antes del alba / narrativa
Ilustran esta edición
obras de la artista
Diana Rosa Latourt
Carlos Almira Picazo
(Castellón de la Plana, España, 1965)
Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Autor de la novela Jesuá (ed. Entrelíneas, Madrid, 2005); del ensay: ¡Viva España! El nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43) (Editorial Comares, Granada, 1997); de la novela en formato digital: Todo es Noche (Prometeus mdq, abril 2007); y de un centenar de cuentos y ensayos, publicados en revistas como Adamar, Axxon, Ed. Badosa, Destiempos, El Coloquio de los Perros, Cañasanta, Diezdedos, Remolinos, Magazine Siglo XXI, El Fantasma de la Glorieta, Revestidos, Tiempos Futuros, Quaderns Digitals, Literae Internacional,Ariadna, Las Voces de la Cometa, entre otras.

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Como faltaba media hora para el médico, me senté en la parada de autobús. No me gusta esperar en la calle y la parada, apretada de gente bajo la marquesina, era el lugar ideal para pasar desapercibido. Siempre llevo un libro o un periódico para estos casos pero esta vez no pensaba llegar tan pronto. Así que, en cuanto pude ocupar una esquina del banco, me dediqué a mirar y a dejar vagar mis pensamientos.
Enseguida me di cuenta de que la gente disimulaba. ¿Qué disimulaban? El uno miraba el reloj, la otra parecía estudiar el mapa de las dos únicas líneas de autobús que paraban allí; un tercero espiaba con el rabillo del ojo a una joven que acababa de llegar con un bolso enorme, y miraba la carretera.
De pronto me pareció que participaba en un juego. Miré el reloj, estudié el mapa, eché un vistazo general a los que esperaban, y me levanté para mirar también la carretera. Aunque no esperaba el autobús, fingí impacientarme como el resto. Llovía un poco, y el tráfico era denso. Me alegré de no estar esperando realmente el autobús.
-¿sabe usted si ha pasado el 21?
-no.
Es asombroso lo que uno descubre cuando presta un poco de atención. El hombre que miraba su reloj acababa de irse disimuladamente. Su lugar fue rápidamente ocupado por una señora que masticaba chicle. Dos o tres minutos después, un segundo joven examinaba el mapa de las líneas, en lugar de la mujer. Del voyeur y la joven tampoco había ni rastro. Sin embargo en todo ese tiempo aún no había llegado ni un autobús.
Las caras y los cuerpos se sucedían con asombrosa rapidez y sigilo; sólo las actitudes no variaban, lo que dificultaba mis observaciones.
Con todo, yo estaba seguro de ser el único supuesto pasajero que no había desertado. ¡Y sólo habían pasado diez minutos! Lo atribuí a la lluvia.
-¿sabe usted si ha pasado el veintiuno?
-no, respondí mecánicamente.
Aunque las palabras eran idénticas, el dueño de la voz era esta vez un hombre. Una segunda chica (no tan guapa como la primera y sin bolso) se asomó a la carretera, observada atentamente por un señor encorvado. La señora del chicle había cedido su puesto a un joven con un aro en la oreja. La marquesina no daba abasto para tanto fingidor.
Entretanto, se me había pasado la hora del médico. La lluvia arreciaba y la calle, a mis espaldas, no dejaba de aportar supuestos viajeros que relevaban, como en un cambio de guardia, a los antiguos actores.
Sólo yo permanecía fiel en mi puesto. Al fin la gente se dio cuenta y empezó a mirarme.
Azorado, decidí coger el primer autobús que parara. Pero en cuarenta minutos no había pasado ninguno. Llovía y el tráfico era cada vez más denso.
La chica sin bolso se esfumó, junto al hombre encorvado y el estudiante del aro desapareció poco después. Todos miraban el reloj, el plano de los autobuses, la carretera y a las chicas que se sucedían al borde de la acera. También me miraban a mí, que no me había movido de mi esquina en dos horas. Era muy extraño.
Porque si aquella gente acababa de llegar (con o sin intención de coger el autobús) no podía saber que yo llevaba allí dos horas esperando, (aunque en realidad no esperaba nada, a decir verdad no sabía lo que hacía allí). Pero entonces, ¿por qué me miraban?
Se me ocurrieron dos posibilidades: que yo tuviese una mancha o algo raro en la cara; o bien, que se hubiesen percatado de que yo los miraba a mi vez a ellos. Lo más probable era que fuera esto último.
Intimidado, ya estaba a punto de levantarme como todo el mundo, y desaparecer discretamente, cuando oí:
-¿sabe usted si ha pasado el 21?
La voz volvía a ser de mujer, pero ésta era mayor. -No, le respondí. Estuve en un tris de añadir: en dos horas y media que llevo esperando no ha pasado ninguno. Empezaba a dudar que aquello fuera una parada de autobuses.
Pero ocurrió el milagro:
Un bus enorme, pero no el 21 sino el 12, apareció al fondo de la avenida bamboleándose, atestado, entre los coches. La lluvia, la incipiente oscuridad, y los faros, daban a la escena un aspecto de ensueño.
Al fin, el bus se detuvo y abrió las puertas: nadie se bajó, y nadie hizo ademán de subirse (lo que hubiera sido inútil de todos modos); nadie protestó.
-¿sabe usted si ha pasado el veintiuno?, dijo un joven.
-no.
Una estudiante (¿o turista?) japonesa miraba ahora hacia la avenida, contemplada por un adolescente granujiento, que también portaba una mochila pequeña. El joven que acababa de preguntar por el 21 se había largado, y su lugar lo ocupaba ahora una chica con una gabardina verde y un perro chow chow atado a una cadenita.
Quien no miraba su reloj, estudiaba el mapa, contemplaba la avenida, o se engolosinaba con alguien. Cuando llevaba tres horas en la misma esquina del banco, las miradas me asediaban, insoportables. Las piernas empezaban a dormírseme.
Ya era noche cerrada. A los faros se sumaban las luces de los carteles, las farolas, los escaparates. Tras la marquesina seguía fluyendo la multitud bajo los paraguas, de donde salían y adonde regresaban los supuestos pasajeros.
Sólo yo permanecía inmóvil.
Al fin, casi a las doce, llegó el 21. ¡Vacío! Me levanté. Una intensa expectación me rodeó de inmediato.
Se hizo paso trabajosamente, y abrió las puertas mostrando su interior vacío e iluminado: nadie se bajó, ni hizo ademán de subirse. Sentí que decenas de ojos se me clavaban en la espalda.
También el conductor me miraba con impaciencia.
EN LA PARADA

Carlos Almira Picazo
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© la Zorra y el Cuervo, 2009.
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ISSN 1936-1858
Edición y Diseño: George Riverón.
revista literaria digital | año III - No. 1 - Invierno - Primavera - Verano de 2009 | Bluebird Union, Inc. | dirección: george riverón