revista literaria bimensual | 1ª entrega - septiembre/octubre de 2006 | edición y diseño: george riverón | jefe de redacción: carlos pintado
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© la Zorra y el Cuervo, 2006. Todos los derechos reservados.
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Edición ilustrada con fotografías de
Robert Mapplethorpe
-¿Te duele?
Como no puedo responder, muevo la cabeza de un lado a otro. Esto parece una prueba de Dios: antes, la insistencia de la maquinita me hacía padecer terribles pesadillas; ahora su mano la sostiene y sus dedos acarician mi encía, construyen un universo desde el diente hasta el centro del pecho, en el que empieza un cosquilleo que no es precisamente por la anestesia.
-¿Qué es eso? -alcanzo a preguntar cuando la jeringa se ha perdido dentro de mi boca- La curación... y éste es el ácido grabador -agrega cuando el líquido agrio ya está cayendo sobre mi diente-. Enjuágate si quieres.
Me incorporo a medias y aprieto el botón, un chorrito de agua empieza a caer sobre el vaso transparente. Hago buchadas, vuelvo a recostarme e instintivamente abro la boca. Ahora es una pasta amarillenta con sabor a ajo, que aplica con los horribles ganchos. Pareciera que está esculpiendo la Venus de Milo o El Pensador. O repujando una moneda con la efigie del César, con todo y coronita de laureles.
-¿Por qué estás tan callada? -dice mientras estira su brazo sobre mí para alcanzar una especie de pistola plática.
-¿Cómo quieres que hable con la boca abierta?
Reímos. De la pistola sale una luz azul. Junto a mi oreja ronronea el motor del aparato.
-¿Y eso? -le pregunto cuando, por encima de mi pecho, vuelve a colocarla en su lugar.
-Luz ultravioleta, para fotopolimerizar...
-¿What? exagero la pronunciación.
-Para secar la resina. ¡Todo quieres saberlo!
Ella también exagera la exclamación.
Empezamos a tutearnos en la segunda cita.
-No hagas nada antes de anestesiarme.
-Pero si no duele -e hizo un gesto de burla ante mi expresión de ruego mudo-. A ver, abre, ¿esto te duele?, ¿verdad que no?
Es ridículo tratar responderle cuando ha llenado mi boca con el tubo del drenaje y los algodones. Y se aprovecha para preguntar de mi trabajo y hablar del clima, del tráfico tan congestionado a la salida del puente, de la subida del dólar que encarecerá los insumos y el material de laboratorio. Ella habla y yo me mareo entre el miedo, el olor penetrante del hueso taladrado y el tratar de responderle con gestos torpes y movimientos de los ojos.
Suena el teléfono. Con el auricular sostenido entre el hombro y la barbilla sigue asomándose a mi boca. Monosílabos, sonidos guturales, risas, el horno de microondas, más risas. Por fin cuelga.
-Mi marido. No sabe cómo calentar la comida.
Su marido. De su nariz está saliendo un elíxir que se mete en mi nariz y me llega a los pulmones y sube al cerebro y me ordena mirarla. Yo en estado de indefensión y ella pasando una y otra vez su mano sobre mis labios. Cierro los ojos. ¿Pasa algo?… Niego con la cabeza. Su pecho se inclina sobre mi pecho, su cara está a unos centímetros de la mía. Sus dedos se posan otra vez sobre mis labios. ¿Qué tienes?, insiste. Mis manos se alzan y le quitan el cubreboca. Ella baja hasta mis labios y los envuelve, su lengua entra en mi boca como una serpiente tibia.
-Listo. -Abro los ojos.- Ya te habías dormido, ¿verdad? Me saca los algodones de la boca y mueve la mesita de los instrumentos para abrirme paso. Con un movimiento diestro se quita los guantes, que suenan como un latigazo.- ¿Cuándo quieres tu próxima cita? -Me levanto con lentitud de convaleciente. Quiero retrasar el final, quedarme el resto de la vida en ese sillón oyéndola decir incoherencias, darle órdenes al marido, recetar pomaditas para dientes sensibles.- Mañana ya no tengo espacio, puede ser el lunes. -Asiento. - ¿A la misma hora? -Vuelvo a asentir y me palpo el labio. - No te muerdas, se te hincha. -Anota mi nombre en la agenda: Claudia, así simplemente, sin apellido. - Te acompaño.
Caminamos por el pasillo hacia la salita de espera. Ahora estamos en igualdad de condiciones y crece el cosquilleo. Oigo sus tacones a mi espalda como oía Orfeo los pasos de Eurídice. Me volteo a medias, como él, y veo sus dientes expuestos en una hermosa sonrisa. Nada de chicles, eh... Quiero meterme por su boca como ella lo hace por la mía, pero cierra la puerta y todavía me quedo paralizada un par de segundos frente a la madera pulida, con mi estúpida sonrisa anestesiada.
No puedo esperar hasta el lunes, me digo mientras bajo la escalera. No puedo esperar hasta el lunes, me repito cuando abro la puerta del edificio y salgo a la calle. No puedo esperar hasta el lunes, me sigo diciendo toda la tarde y la noche y la mañana siguiente, hasta que alzo el auricular y marco el número del consultorio.
-La doctora no está, ¿quiere dejarle algún recado?
Sí, que la amo, que cada minuto sin ella es una tortura mayor que ir al dentista.
-Que si puede atenderme en la tarde porque me está doliendo el diente.
Y sí, puede atenderme, me avisa la secretaria una hora después.
-De parte de la doctora, que no se tarde, que va a ser su último paciente.
Y allí estoy a las ocho en punto, tocando el timbre, subiendo de dos en dos los escalones, tomando aire ante la madera pulida de la puerta.
-¿Estás solita?
Caminamos por el pasillo hacia el consultorio.
-Me quedé sólo por ti; mi paciente de las siete canceló. -Ella delante, sonando sus tacones, yo como su sombra hechizada. - Pero ni modo que te deje con el diente fastidiando todo el fin de semana. Sonríe mientras me ve acomodarme en el sillón totalmente horizontal. - ¿Entonces te duele? Se ha sentado en una banqueta rodante y se pone los guantes, cubre su boca, se acerca. Mi cabeza está prácticamente entre sus piernas. - No tendría por qué dolerte. - La verdad es que no me duele. - Abre.
Odette Alonso
(Santiago de Cuba, 1964).
Su cuaderno Insomnios en la noche del espejo (Chetumal, 2000) obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén” 1999. Compiladora de la antología Las cuatro puntas del pañuelo. Poetas cubanos de la diáspora, proyecto que obtuvo uno de los Premios 2003 de Cuban Artists Fund (Nueva York). Ha publicado, además, los poemarios Enigma de la sed (Cuba, 1989), Historias para el desayuno (Cuba, 1989), Palabra del que vuelve (Cuba, 1996), Linternas (Nueva York, 1997), Visiones (México, 2000), Diario del caminante (Monterrey, 2003), Cuando la lluvia cesa (Madrid, 2003) y El levísimo ruido de sus pasos (Barcelona, 2006). Es miembro de la Red de Escritoras Latinoamericanas (Relat), de la Unión de Mujeres Escritoras de las Antillas y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Radica en México desde 1992. Actualmente es editora de la Dirección de Publicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México.
© Robert Mapplethorpe
A
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D
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L

A
L
B
A
CON LA BOCA ABIERTA

Odette Alonso
narrativa
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antes del alba