió diez de castigo por un delito que nunca cometió. Pero en Cuba las cosas eran así: como en el reino del caos: allí donde la administración de leyes no obedece a la honra de la justicia sino al exceso y la impunidad. Él no había sido culpable, ni como autor ni cómplice, del robo que le imputaron coparticipación con una segunda persona. En ningún momento le ocuparon pruebas, prebendas sospechosas, ni indicio alguno que lo relacionara con lo sucedido. Su ingenuidad, más que su torpeza, fue lo que le convirtió en blanco del trivial sistema de justicia que regía en el país y por lo cual le arruinaría una porción vital de su juventud.
A la postre, creer que ayudaba a un amigo, resultó en su condena. Éste le jugó la mala pasada cuando lo albergó por varios días en su pequeño apartamento. Desconocía los antecedentes que el individuo ocultaba, cuando de repente, dejándolo a él atado a la suerte del intruso, en pocos días un abismo se abrió ante sus pies.
Ya en la prisión años más tarde, aquel otrora camarada le confesaría la verdad de lo sucedido. Le contó que fue obligado a declarar en su contra. Le confesó con patética franqueza, que las torturas físicas y psicológicas a la que fue sometido en los interrogatorios, le forzaron a inventar una historia con lo cual la policía buscaba involucrarle y conseguir su complicidad. Le contó que las represalias alcanzarían a sus dos pequeños hijos, a su mujer y a otros familiares si no firmaba una declaración comprometiéndole. Todo, porque el jefe del sector de la PNR que llevó a cabo el caso, no quería admitir ante sus superiores, que el hurto de un camión cargado de cerdos habría podido llevarse a cabo por una sola persona.
Aquel reencuentro con su ex-amigo era un recuerdo amargo en su memoria. Durante largo período de su reclusión estuvo aguardando el instante de enfrentarlo con el fin de ajustarle cuentas. No escatimó esfuerzos con lo cual tener siempre a mano un hierro que completara su venganza. Pensó en cada hora y minuto de espera por su roñosa justicia. Creía que aún la muerte de un ser tan cobarde, no pagaría sus años perdidos.
Cuando por fin logró coincidir con el otro en un traslado de prisioneros, y ya faltándole menos de un año para extinguir la sanción, el recién llegado, aterrado y sabiéndose indefenso ante la embestida que se precipitaría sobre él; persuadido de que nadie movería un dedo para interponerse y socorrerle: solo y perdido a su suerte, se aferró al único sostén guardado en la verdad de lo ocurrido. Se le arrodilló delante, se le abrazó a las piernas en un arrebato de sollozos y le suplicó perdón, jurándole repetidas veces su inocencia.
No lo ejecutó. Después de aquel incidente, nunca estuvo él reconciliado con la venganza que casi un decenio antes juró mil veces cumplir. De cómo llegado ese momento se abstuvo acaso sorprendido por su propia flaqueza; quebrado de un plumazo el portento de rencor que había acumulado y creído edificar, pero que también, supo en ese justo instante sentir la sensación de que se le hacía añicos el orgullo y que en su lugar tomaba cuerpo algo más rotundo y revelador: la terrible certeza de un miedo atroz de sí mismo. Con el tiempo recordaría el asunto con algo de ironía, porque no lograba apartarse de la idea de que había hecho el ridículo.
antes del alba / narrativa
III
Se incorporó del lecho. De todos modos iría a trabajar. Argumentaría cualquier pretexto de último minuto: el ómnibus descompuesto, alguna diligencia de improviso, cualquier cosa, incluso la verdadera razón de su despertador defectuoso. Tomaba en cuentas que su jefe de personal en el fondo no era del todo una mala persona y quizás le tiraría un cabo, como había hecho con otros en anteriores ocasiones.
Hizo asomar su rostro a un diminuto espejo y descubrió sobre la tez ocre de su piel, algunos puntos plateados en la incipiente barba. Se enjuagó la cara en una palangana, se vistió de prisa y al punto ya para salir, fue que escuchó que tocaban a la puerta. El que llegaba, cualquiera que fuera, le devolvió al universo expansivo de su condición social. Aprisa, recogió del piso los restos del despertador con intenciones de echarlo a la basura mientras se encaminaba hacia la puerta. Pensó que alguien conocido, seguramente, sería el que tocaba con tanta insistencia.
-¿Dámaso Alfonso?
El extraño que preguntó por su nombre observando en las manos un grupo de papeles, no esperó por la respuesta. Apoyó las hojas contra la pared a la altura de los ojos y escribió algo en una de ellas.
-¡Tiene que estar a la hora que aparece sin excusas ni pretextos!
Advirtió el desconocido entregándole una de las hojas. Después, volviéndose a una bicicleta que lo había traído, se marchó sin despedirse. El papel dejado no era mayor a un billete de ferrocarril. No obstante, las letras impresas, menudas y apretadas, resultaban enfáticas en los términos de su contenido. Ante las pupilas no corrosivas de Dámaso, éste pudo leer con nitidez lo que expresaba la nota. Aún sin acabar, no alcanzó reprimirse una súbita sacudida en su pecho. Cuando retrocedió y cerró la puerta nuevamente, el resto del reloj y la nota temblaban en sus manos.
-¡Maldita la mierda que no termina! -gruñó.
Remitido una vez más a la soledad de su habitación, se ensañó con lo que quedaba de aquel viejo despertador. Se sentó en una esquina de la cama con el aviso suspendido entre los dedos. Lo volteó hacia su vista y releyó una vez más.
CITACIÓN OFICIAL. MINISTERIO DEL INTERIOR
Le seguía su nombre completo y después:
PRESENTARSE EL 22-8-86 A LA UNIDAD
DE LA P.N.R. SITA EN LA:
Completaba la dirección y la hora en que debía concurrir, y continuaba a modo de condescendencia:
VER AL TENIENTE ARMANDO.
Más una aclaratoria que rezaba textualmente:
DE NO PRESENTARSE A ESTA CITACIÓN,
PODRÁ SER CONDUCIDO CON UNA
ORDEN DE ARRESTO.
Se concluía con una rúbrica ininteligible la que quedaba sellaba sobre el timbre del Ministerio del Interior.
Dámaso hizo una revisión apurada de sus antecedentes como ex-presidiario. Fue lo bastante austero como para comprobar que, a no ser sus llegadas tarde al trabajo, nada justificaba aquel llamado. Se incorporó de la cama para tomar aliento. Pero de inmediato se dejó caer de nuevo, esta vez sobre una silla. Su incertidumbre cobraba ribetes de exasperación. Sin embargo, aborrecía concebirse asustado aunque supiera que le flaquearan las piernas.
Echó un vistazo a su alrededor. Todo su hogar estaba reducido a aquella pieza cuadrada; poco espaciosa y mal iluminada. Acaso la ventana de persianas estilo español, resaltaba como lo de mayor ostento. Era un cuarto desprovisto de baño interior y agua corriente. Sobre una meseta de ladrillos sin revocar, descansaba un fogón de kerosén de una sola hornilla. Más arriba, fija a la pared, una repisa servía a modo de despensa, y como en la mayoría de las ocasiones, ésta se hallaba vacía de víveres, habiendo en su lugar algunos libros cuidadosamente ordenados.
Pegada en otro ángulo de pared a pocos pasos de la cama, se hallaba una mesa pequeña de comedor con tres sillas (una de ellas ocupada por Dámaso). Sobre la mesa se destacaba una radio portátil, un cenicero, sucio por las numerosas colillas, y varios vasos y botellas de cerveza, todos vacíos. Tres platos y un par de cubiertos presentando trazas de comida, repletaban la mesa. En lo tocante a la cama, se componía de un colchón de paja forrado con sacos de yute. Se levantaba del piso a cierto nivel, colocado sobre una plataforma de tablas sostenido por bloques de granito. Como eran comunes las filtraciones de agua dentro del local las temporadas de lluvias, hacía muy apreciable este tipo de previsión. En el ángulo de pared que bordeaba la cabecera, pegadas con goma casera, páginas de publicaciones extranjeras mostraban jóvenes de ambos sexos, desnudos o en bikini, en seductoras poses.
Aún de lo humilde de esta pieza, propia para almacenar carbón que lugar de vivienda, para Dámaso constituía su valioso tesoro. Habiendo sido propiedad de su padre desde los años 50, fue delegada más tarde de hijo en hijo hasta llegar a él, el menor de todos. Después del triunfo revolucionario, por medio de una figura legal referido a las propiedades, bajo el “traspaso de permanencia” se amparaba de esta suerte el inmueble en favor de la familia y se evitaba su expropiación por parte del gobierno. Las leyes revolucionarias eran inapelables e implicaban severas sanciones si se detectaba a una misma persona poseer más de una casa a su nombre.
De modo que su padre, obrero de una central azucarera, tuvo que decidir entre quedarse con ese cuarto (el cual en el pasado le arrendó a ciertos jornaleros de paso) u optar por la casa grande, hermosa, rodeada de jardines y levantada en un buen reparto de buenos vecinos, la cual había construido para albergar de toda su familia desde su matrimonio.
Siendo aún adolescente, a Dámaso le había tocado elegir ese lugar como suyo. Desde entonces fue su ciudadela, su reino, su coto de raras coqueterías: una suerte de santuario paradisíaco muy a su gusto. Este retiro de independencia, de solaz recreación y satisfacción íntima, sólo él conocía el alcance de aprecio que le prodigaba. Cuidaba su cuarto con celo y un cierto orgullo inconfesable. No se ocultaba para exteriorizar el beneficio de ser su dueño, porque además, allí se permitía hacer lo que se antojase: leer, oír música, compartir con amigos; descansar y convocarse a la voluntad de sus deseos y sentido de plenitud. Ni siquiera los años del presidio se le habían interpuesto para arrebatarle la reducida independencia de su pequeño hogar. Como amo y señor, sabía que su privacidad estaba guarnecida por medio de aquellas cuatro paredes.
A pesar de los sinsabores de su primera juventud, Dámaso se sentía privilegiado por encima de muchos de sus congéneres que le envidiaban su apartamento. En los doce años transcurridos de vivir allí, había experimentado el aliento de sentirse tocado por la buena fortuna. Aquella citación policial que ahora doblaba e introducía en uno de los bolsillos de su pantalón, representaba un pago por ese bienestar.

revista literaria digital | año III - No. 1 - Invierno - Primavera - Verano de 2009 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón